lunes, 19 de noviembre de 2012

Eduardo e Isabel


EDUARDO E ISABEL

Estaban en el mejor momento de su romance. Él y ella, juntos en plena noche en mitad del parque. La luna llena estaba en lo más alto del cielo. Eduardo había decidido sincerarse, había elegido esa noche para decirle la verdad.
EDUARDO: (acercándose a los labios de Isabel) Isabel… quiero decirte algo.
ISABEL: (Acercando los labios a los de Eduardo) Dime.
EDUARDO: Tienes que saber… que yo… que yo no soy como los demás chicos de mí edad. (irónico).
ISABEL: (Alejándose de él) ¿Eres gay?
EDUARDO: (sorprendido) ¿Qué? No, no, no. Yo no…
ISABEL: ¿Qué pasa Eduardo? (cogiéndole las manos) Puedes contarme lo que sea.
Eduardo tragó saliva, se preparó el discurso mentalmente y dijo:
EDUARDO: Soy un vampiro.
Isabel sonrió porque creía que era una broma de las suyas pero cuando vio la expresión en el rostro de Eduardo, la sonrisa se le esfumó de su cara.
EDUARDO: Sé que ahora tienes que estar abrumada por lo que te acabo de decir. En plan: “mi novio tiene la edad de mi padre, mi abuelo y yo juntos.”
Isabel negó con la cabeza.
ISABEL: Tengo… tengo que irme.
EDUARDO: Isabel… espera (Isabel le soltó las manos).
ISABEL: Tengo que irme, no me sigas… por favor, déjame sola.
Isabel se marchó del parque dejando a Eduardo de pie, mirando como ella se marchaba sin mirar atrás.
Pasó todo un día, era fin de semana por lo cual ninguno tenía que ir al instituto. Eduardo había pensado mucho en la reacción de Isabel, en cómo se lo estaría tomando. Seguramente estaría hecha un verdadero lío, no sabría si decantarse por su amor o rechazarlo por su diferencia. Ella se convertiría en una vieja y él… él sería igual. Eduardo pensó que estaría tirada en su cama abrazada a un osito de peluche y totalmente deprimida.

Volvía a ser de noche. Isabel entró en el portal edificio en el que vivía Eduardo. Vivía en una gran casa con su tío. Caminó despacio hasta el ascensor, pulsó el botón y las puertas se abrieron. Isabel no paraba de pensar en el discurso que tenía preparado. Se había pasado todo el día diciéndolo en su cabeza, el botón número 4 brillaba y el ascensor subía sin parar en ninguna planta.
Tocó a la gran puerta de madera. Esperó impaciente mientras se retorcía los dedos, a los pocos segundos, la puerta se abrió con Eduardo detrás de ella.
EDUARDO: (sorprendido) Hola...
ISABEL: (nerviosa) No sabía qué hacer, llevo todo el día nerviosa y pensando en lo que me dijiste.
EDUARDO: Pero pasa, no te quedes en la puerta (Haciendo hueco)
Eduardo e Isabel pasaron directamente al dormitorio de éste. Era una gran habitación con pequeñas ventanas, unas grandes cortinas color azul marino y una librería inmensa con un montón de libros.
ISABEL: Vaya tienes una cama (mirándola) pensaba que los vampiros dormíais en ataúdes.
EDUARDO: Soy un vampiro moderno (silencio incómodo) ¿De qué querías hablar?
ISABEL: Lo he estado pensando y... he llegado a la conclusión de que tengo que matarte (sacándose una estaca de madera de la manga) Como haría Buffy.
EDUARDO: ¿Buffy?
ISABEL: Sí, Buffy. Tengo que clavarte la estaca en el corazón, creo que tendré la fuerza necesaria para hacerlo. Ademas, eres bastante escuálido así que no habrá problema. (Eduardo no paraba de mirarlo anonadado) Tengo que atravesar tu piel, tu esternón, costillas y por fin llegar al corazón. Espero que puedas perdonarme (Isabel permaneció de pie mirando a Eduardo a los ojos) Pero no puedo... ¡No puedo! (tirando la estaca al suelo) Te amo, y te amo por como eres. Puedo aceptar que seas un vampiro. Lo acepto y te quiero por eso. Te puedo ayudar a conseguir sangre, puedo robarla del hospital puedo... porque no matarás a nadie. No creo que sea capaz de dejarte hacerlo. Bueno, ¿Sabes qué? Quizás sí, quizás pueda ayudarte a encontrar una víctima que merezca la muerte. Algún asesino o alguien que esté moribundo, porque... ¿No pasará nada, verdad? Y bueno, quizás puedas convertirme a mí en vampira. No tengo miedo a la muerte y, si lo haces podremos estar toda la eternidad juntos y nuestro amor será tan intenso y tan puro que... (Eduardo se acercó a la velocidad del rayo, clavó sus colmillos en el cuellos de Isabel y bebió su sangre con avidez. Se separó rápido de ella y en un acto rápido como el viento le partió el cuello)
Isabel cayó inerte y dejó una mancha de sangre en el suelo.
EDUARDO: No podía aguantarte así una eternidad, me niego. (Eduardo salió por la puerta de su cuarto) ¡Tío, no me prepares nada para cenar que ya he cenado!

lunes, 8 de octubre de 2012

Errática

"Errática" susurro en mi mente. Balanceo mis pies hacía delante y hacía atrás, estoy sentada en una silla muy grande y no me llegan al suelo. Soy demasiado bajita para mi edad, mis cabellos pelirrojos descansa sobre mis hombros. Me froto las manos en la tela de la falda gris. Estoy nerviosa, estoy muy nerviosa; no sé cómo van a reaccionar mis padres. Seguro que mi madre montará una escena y mi padre clavará sus ojos oscuros en mí con una mirada de decepción.
Me revuelvo en el asiento incómoda, la silla es de plástico y se me está clavando un tornillo afilado en el muslo.
Sabía que suspendería la prueba, sabía que sería la Errática de mi clase. Que no sería Perfecta.
Ahora ya es una realidad. No sé qué harán conmigo. No sé qué hacen con los que son Erráticos. Una vez una chica de mi clase dijo que los mandan a hacer los peores trabajos inimaginables, aquellos trabajos que nadie quiere pero que mantienen la ciudad en movimiento.
Frunzo el ceño, no quiero pensar en eso. Me llevo la mano a la boca y comienzo a morderme una uña. Escucho pasos por el pasillo y me tenso, esos pasos me resultan familiares. Mis padres.
Primero veo a mi madre con los ojos muy abiertos y las cejas separadas. Luego veo a mi padre, muy alto y muy serio.
-No puede ser- susurra mi madre corriendo hacía mí. Lleva el abrigo de pelo sintético lleno de nieve, ni si quiera me acordaba de que fuera está nevando muy intensamente. -Tú no-. Vuelve a susurrar mientras me coge la cara entre sus manos y me mira profundamente a los ojos -¿qué has hecho?- me pregunta.
No sé qué decirle, me quedo mirando sus ojos azul oscuro y no sé qué contestar, niego con la cabeza. No he hecho nada.
 Encojo los hombros sin saber qué decir y mi madre estalla. Estaba esperando este momento. Mi Perfecta madre echándome en cara lo Errática que soy.
-¡No puedes ser Errática, no puedes!-. Me doy cuenta de que la nieve que traía en el abrigo ya se ha fundido y las pequeñas gotas de agua brillan bajo la luz de la sala. -¡Exijo que te repitan la prueba!- Dice alterada acercándose a la puerta del director y pegando en la puerta -ninguna hija mía va a ser Errática- me mira con reproche y yo bajo la cabeza.
Mi padre aún no ha abierto la boca, lo que me pone más incómoda. Trago saliva y noto cómo me pincha la garganta, llevo un buen rato sin hablar y tengo un nudo enorme.
-Ahora mismo vas a repetir la prueba y más te vale salir Perfecta- me dice mi madre en tono de amenaza. No sé cómo tengo que hacer la prueba para ser Perfecta. Sólo consiste en...
El director abre la puerta y yo interrumpo mis pensamientos. Me pongo de pie, entre mi padre y mi madre, les llego a ambos por debajo de los hombros,  me quedo mirando con cara muy seria al director y espero a que diga algo. Lo que sea.
-Sussi Limon- dice con una sonrisa -pasa-.

-Os explicaré la condición  de Sussi- comenta el Director mientras abre una carpeta de color beige que tiene mi nombre escrito con pulcras letras negras.
Mis padres y yo estamos sentados en su despacho, frente a él, en unas sillas de color marrón muy cómodas. Delante nuestra tenemos la mesa del Director, una gran mesa de roble color oscuro. El Director es bastante joven para su edad, tiene el cabellos corto y peinado hacia el lado con gel fijador, y viste un traje de color gris.
-Sussi es Errática- comenta el Director
-¡Eso no es posible!- A mi madre le ha faltado tiempo para saltar. Muevo los pies y me balanceo en el asiento. Me quiero levantar. Mi madre está demasiado alterada y mi padre no. Son dos polos apuestos. El cabello rizado de color miel de mi madre bota al ritmo en el que ella gesticula. La incipiente calva de mi padre brilla bajo el foco de luz del despacho y su bigote color canela no para de moverse de un lado para otro haciendo muecas con sus labios invisibles. Hace años que oculta sus labios bajo ese bigote.
-Señora Limon, le pido que se calme- le pide el Director a mi madre- Déjeme explicarle la situación-
-¡No!- Se niega mi madre -¡Repítanle la prueba! ¡No!-
-Señora, de Perfecto y Perfecta, déjeme explicarle la situación-. Y ya no para de hablar.
>>¿Qué es un Errático? Antes de nada, los Erráticos no son considerados como nosotros, los Perfectos, son la parte Errática de la humanidad. La parte que falla. Aún no hemos descubierto cuál es ese fallo, pero Sussi lo tiene- comenta con una sonrisa y me mira a los ojos- ¿qué significa eso? Pues significa que tú, Sussi Limon, no serás capaz de amar a nadie. Los Erráticos no pueden amar a otros Erráticos y mucho menos a un Perfecto. Ni qué decir tiene que un Perfecto jamás se fijaría en...- el Director carraspea y prosigue con la explicación-. Los Erráticos son incapaces de sentir las emociones, no pueden sonreír, no pueden cantar y no pueden relacionarse con los demás como hacemos los Perfectos. Pero no es el fin de tu vida querida Sussie Limon. Los Erráticos sois una parte muy importante de nuestras sociedad. A partir de ahora podrás trabajar en el mantenimiento de la ciudad. Vosotros, los Erráticos, hacéis que la ciudad permanezca en constante movimiento y que el sistema fluido de Tierra siga funcionando tan bien hasta ahora. Mantenéis limpias las calles recogiendo la basura y los excesos-. Espera por si tengo algo que replicar pero permanezco callada. - Aunque como en toda sociedad tenemos Erráticos rebeldes. Algunos se rebelan y... no, no, no los matamos. Los expulsamos. Abrimos la valla y los lanzamos al mundo exterior-. Mis padres no dicen nada, de hecho me extraña que mi madre no haya dicho nada en toda la explicación. No quiere una hija Errática y a mí me da igual. -Ahora bien, Sussie, ¿Qué clase de Errática quieres ser tú?-

viernes, 28 de septiembre de 2012

Shiny Happy People

Ahí estaban, pensaba que les había dado esquinazo en el Boulevard Bart. La gente radiante y feliz que avanzaba como una plaga. Se ocultó detrás de un edificio de color gris. La frontera de la ciudad estaba a solo 50 metros de él, una carrera rápida y estaría en el bosque.
Pensó que su compañero ya debería de estar allí, no se lo pensó dos veces y comenzó a correr. Sus botas negras le quedaban perfectamente holgadas y podría correr a toda velocidad. La gabardina de color negro ondeaba al viento y su pelo marrón con pequeño rizos se movía hacía atrás. Sujetaba la pistola hacía delante, con las dos manos, justo como le habían enseñado.
Ya podía oír la multitud, le estaban pisando los talones. Entre ellos estaba Laura, la mejor agente de la compañía había sido infectada por la felicidad. Se veía radiante y su pelo rubio estaba más bonito que nunca.  -¡Venga Bruno! - gritó de felicidad Laura -No se está tan mal, seremos felices aquí- la multitud no paraba de hablar animada. De reír, de compartir experiencias, de ser amables y de ser felices. Y eso a Bruno le helaba la sangre. Se volvió y estuvo a punto de disparar a Laura a la cabeza, la única forma de matarlos, porque estas criaturas felices no podían sentir el dolor. Pero al final, optó por dispararle a la pierna izquierda. Lo que hizo que ésta cayese al suelo. Mejor acabar así con Laura, prefería no verla tan feliz.

Casi había llegado a la frontera que separaba la ciudad del bosque, normalmente los felices no suelen adentrarse allí, prefieren quedarse en la ciudad donde se reúnen para pasar el rato y ser más felices. Algo aterrador. Bruno saltó y se agarró a la valla, una enorme valla de alambre que separaba la ciudad del bosque. La frontera. Saltó hacía el bosque y rodó sobre sí mismo. Se levantó, cargó la pistola y apuntó al frente. Los felices se iban agolpando contra la valla, confusos se preguntaba que estaba pasando, ninguno se atrevía a escalar la valla como lo había hecho con anterioridad Bruno. Un grupo de ellos hizo un corrillo y comenzaron a hablar. Bruno podía oír risas de felicidad, algo que le removió las entrañas. De repente, todos los felices formaban parte del grupo, algo que a Bruno no le hizo mucha gracia.
Levantó la pistola y disparó hacía arriba, los felices no tuvieron miedo. Es otra de sus cualidades.
Uno de ellos, de piel oscura, se adelantó y comenzó a escalar la valla. Bruno se quedó sorprendido y aterrorizado por partes iguales, no podía creerlo, era un comportamiento completamente nuevo. Le apunto entre medio de las cejas y apretó el gatillo. El cuerpo del feliz cayó al suelo al instante, pero parece que eso no les detuvo. Ya eran varios los que estaban subiendo, primero tres, luego cinco. En nada estarían en el mismo lado que Bruno. Irían a por él y lo harían una persona feliz, sería horrible. Una mano tocó el hombro de Bruno y este pegó un brinco.
-¡Me has asustado!-exclamó apuntando con su pistola a su compañero Sext.
-¿¡Qué haces ahí plantado, Uno!?-le preguntó Sext alterado. Es mayor que él, se le nota las arrugas de la edad en la cara y tiene una cicatriz de media luna debajo del ojo derecho. Su pelo canoso parece de color plateado y tiene unos dientes muy blancos.
-Lo... lo siento- dijo Bruno poniéndose erguido. Ambos se miraron fijamente y comenzaron a correr hacia el interior del bosque. La gente feliz tardó un par de segundos en seguirlos. Corren más rápido que ellos, son felices de estar corriendo. Sext le hizo una seña a Bruno para separarse. Bruno asintió con la cabeza. Decidieron  esconderse cada uno detrás de un árbol, Bruno se escondió detrás de una enorme secuoya. Dejó de respirar por la boca y se concentró en hacerlo por la nariz. Es simple, lo hace tranquilo, le han entrado para eso. Preparó su pistola apuntando al frente. Escuchaba los pasos de la gente feliz que se encontraba confusa, habían perdido a su objetivo, pero parece no importarles ya que no paran de reír alegremente. Bruno comenzó a bordear el árbol, lo estaba haciendo con cuidado pegándose al tronco, pero... ¡crack! una rama en el suelo. La gente feliz ya se dirigía hacía él a toda velocidad. Bruno comenzó a disparar... pero ya era tarde. La gente feliz lo tenía rodeado, lo tiraron al suelo y lo aprisionaron. Intentó zafarse pero fue inútil. Comenzaron a darle besos por todo el cuerpo, por la cara, los brazos, las piernas. Son felices. Bruno cerró los ojos y... todo se volvió oscuro.

Cuando los abrió... todo ha cambiado. El cielo estaba más azul, el sol brillaba con más fuerza, la hierba estaba muy verde y... ¡todo tenía más intensidad!

sábado, 22 de septiembre de 2012

11 minutos

-Tú pones las reglas- dice acomodándose en la silla, subiendo con ambas manos la línea de su vestido de flores. Tiene unas rodillas bonitas.
-Nada de gritar- le digo - Los límites los pongo yo. Puedo hacer contigo lo que quiera. Eres mía desde que te has sentado en esa silla- Ella mueve la cabeza mientras se muerde el labio inferior - Usaremos una palabra de seguridad: manzana. Recuérdala- ella vuelve a asentir obediente. -Por último- digo para terminar - te referirás a mí como Uno- Vuelve a asentir.
-Yo me llamo Pau...- la corto antes de que termine de decir su nombre.
-¡No!- grito- nada de nombres- Me levanto - no tengo que referirme a ti con ningún nombre-
Ella se levanta también. Es casi tan alta como yo. Delgada, con unas piernas de infarto, el pelo caoba le cae hacía un lado de la cabeza. Tiene unos labios grandes y bonitos, varias pecas cerca de la nariz y unos grandes ojos de color miel. Es muy guapa.
- A partir de ahora tenemos 11 minutos- ella sonríe y deja su pequeño bolso en la silla. Se me acerca rápidamente y empieza a darme un beso en la boca. Se la ve una chica decidida.
Pero soy yo el que tiene que llevar la iniciativa. No paro de besarla y la conduzco hacía la habitación. Mi cama es grande, con un colchón cómodo y unas sábanas suaves. Le quito el vestido, del tirón. La tiro sobre la cama y ella sonríe. Me quito la camisa rápido y comienzo a besarle el cuello. Tengo sus dos manos sujetas con mi mano izquierda, mientras que con la derecha recorro su cuerpo con caricias. Comienzo a bajar del cuello y me encuentro con su sujetador. Gracias a Dios es de cierre delantero. Se lo quito sin problemas. Sus pechos salen casi disparados, son bonitos, de un tamaño normal. Blancos con unos pezones rosados que me encantan. Comienzo a besarlos, paso mis dientes por ellos y muerdo un poco, pero sólo un poco. Parece que le gusta porque comienza a sonreír suavemente. Está muy delgada, creo que no puedo ver ni un gramo de grasa en su abdomen. Lleva unas braguitas color azul cielo con un pequeño lazo en la parte delantera. Se las voy bajando con cuidado dejando al descubierto su sexo. Es una chica depilada. Introduzco la cabeza en ella. Hago movimientos rápidos con la lengua, parece que le gusta porque no para de moverse, y eso, me encanta. Me lleno la boca de ella y parece encantada.
-Para...- gime - ¡Para!- pero esa no es la palabra de seguridad. Así que sigo, de hecho, aumento la velocidad y hago que empiece a gemir más fuerte. Se lleva las manos a la boca para no gritar. Me encanta ver a una mujer así, tan en contacto con su parte prohibida.
Ahora me toca el turno a mí. Ella se levanta y tiene las mejillas rojas y una sonrisa tonta en la cara. Me mira divertida. Me tumbo en la cama y me dejo hacer. Se sube encima mía, está completamente desnuda, tiene una piel blanca muy bonita y lunares con muchas formas divertidas. Comienza a besar mi pecho, lo tengo depilado, pero ya han comenzado a salir varios pelos. Parece que no le importa. Me sigue besando el pecho.
-Quítame los pantalones- le ordeno. Y lo hace obedientemente con una sonrisa
Tengo el sexo que va a estallar y no me ando con miramientos.
-Quítame los calzoncillos- lo hace tan rápido que mi miembro sale disparado hacia arriba -Chúpamela- le ordeno. Ella sonríe y se agacha. Se mete mi miembro en la boca. Siento el calor saliendo de sus labios y que me recorren de arriba a bajo. Le sujeto el pelo mientras lo hace y la miro hacerlo. Lo hace genial. Así seguimos durante bastante tiempo, me gusta mucho lo que hace y ella parece disfrutar. Pero recuerdo que sólo teníamos 11 minutos.
-Para- le diego y ella se la saca de la boca al instante -túmbate- y lo hace. Me levanto y me acerco al escritorio a por un preservativo. Ella me mira desde la cama impaciente. Me lo pongo y me lanzo a por ella.
Penetración fácil, los dos estamos tan excitados que es todo facilidad. Ella está entregada al máximo y eso hace que me excite más.
-Pásame las manos por el cuello- le digo y ella se muerde el labio y lo hace.
Las embestidas cada vez son más acompasadas, estoy disfrutando como nunca. Creo que son los 11 mejores minutos de mi vida. Espera... ¿Cuánto tiempo ha pasado?
Sólo nos falta un minutos para los 11.
-Tenemos que acabar- le digo, ella me mira extraña.
-¿Por qué? Yo aún...- le corto
-¡No hables! No te lo he pedido- le digo.
No me va a dar tiempo, intento embestir con más fuerza y ella empieza a gemir descontroladamente. Sólo 10 segundos. Venga. 9 segundos. No puedo concentrarme. Ella me mira confusa.
Han pasado los 11 minutos y ella comienza a desaparecer. Es como si nunca hubiera estado allí.
¡Mierda! grito. Me quedo allí, parado, en mitad de la cama. Con la frente perlada en sudor y muy excitado.

viernes, 14 de septiembre de 2012

El sexo de los Ángeles

Una vez leí que los Ángeles tienen sexo mediante las palabras. Ya que ellos carecen de gónadas, no pueden practicar el acto sexual físico.
Que digo yo, me los imagino teniendo sexo mediante palabras bonitas: Caleidoscopio. Transparencia. Embergadura. Sutura. Hielo, flor, metal. Delantal.

Pero esto no es el caso del que he venido a hablar. El Sexo de los Ángeles es una película del director Xavier Villaverde. Con los geniales Llorenç González, Álvaro Cervantes y Astrid Bergés-Frisbey, como trío protagonista. También físico.
Os diré algo que es real, no suelo hablar mucho de mí, de cosas reales aquí. Pero hacer un trío del diablo es uno de mis sueños más húmedos.

Pero aunque parezca mentira no he venido a hablar de sexo, o de tríos, ni si quiera a contaros la película completa. Bueno, quizás sí. Depende de las ganas que tenga de escribir.
La película es un genial reflejo de las relaciones modernas en este mundo de los instantáneo. Es una oda a la adicción. Una dicción al sexo, pero no sólo al follar con follar, al follar con quien tú quieras llegando a experimentar las emociones de afecto, cariño y amor. Independientemente del sexo que sea. Vemos, también, el poder que ciertas personas ejercen en nosotros y, de cómo, no podemos vivir sin tenerlas cerca. Aunque nos estén causando un daño de cojones. Nosotros decidimos hasta dónde puede llegar alguien, pero a veces ese alguien llegan tan hondo que no te das cuenta.

En definitiva, una película que recomiendo por muchas razones. Y también por razones argumentales, que me ha gustado mucho. Me ha emocionado, me ha descolocado, me ha empalmado e incluso, ha tenido sus momentos perturbadores. Pues apuntadla. Es Española. Es Catalana.
Y claro, para gustos los colores.







sábado, 1 de septiembre de 2012

Fuego

Calor. Me acabo de dar cuenta de que existo. Algo dentro de mí me impulsa a moverme, a danzar. A ondularme, a doblarme, a levantarme y a crecer. Sigo creciendo, me noto fuerte y poderoso. Creo que puedo dividirme, es más, voy a hacerlo. Me divido, me vuelvo a dividir. Mi núcleo ardiente se ha separado cuatro veces. Mi calor aumenta, me siento radiante.

Tengo hambre, necesito comer algo. ¿Qué habrá a mi alrededor? Tengo que avanzar, moverme en alguna dirección. Ahora que soy cuatro a la vez presto atención a mi alrededor y noto que el viento sopla hacia la derecha, me dejo arrastra, me dejo mecer. Me mueve, me estoy moviendo. Noto como la pequeña hierba reseca que hay bajo de mí se consume en un suspiro y queda hecha prácticamente briznas bajo mi núcleo ardiente.
He llegado a un madero, es algo seco pero creo que está rico. He decidido volver a dividirme, me veo con fuerzas suficientes para hacerlo. Duplico mi núcleo y ahora soy el doble de numeroso y prácticamente el triple de alto. Me he comido el madero, estaba rico. Ahora quiero algo más vivo, algo que esté conectado a la tierra.
He podido hacer un cerco, mi llama es tan potente, tan roja, tan caliente que lo estoy arrasando todo a mi paso. Encuentro un pequeño Olivo que aún no ha crecido. Es mi nueva víctima. Me encanta notar como mis lenguas de fuego se comen sus verdes hojas y las dejan hechas nada.

He perdido la cuenta de cuántas veces he dividido mi núcleo. Creo que puedo llegar a medir más de 20 metros, me acabo de comer una ardilla. Ha gritado, ha pataleado y yo la he quemado. Sus pequeños pelos han tardado milésimas de segundo en quemarse, su carne se ha tostado y ha comenzado a sangrar. Es algo que la gente desconoce del todo. Pero el fuego va devorando capa a capa. Hasta calcinar los huesos.
Me siento increíblemente poderoso y creo que no tengo control sobre mí mismo. Mido metros de alto y kilómetros de largo, a lo lejos veo una pequeña casa de campo. Creo que me dirigiré hacia allí, quiero ver eso a lo que llaman humano.

jueves, 30 de agosto de 2012

Portales

Abrió los ojos y sólo vio oscuridad. Estaba tumbada sobre una especie de camilla. Sus ojos se acostumbraron a la cama y ya pudo ver. No recordaba cómo había llegado allí pero sí sabía que llevaba ya dos días. Se acercó a una especie de máquina expendedora y sacó una barrita energética. Bebió un trago de agua de  una pequeña fuente y se puso las botas marrones. Un traje de entrenamiento negro con rallas rojas. Se recogió el pelo oscuro en una trenza y esperó. Movió nerviosa los dedos de los pies en sus cómodas botas. Recordaba que ayer la alarma sonó poco después de despertar. Echó un último vistazo a la estancia por si no volvía nunca más. Ojalá que no vuelva, pensó con todas sus fuerzas. Era como un pequeño cuarto, pero a ella le pareció más una cárcel. Una horrible cárcel.
¡Ya está sonando!
La alarma sonaba a todo volumen y la puerta de la habitación ascendía poco a poco. Ya oía los pasos por el pasillo, un montón de chicos y chicas de su edad ya corrían en busca del portal.

¿Pero cómo habían salido tan rápido? Quizás colándose por la rendija de la puerta. La chica se agachó y se arrastró hasta aparecer en el pasillo. Allí la alarma era aún más estridente y una luz roja iluminaba el pasillo. Miro a izquierda y derecha, y, decidió ir hacía la derecha. Tenía la sensación de que ese era el camino.
Comenzó a correr como alma que lleva el diablo. Esta vez ya iba preparada, ayer cayó en varias trampas que los demás chicos habían preparado. Era una auténtica lucha por llegar primero al portal. No sabía exactamente a dónde conduciría ese portal, pero tenía la firme creencia que la llevaría a casa. Todos tenían esa firme creencia.

Cuando ya creía que ese camino no le conduciría a ninguna parte se encontró con un chico alto y pelirrojo. Él la miró desafiante y ella no le prestó atención. Por el rabillo del ojo vio que el chico se acercaba a ella, y sin dudarlo un segundo, comenzó a correr. Primera intersección, a la derecha, de nuevo a la derecha, esta vez a la izquierda. Seguía oyendo pasos detrás suya y también oía las demás voces de los otros chicos. Todo sería más fácil si el laberinto de pasillos no cambiase de un día para otro. Había decidido hacer el mismo recorrido que ayer, aunque ayer no llegó ni a la mitad del recorrido cuando todo acabó.
Sin darse cuenta y sin poder evitarlo dio de bruces con una chica. Ambas cayeron al suelo, la chica era más alta que ella, con la piel de color marrón, unos grandes ojos marrones y su pelo negro lleno de trencitas.
-¡McKenzie!- dijo el chico pelirrojo que venía pisándole los talones a la chica chica morena de la trenza
-¡Zanahorio!- respondió la chica negra a la que había llamado McKenzie.
Ambos se miraron y sonrieron cómplices. La mano de la chica negra, Mckenzie, salió volando y agarró de la trenza a la chica morena. Ésta gritó asustada.
Zanahorio aprovechó la oportunidad y le propinó una patada en la rodilla.
-¡Intenta correr ahora!- le dijo amenazante con una sádica sonrisa -Intenta correr ahora Cola caballo- Zanahorio miró a McKenzie y ambos rieron.
-¡Es una trenza!- contestó Cola Caballo levantándose de golpe y dándole un empujón a Zanahorio.

Y justo cómo él había dicho no sería capaz de correr, iba dando cojetadas desesperada intentando huir de sus dos atacantes. Iba chocando contra las paredes de metal y tambaleándose por los pasillos.
-¡Te voy a arrancar las trencitas, McKenzie!- oyó Cola Caballo por uno de los pasillos. Pero no era la voz de zanahorio, era la de alguien más. ¿También la estaba persiguiendo?
Sin darse cuenta había llegado a una encrucijada, el pasillo se convertía en una gran habitación ovalada en la que que a su vez confluían en un montón de estrechos pasillos con un portal de color azul al final. ¡Lo había logrado! ¡no podía creérselo! ¿Pero cuál debía atravesar? ¿Llevaban todos al mismo lugar? ¿Volvería a casa?
-¡Ey, Cola Caballo los ha encontrado!- gritó McKenzie emocionada dirigiéndose hacía el pasillo estrecho más cercano.
Zanahorio y un chico con el pelo moreno también aparecieron.
-¡Los he encontrado yo!- se quejó Cola de Caballo
-Intenta detenerme- le contestó McKenzie desafiante. ¿Por qué no? pensó Cola Caballo
Se dejó guiar por un impulso y detuvo a McKenzie agarrándola por el brazo.
-Los he encontrado yo- Le volvió a decir muy seria.
McKenzie se revolvió y se liberó, su mano de color marrón voló hasta la cara blancuzca de Cola Caballo. Ésta la miro con los ojos desorbitados, la cogió por el pelo lleno de trencitas y la tiró al suelo. Se subió encima suya en actitud amenazadora y le propinó un puñetazo en la nariz.
McKenzie se llevó rápidamente la mano a la nariz y se las manchó de sangre. Zanahorio y el chico moreno estaban disfrutando de la pelea como si de una función de circo se tratase.
-¡¡¡Hija de pu...!!!-sus palabras fueron interrumpidas por una sombra rubia muy veloz, una chica de pelo largo pasó corriendo delante de ellas y sin dudarlo ni un momento entró de cabeza a un portal. Todos los demás portales se apagaron. Ella desapareció. Las luces rojas dejaron de ser rojas y pasaron a iluminar con normalidad. La sirena se cayó. El silencio reinaba en la estancia.
-Hija de puta- dijo Zanahorio con la boca abierta. -Nadie lo esperaba de Ruby-
Cola Caballo se había quedado en shock, había perdido, tendría que soportar otro día más en aquel lugar de mierda. Aún estaba montada sobre McKenzie así que se apartó a un lado y se quedó sentada en el suelo.
-Menuda zorra- le dijo ésta mientras se colocaba bien la nariz.
-Debemos cambiarle el nombre- dice Zanahorio entre risas - ¿Qué os parece rompe narices?- casi se ahoga entre risas.
-Cretino- le espetó McKenzie.

Cola Caballo o Rompe narices permaneció sentada en el suelo de la habitación ovalada procesando lo que acababa de pasar. Debía permanecer un día más allí y desde luego debía de tener cuidado con Zanahorio y McKenzie. Quería volver a casa. ¿Dónde habrá ido a parar la chica rubia? Se levantó, se colocó bien la trenza y volvió a su cárcel a prepararse para el día siguiente.

domingo, 26 de agosto de 2012

Hoy he hablado con el color rojo

Siempre he visto al vida de color gris. El cielo gris, el sol gris, la pared gris, las personas grises. Las caras grises. La vida en tono de grises.
Siempre me he comportado de forma gris. Visto siempre de gris, pantalón gris, jersey gris. Zapatos grises. Tengo el pelo muy corto e incluso juraría que mis ojos son de color gris.
Todos los días me levanto a las 7 de la mañana. Hago mi cama muy pulcramente, una cama con sábanas grises, me ducho. Me visto y me preparo el desayuno. Me pongo la mesa. El plato está perfectamente alineado con el mantel de la mesa. Me echo una taza de café hasta que faltan 3 centímetros para que se desborde. Me unto la tostada con dos cucharadas de mantequilla. Termino y meto los platos en el fregadero. Hago esto todos y cada uno de los días. Vivo una vida gris. Hasta hace poco.

Estoy nervioso esperando en la puerta. Sigue saliendo mucha gente gris pero aún no la he visto a ella, a la chica de rojo. una señora mayor pasea por mi lado y no repara en mi, su pequeño perro se acerca a mis zapatos y levanta la pata derecha para hacer pis. Le miro disgustado y le doy una patada al perro. La señora se sobresalta, es como si me acabara de ver allí plantado. La señora del perro sigue con su camino murmurando algo que no logro entender pero por fin sale, la chica de rojo. La conocí hace varios días en el ascensor.

Iba callado como siempre atento a los botones grises del ascensor cuando entró ella. No trabaja en la misma planta que yo, creo que era de unas oficinas que están varias plantas por debajo de nosotros. Iba sonriendo, sus dientes, grises, contrastaban con el color rojo de sus labios. Estaba preciosa. Vestía el vestido rojo más bonito que nunca he visto. Un vestido que la definía completamente como mujer. Sus rizos pelirrojos, color fuego, le caían graciosamente sobre sus hombros. Incluso llevaba unos tacones rojos y creo recordar que sus ojos, eran de un marrón tan intenso que hasta los vi rojos. Sé que hablo conmigo, no recuerdo qué me dijo porque estaba fascinado por el color rojo. Yo apretaba con fuerza mi maletín gris.
Y así pasaron los días, creo que con el de hoy han sido 4. He coincidido con ella en el ascensor, bajamos juntos pero yo no digo nada. Se abren las puertas en la última planta y ambos salimos. Ella gira hacia la derecha y yo me quedo mirando como se marcha.

Y aquí estoy, creo que es la primera vez que salgo 5 minutos antes de la oficina. Hoy estoy dispuesto a hacer algo más que mirarla simplemente.
 Ahí sale, atraviesa las puertas de cristal y desde dónde yo estoy me quedo fascinado con el rojo. Comienzo a caminar y me apresuro un poco. Le digo algo, le digo un "perdona", ella se vuelve y al mirarme es como si mirara a la nada. Sigue su camino taconeando mientras yo me quedo pasmado. Pero algo en mí dice que la siga, que la siga y mire a ver dónde está su casa.
Andamos un par de manzanas y llegamos. Son unos apartamentos grises, como los míos, cruza rápido el paso de peatones y se acerca a su portal. Otra vez la misma sensación me dice que la siga. Tengo que seguirla. Y eso hago, cruzo el paso de peatones gris, llego a su portal y entro por la puerta que aún está abierta. Ella está esperando el ascensor, me acerco rápido y me quedo a su lado. No me mira, parece que está absorta en sus pensamientos. Una luz gris se ilumina y las puertas se abren. Ella entra primero y yo después. Quiero decirle tantas cosas, quiero decirle que aunque no la conozca la quiero. Que quiero estar con ella todo el tiempo, que quiero poseerla y enseñarle mi mundo de grises. Quiero impregnarme de sus rojo.
Llegamos, 4º planta. La chica pelirroja abre la puerta del ascensor y se dirige hacia su piso. 4ºB. Me quedo atrás un poco y espero. No ha reparado en mí en ningún momento. Mete la llave, la gira y entra en casa. Ha cerrado la puerta. Otra vez ese impulso que hace que toque el timbre repetidas veces. No pasa ni medio segundo cuando abre la puerta. Se me queda mirando sorprendida, como si fuera la primera vez que me ve. Como si no quisiera que yo fuera suyo como yo quiero que ella sea mía. Un instinto parecido al anterior, pero algo mucho peor, me empuja dentro de la casa. Ella se asusta y cierra la puerta gris. Una rabia sale de mí. ¿Acaso no se ha fijado ni una sola vez en mí? Si habló conmigo en el ascensor.
La rabia se convierte en fuerza física y acabo con mis manos en su cuello. Es suave, es delicado. Está rojo como ella.

Tengo que limpiarlo todo. Al final la chica se resistió y tuve que cortarle el cuello. Ahora hay rojo por todas partes, incluso en mis manos. Su sangre es tan roja que ilumina a todo lo demás. Puede que me moje en ella para tener algo de color. Pero lo que haré ahora será ordenarlo todo, quizás me lave. No puedo ver esto tan desordenado.

sábado, 28 de julio de 2012

El juego del Laberinto

Faltan 15 minutos para la media noche y ya estamos preparados. Vestimos con ropa de guerra tal y como hemos sido entrenados.
-¿Estamos todos?- pregunta el Alpha con voz alta.
Todos asentimos. No debemos hablar si no se nos pregunta.
Estamos todos: Ameo, Anís, Clavo, Jengibre y yo. Cúrcuma.
Empezamos a sacar el armamento de nuestras mochilas. Anís, la única chica, ya ha montado su arma. Una pistola de color plateada un poco más grande que la mía. Jengibre, el de pelo rojo, ha sido el segundo en montar su Ruger's 30.
 Ya tenemos todos las armas montadas. Yo tengo un pequeño revolver de color negro en las manos. Lo noto raro y estoy nervioso.
La luna ilumina todo el claro, pero no hay más luces. Un inmenso laberinto de matorrales se extiende ante nosotros.
-No tengo que repetir las instrucciones- dice Alpha en voz alta - Todos sabéis lo que debéis hacer.-
Todos asentimos. Alpha apunta con una pistola de bengalas hacia el cielo. Son las 12. Dispara.
Una mecha de color asciende hacia el cielo e ilumina todo el claro. Veo la entrada del laberinto. Un montón de matas de color verde intenso. Medio segundo después otra bengala sube hacia el cielo miles de kilómetros más allá. El otro equipo también está preparado. Ahora me pregunto cómo de grande y cuántos metros medirá el laberinto.
Tres, dos, uno. ¡Entramos!

Escucho en sonido de mis pisadas en la tierra. Me agacho y me escondo en un matorral muy grande. Las ramas me molestan y arañan la cara. Agarro mi revolver con miedo y desesperación. Hay alguien aquí.

Hemos sido entrenados para ganar esta partida del laberinto. El equipo de Beta ha sido entrenado igual que nosotros. Tenemos que ser rápidos, certeros y no tener miedo. El primer equipo que llegue al centro del laberinto y toca la luz blanca gana. todo está permitido. Lo único que tienes que tener en mente es correr y encontrar la luz blanca antes de que te maten. O esperar a que alguien de tu equipo la toque y termine todo y con suerte aún estés vivo.

Me quedo en silencio y presto atención a todo. Hay alguien acercándose. Puede que sea alguien de mi equipo, pero no tengo esa suerte. Sus pisadas cada vez están más cerca. Noto como el corazón se me acelera. Intento levantarme para poder ver algo, pero no puedo, tengo una idea. Me quito la mochila verde de la espalda y la lanzo delante mía. Al instante el sonido de una bala rompe el silencio y mi mochila es agujereada sin miramientos. Por fin reúno fuerzas y me levanto. No veo a nadie. Comienzo a correr. No tengo ningún destino específico, simplemente quiero salir de ahí. Sigo el sendero del laberinto. La luz de la luna me va iluminando el camino. Giro a la izquierda, a la derecha, de nuevo a la derecha y por último a la izquierda. Llevo mi revolver apuntando al frente, justo como nos han enseñado. Por fin salgo a un claro. Los matorrales del laberinto se posicionan formando un círculo. ¿He llegado a la luz blanca?
-¡Subes las manos!- grita alguien que no consigo ver.
Obedezco.
-Tira la pistola al suelo- dice y miro alrededor mía. Miro detrás de mí, pero no hay nadie -¡Venga, tírala!-
Obedezco.
Dejo caer mi arma al suelo. Acabo de firmar mi sentencia de muerte.
La persona que me tiene acorralado sale detrás de un arbusto. Es un chico. Le miro y no le conozco. Es del Beta. Me apunta con su arma a la cabeza. Voy a morir.
De repente unos pasos rápidos rompen la tensión y Anís aparece corriendo. Su pelo rubio es un simple borrón a la luz de la luna. Se pone detrás del chico que me está apuntando y dispara. La bala se le clava en la espina dorsal y cae al suelo.
Todo pasa muy rápido. Alguien sale detrás mía. La persona que me estaba siguiendo. Es un chico rubio, con los labios finos y los ojos marrones. Apunta con sus pistola. Me giro absorto de cualquier pensamiento racional. Veo que va a apretar el gatillo y caigo al suelo. Se escucha un disparo y Anís cae al suelo muerta. Aterrado busco a tientas la pistola en el suelo. Me cuesta tragar saliva y tengo un enorme nudo en la garganta. Por fin encuentro la pistola, me doy la vuelta sobre mí mismo en el suelo y apunto. Pero el chico rubio no está. Me levanto de un salto y le busco con la mirada. No esta. ¿Por qué no me ha matado?
Por fin lo veo corriendo más adelante. ¿Por qué corre? ¿Por qué no acaba conmigo? ¿Es que acaso...?
Entre los arbusto se divisa una luz blanca. ¡La luz! Echo a correr yo también. Le sigo, pero el corre más que yo. Intento apuntar con la pistola pero se mueve demasiado rápido. Disparo y erro el tiro. Vuelvo a apretar el gatillo y la bala le roza el hombro. Se gira para tocárselo pero sin parar de correr. Dispara.
Sigo corriendo. ¿Me ha dado? Vuelvo a subir el arma y disparo.
El chico rubio cae al suelo. Le he dado en la cabeza, justo en la nuca. Me obligo a contemplar el cuerpo. Es la primera persona que mato. Me siento raro. No me siento como creí que me sentiría. Me pregunto si Anís se sintió igual. ¿Habría matado ella a más personas?

No me he dado cuenta pero... ¡he llegado a la luz blanca! ¿Tanto he corrido? ¿Cuánto tiempo ha pasado?
Es una luz hermosa e infinita. Es pequeña y está posada sobre un pequeño pedestal de piedra. Ando despacio atento a cada movimiento. Oigo voces y me tiro al suelo. Me arrastro por el suelo raspándome los codos. Son dos voces masculinas, dos voces adultas. Alpha y Beta.
-Dijimos que ganaría yo- dice Beta. Es parecido a Alpha pero con barba y el pelo un poco más de punta.
-Sí. Ganarías tú y yo me quedaría con los supervivientes de ambos equipos y montaría un equipo ganador- comenta Alpha -Pero no hay nadie. ¡No han sobrevivido!- alza la voz
¿Qué? ¿Qué está pasando? me muevo inquieto en mi escondrijo. No me siento bien. Tengo una punzada en el estómago. ¿Todos muertos? Pero quedo yo, yo no estoy muerto. ¿O lo estoy?
Me levanto en un impulso y salgo corriendo hacia la luz. No llevo la mitad del camino cuando escucho un disparo y la pantorrilla derecha me arde.
Curiosa sensación la de un balazo.
Una fuerza increíblemente intensa que se mueve con mucha rapidez a través de tu carne. Y va quemando.
Caigo al suelo dolorido.
-Mira, ahí tienes a tu campeón- dice Beta con sorna
-¿Es mío?- pregunta Alpha
Yo me río para adentro. No sabe quien soy.
-Podemos echarlo a suertes- comenta Alpha - quien gane toca la luz y asciende, y quien pierda se queda con el chaval- dice señalándome.
Pero no estoy dispuesto a nada de eso. Comienzo a arrastrarme por el suelo. No puedo mover la pierna derecha. Creo que estoy perdiendo demasiada sangre.
-¡Ey, mira! ¡Es duro de roer!- dice Beta -puedes empezar a formar un nuevo equipo con él-
-Ni lo sueñes- le replica Alpha -Voy a ganar yo- Saca su pistola y me dispara.
Creo que estoy muerto porque el dolor que siento no lo había experimentado en mi vida. Me ha dado en el costado derecho. Por la espalda. No me habrá alcanzado el pulmón porque si no estaría ahogándome en mi propia sangre.

Alpha y Beta se enzarzan en una conversación con mucha camaradería sobre quién debería tocar la luz y por qué. Nos han utilizado a todos. No reparan en mí porque creen que estoy muerto. Respiro muy despacio para no hacerles pensar lo contrarío. Me voy arrastrando poco a poco. Tengo suerte, siguen discutiendo y no se dan cuenta de que estoy a 10 metros. 5 metros. 1 metro. Un paso más. La luz es tan brillante que casi me ciega. Estiro la mano en intento de tocarla. Me acerco más y la cojo con ambas manos. Todo se vuelve negro. Se ha acabado.

lunes, 23 de julio de 2012

Hiatus

Estoy escribiendo lo primero que se me viene a la cabeza. Vamos como siempre. Pero esta vez pretendo ser más cercano y más normal.
Porque entre tú y yo, a veces me da rabia lo pedante que puedo llegar a ponerme.

Pero es así. Tengo el blog abandonado. No escribo nada ni tengo ganas de hacerlo. Y efectivamente, no escribo nada en el blog porque estoy escribiendo mi propio libro. "Vida y obras de una prostituta moderna"
Pues así soy yo. Un tío que no puede decir más de dos frases seguidas sin hacer una puñetera broma. Pero bueno, llevo casi 21 años aguantándome. Supongo que ya no voy a cambiar.

A lo que iba, que sí, que estoy escribiendo un libro. O intento de un libro. No va sobre putas. Pero es realmente difícil ponerse a escribir y estar escribiendo horas y horas. ¡Y yo sólo llevo 14 páginas!
En fin que últimamente no tengo ganas de nada. Sólo hago leer y leer, como si tuviera algún tipo de problema mental. Pero quién sabe a lo mejor en uno de esos libros que devoro en cuestión de días encuentro la solución al problema.

Tampoco tengo esos sueños molones sobre los que podía escribir una historia medio decente. En fin, la vida es bella si no vives la que te ha tocado.

P.D: Espero que se puede notar el increíblemente tono irónico que tiene esos párrafos.
P.D2: Cuando digo escribir un libro lo estoy diciendo con todo mi respeto a los escritores y a los libros.

viernes, 15 de junio de 2012

Eugene

El sol me da de pleno en la cara. Abro los ojos con mucho esfuerzo y un ramalazo de dolor me recorre el cuerpo. Desde de la cabeza hasta los pies. Intento moverme pero me va a estallar la sien. Empiezo a mirar a mi alrededor y me sorprendo, me encuentro tendido en lo que parece una enorme jaula. Con suelo de madera y gruesos barrotes de hierro negro, pero hay algo sorprendente, no tiene techo. Desde mi posición puedo ver un deslumbrante cielo azul con un enorme sol en el centro. Intento recordar cómo he llegado allí pero mi mente está en blanco. Consigo mover mi mano derecha y mil punzadas me recorren el cuerpo. Noto mi piel caliente, cansada y reseca. Tengo sed. Trago saliva y noto un horrible dolor en la garganta, de momento decido no volver a hacerlo. Tengo mucha sed. Por fin el dolor remite y consigo incorporarme. Mis articulaciones se mueven despacio y me resuenan los huesos. Consigo ponerme de pie y me aferro a un barrote de hierro de mi celda. Está frío y el tacto es agradable contra la piel. Agacho la cabeza y apoyo la frente contra el hierro. Tengo el pelo pegado a la frente por el sudor. Me rasco la cara y noto que apenas tengo barba, estoy afeitado. No puedo haber pasado mucho tiempo ahí tirado. Por fin presto atención al exterior, un sin fin de canciones de un montón de diferentes pájaros. Vi, que me encontraba en mitad de un pequeño bosque de bambú. Los altos palos verdes, de los bambús, parecían que iban a tocar el cielo. La jaula estaba en mitad de un claro, no sabía cuánto medía, pero era grande, muy grande. Intento buscar una salida o una puerta y no da resultado. Desisto y me dejo caer en el suelo. La madera es dura y está caliente por pasar todo el día al sol. Intento recordar algo, lo que sea, que me ayude a buscarle un significado a todo esto, pero lo único que consigo es ponerme más nervioso.
De repente un recuerdo salido de lo más profundo de mi memoria viene a la mente.

Estoy sentado en un sillón, en un pequeño apartamento. Me veo las manos y los pies. Las paredes son blancas, al igual que el sofá. Ella está sentada leyendo un pequeño libro. Lleva una falda de color rojo por las rodillas y una camiseta blanca con lunares del mismo color. Lleva los labios pintados de rojo que contrastan una barbaridad con el azul de sus ojos. La brisa que entra por la ventana juega con sus cabellos rubios. Ella sonríe y con la mano se los recoge detrás de una oreja. Me dice algo, pero yo sólo puedo oír un ruido blanco.


Vuelvo en mí, sigo en mitad del bosque de bambú pero misteriosamente los barrotes de hierro que cerraban mi prisión han desaparecido. Vuelvo a recordar la sonrisa de la chica rubia, con sus blancos dientes y sus labios color carmesí. Arrugo en ceño. Tengo una vaga sensación sobre la chica que no me ha dejado tranquilo. Me levanto del suelo de madera y pongo un pie fuera. Me doy cuenta de que voy descalzo. Visto unos vaqueros gastados y una camisa color caqui. Supongo que no tendré muy buen aspecto, seguro que mi cara está demacrada a más no poder... pero. ¿Recuerdo mi cara? Me tiro largo rato pensándolo pero algo, un tacto fresco, me saca de mis pensamientos. Está lloviendo. Unas pequeñas gotas de agua chocan contra mi piel. Es agradable, es muy agradable. Cierro los ojos y me dejo mojar. Para. La lluvia le ha venido bien a mi cansada piel. Comienzo a andar y de repente la tierra del suelo se convierte en arena, arena de una enorme playa. Dejo atrás el bosque de bambú y me introduzco en una playa paradisíaca. Es inmensa, hay kilómetros de arena antes de llegar al mar de color azul. Pero a lo lejos diviso una figura. Hay alguien sentado en la arena. Me doy prisa pero aunque corra noto que avanzo lo mismo que caminando. Algo curioso de esta arena es que no quema. Por fin, tras una larga caminata puedo ver la figura con más claridad. Es una chica, una chica rubia. Está sentada en la arena leyendo un pequeño libro. La brisa juega con sus cabellos rubios  y ella se lo coloca tras la oreja con una sonrisa. Me acerco para verla mejor. Me pongo frente suya. Es ella, la misma chica del recuerdo de antes.
-Elizabeth- digo en un susurro. El nombre me raja la garganta como un puñal. Hago una mueca de dolor.
Ella sigue leyendo su pequeño libro. Me quedo un largo rato mirándola. Sigue leyendo, la brisa juega con su cabello y ella se lo coloca tras la oreja con una sonrisa. Me dice algo y de nuevo ese ruido blanco. Me quedo embelesado mirándola. La conozco, sé que la conozco... pero no puedo recordar.
Sigue leyendo el pequeño libro, la brisa juega con sus cabellos rubios, ella se lo coloca detrás de la oreja con una sonrisa. Me dice algo y de nuevo ese ruido blanco. No hace otra cosa. Es un bucle.
De repente tengo la necesidad de cavar en la arena, un impulso me recorre el cuerpo. Cerca de ella me clavo en la arena, la fina arena recorre mis manos y comienzo a cavar con rapidez. No tardo en encontrar lo que buscaba. Una cara, una cara de un hombre. De tez blanca, nariz larga y labios finos. Cejas finas y una cabellera de color rubio ceniza. Me quedo largo rato mirando a esa cara, me resulta familiar. Por fin la chica se levanta, cierra el libro y se acerca a mí. Lleva su falda roja, su camiseta blanca con lunares y sus labios rojos.
-¿Qué vamos a hacer, Eugene?-

lunes, 21 de mayo de 2012

Sombras enlutadas

Eran más de las 12 de la noche. María y Antonio, novios, volvían de una fiesta de un pueblo cercano a Madrid. Llevaba más de media hora de trayecto. Antonio iba un poco ebrio, por lo que decidió conducir más despacio de lo normal. María por su parte, no sólo iba borracha, si no que esa noche había decidido probar los porros. Por lo que el viaje estaba siendo movidito.
-¡¡Me encanta esta canción!!- gritó María mientras subía el volumen de la radio
-¡María por favor, deja de marear con la radio!- dijo Antonio molesto.
Antonio no veía bien, la bebida le había afectado más de lo normal e iba haciendo eses en la carretera. Por suerte habían decidido tomar una carretera secundaria y aún no se habían encontrado con ningún coche.
-Pero es que me encanta esta canción- le dijo María con una risa tonta.
-María, Radio Futura está muy pasada de moda. Pasadísima. No estamos en los ochenta-
-Pero y tú que sabrás...- María comenzó a reírse de forma descontrolada. Las drogas le estaban causando mucho efecto.
-No te rías así, me pones de los nervios- le dijo Antonio de mala gana.
-Yo no tengo culpa de que no te gusta nada de lo que hago- se quejó ella -No te gusta que me ría, no te gusta que baile, no te gusta lo que cocino. ¿¡Qué coño te gusta!?- le preguntó enfadada
Antonio le dedicó una rápida mirada a ella y luego a su entrepierna.
-¡¡Oh, ni lo sueñes!!- le contestó indignada. -No pienso bajar al pilón.-
-¡Oh vamos! ¿Por qué no?-
-No me gusta comer pollas. Entiéndelo. Si quieres que te la coman te bajas al parque detrás de casa, que por la noche está lleno de maricones y allí seguro que te la comen.- le contestó María otra vez entre risas
-Que desagradable eres...- le dijo su novio y esta vez le siguió las risas.
Volvieron a quedarse en silencio con la música del coche de fondo. Pasaron una curva peligrosa por duras penas y casi se llevan un árbol que sobresalía por delante.
-Pero yo a ti sí te trabajo ahí abajo- le comentó ceñudo.
-Comerse un coño no es lo mismo que comerse una polla. No compares Antonio-
Antonio miró a María con incredulidad en los ojos y luego volvió a mirar a la carretera.
-¿Pero qué sabrás tú de comer coños?- le preguntó desconcertado.
María ahogó una risita nerviosa.
-¿Recuerdas aquél verano que pasé en Benidorm con mi amiga Ainhoa?- le preguntó sonriente.
-Pero... Pero...-
De repente el coche derrapó y se escuchó un fuerte ruido. Era la rueda que se había reventado. Antonio paró el coche de inmediato.
-¿Pero qué pasó exactamente?- volvió a preguntar desconcertado.
-Ay, Antonio se nos acaba de reventar una rueda. Ya tendremos tiempo de hablar de mi incursión en el mundo de los coños-
Ambos bajaron del coche. La rueda que había reventado era la rueda derecha delantera. Había quedado hecha polvo. Antonio fue a mirar en el maletero la rueda de repuesto. Pero no estaba.
-Genial- comentó sarcástico.
-¿Qué pasa ahora?-
-No tenemos rueda de repuesto- dijo dándole una patada de rabia al suelo.
Se habían parado en mitad de un bosque oscuro y que sólo estaba iluminado lo que las luces del coche alumbraban. María se estremeció y se abrazó a si misma.
-Antonio... ¡Antonio!- gritó - Ahí hay alguien- dijo asustada.
Antonio fue corriendo hasta donde estaba María. Una sombra. Una sombra muy alta apareció en el claro del bosque que la luz del coche había iluminado. Era tan oscura como la noche y parecía que la luz no se reflejaba en ella. La Sombra comenzó a moverse. Avanzaba hacia ellos lentamente.
-¡Hola, buenas noches!- le gritó Antonio.
-¿Antonio qué haces?- preguntó María asustada- ¡Nos va a matar!
-¿Pero qué dices? No seas Maribulla- le contestó Antonio desenfadado -Perdone señor, se nos ha reventado una rueda. ¿Usted por casualidad no tendrá una de repuesto?-
-¿Eres tonto?- le dijo María indignada -¿No ves películas de miedo? ¡¡Esa cosa nos va a matar y se comerá nuestros huesos!!-
-Anda no inventes. Si tiene una rueda de repuesto nos ahorramos tener que llamar a la grúa. Lo tengo todo pensado- le dijo con una risita nerviosa.
La sombra comenzó a avanzar más rápido. En cuestión de segundo estaba a unos 10 metros frente a ellos. Seguían si poder ver nada. La sombra no llegaba a tocar el suelo, parecía que estaba levitando. Ambos se quedaron petrificados. No podían moverse, un miedo atroz les invadía el cuerpo. La sombra volvió a moverse y estaba vez se acercó a María. Ésta se quedó embobada mirando y Antonio entró en pánico.
-¡¡María corre!! ¡¡Corre María!!- pero María no se movía
De la sombra salieron unos largos y huesudos brazos de color marrón sucio. Con unos largos y huesudos dedos. María estaba en una especie de trance y no se percató.
Antonio comenzó a retroceder hasta donde estaba el coche.
La sombra cogió entre sus brazos a María y la levantó varios centímetros del suelo. Por fin María se percató de lo que estaba ocurriendo y comenzó a chillar.  Gritó como nunca antes había gritado. Estaba pálida de miedo. La Sombra apretó sus huesudos brazos y María comenzó a gritar de dolor. Se escuchó un fuerte ruido, como algo que se parte y el cuerpo de María cayó al suelo inerte.
Antonio abrió los ojos como platos de puro terror. Quiso gritar pero no tenía voz y en un rápido impulso echó a correr y no volvió a mirar atrás.


domingo, 20 de mayo de 2012

La Bella durmiente

El caballero de la armadura de plata recorrió medio mundo a lomos de su caballo blanco. Atravesó el gran desierto de arena blanca; penetró por mitad del bosque tenebroso; se enfrentó a temperaturas muy bajas en el gran glacial y por último, cruzó el abismo mata caballeros.
La armadura relucía a cada rayo de sol que se reflejaba en ella. El caballero llevaba siempre el yelmo subido, para poder otear mejor el horizonte. Sus ojos azules se movía rápido y sus finas cejas se fruncían en su ceño.
Por fin llegó a su destino, el imponente castillo rasgaba el cielo con su cúpula, y allá en lo alto le aguardaba ella. La bella durmiente. Llevaba años encerrada en el castillo rodeada por un bosque de espinas y custodiada por un terrible dragón. El jinete descendió de su montura. Su capa roja se ondeó al compás del viento. Sujetó el mango de su espada, la cabeza de un león dorado, hacer eso le llenaba de fuerza y valor. Se acercó a su caballo y le acarició la cabeza. El caballo lo esperaría allí, no podía atravesar el bosque de espinos, así que se bajó el yelmo, desenvainó la espada y comenzó a abrirse camino. En la mano izquierda llevaba un escudo plateado, como su armadura, con el emblema de su casa. Un león dorado escupiendo fuego con una corona en la cabeza.
Le llevó un buen rato, tuvo que atravesar un gran bosque de espinos, y gracias a que llevaba su armadura salió ileso, ni un solo arañazo. Las grandes puertas del castillo estaban ante él, marrones e imponentes. El caballero de brillante armadura pensó que estarían cerradas, pero nada más tirar del pomo oscuro se abrieron. Una ráfaga de aire frío le golpeó en el yelmo. Entró en el castillo. Era inmenso, con grandes paredes de piedra que se perdían en la oscuridad. Los pasillos eran enormes y el caballero no podía ver cuando acababan. Dos corrientes se abrían ante él, una a la izquierda y otra a la derecha. Optó por la derecha. Estaba oscuro y no veía nada. Sabía que tenía que encontrar unas escaleras, así que comenzó a correr. Corrió durante minutos que parecieron horas, en un pasillo oscuro y silencioso. El único sonido que se escuchaba era el de su propia respiración y el de sus pasos al pisar el suelo de piedra. Por fin dio con las escaleras. Comenzó a subir. Cuando había subido más de 200 escalones paró de contar. No supo cuantos escalones subió, subió muchos, muchos escalones, pero finalmente llegó a la cima de la torre. El caballero tenía la frente perlada en sudor. Su respiración era acelerada, le costaba respirar con el yelmo y tenía síntomas de tener un calor sofocante dentro de la armadura. La estancia al final de la torre era una amplia habitación, con grandes ventanales que daban a un amplio cielo de color morado. Unas grandes cortinas color salmón, una pequeña cama, un tocador y poco más. Era curioso, la cama estaba vacía. Con suerte tampoco se había encontrado al dragón. ¿Qué estaba pasando allí? Se quitó el yelmo para poder ver mejor, entrecerró los ojos por la claridad del ambiente. Debería estar allí, la princesa que había ido a buscar...
De repente, un agudo dolor le sorprendió en la nuca y cayó al suelo cuan largo era.

El cuenco de barro cayó al suelo y se hizo añicos. Aurora se llevó las manos a la boca para ahogar un grito.
-Espero no haberle matado- susurro.
Le cogió el brazo derecho he intentó arrastrarlo por el suelo, pero era demasiado pesado.
Aurora llevaba en la torre desde los 15 años. En la fiesta de su cumpleaños cayó presa de una maldición que la haría dormir eternamente hasta que un apuesto y valiente caballero la rescatase.
Tenía un largo pelo rubio recogido en un elegante moño y con mechones sueltos sobre los hombros, un fino y bonito vestido rosa con encaje y un collar de perlas. Aurora desistió el intentar mover al caballero y esperó a que viniera ella.
Unas grandes puertas que daban a la habitación se abrieron de golpes. Unos pasos ligeros rasgaron la frialdad del suelo. Aurora miró para ver quien era y sonrió.
-Aquí llega el Dragón-

Hace unos años, cuando Aurora aún seguía presa del hechizo, una apuesta y poderosa bruja irrumpió en el castillo, su nombre era Alexandría.
 El pelo rojo como el fuego, la piel blanca como la nieve y los ojos oscuros como las alas de un cuervo. Alexandría, con sus poderes mágicos, derrotó al dragón y liberó a Aurora de su maldición. Pero contra todo pronóstico, Alexandría y Aurora se hicieron amigas. Desde entonces viven las dos juntas en el castillo, esperando a que un apuesto y valiente caballero llegue para rescatar a Aurora, porque nadie sabe que Aurora ya fue rescatada. Y como le dijo Alexandría una vez "Tengo grandes planes para ti, mi niña"

Alexandría cruzó la sala rápidamente y se acercó a Aurora. Esta la cogió del brazo y le sonrió. Alexandría se remangó el vestido rojo y se acercó para examinar al Caballero. Vio su escudo caído en el suelo y su espada guardada en el cinto. Comprobó la tela de su capa. Con una increíble fuerza que no era humana, trasladó el cuerpo del caballero a una pequeña cama y se acercó a Aurora.
-Escúchame mi niña, ha llegado el momento que estábamos esperando- le dijo mientras se cogían de la mano -Este caballero es el hijo del León, una de las tres casas.-
Aurora agachó la cabeza nerviosa -¿Estás segura?-
-Muy segura- le contestó -Es el momento de partir. Empaca tus pertenencias-
Alexandría comenzó a sacar cosas de un pequeño tocador de madera de fresno que había en la sala. Indicó a Aurora que se sentara en la silla del tocador y comenzó a peinarla la cabellera con un pequeño peine.
-No creo que sea capaz- comentó en un susurro -Alexandría no me quiero ir...- dijo con lágrimas en los ojos.
Alexandría se agachó y miró a Aurora a los ojos pero ésta apartó al mirada
-Mírame- dijo cogiéndole la cara -Estás preparada, te he preparado durante años para esto-
Aurora acercó se cara a la de Alexandría y le sonrió.
-Recuerda lo que te dije: Tengo grandes planes para ti, mi niña. Juntas... juntas reinaremos las tierras-
Aurora decidida, se levantó, se arregló el pelo y se limpió un poco la cara. Alexandría posó su manos sobre el vestido y éste por arte de magia pasó de ser un vestido normal a uno elegante y sofisticado.
Alexandría se acercó, posó sus labios sobre Aurora, que se sonrojó al instante.
-Vamos, es la hora- le dijo -bésale-
Aurora se arrodilló sobre la cama, mirando fijamente al caballero. Era guapo, tenía una tez brillante y varonil. Unas finas cejas, unos labios carnosos y el pelo de color ceniza. Aurora acercó sus labios a los del caballero y éste despertó súbitamente.

jueves, 19 de abril de 2012

Caperucita Roja: El Epílogo

Finalmente Caperucita llegó a la casa de su abuela. Dejó la piel de la Loba y le dijo al pequeño lobo de color blanco que esperase allí. El pequeño lobo comenzó a dar vueltas sobre si mismo y finalmente se acurrucó sobre la piel de su difunta madre. Debería ponerle un nombre pensó Caperucita, pero eso ya lo solucionaría más tarde.
La casa de su abuela olía a comida y estaba caliente. Estaba decorada con cosas de color rosa, muebles, cortinas, alfombras. A Caperucita le parecía muy recargada para la vista.
-¿Abuela?- preguntó Caperucita mientras entraba en la casa -¿Estás en casa?-
Caperucita entró hasta la cocina. Y allí estaba su abuela, ajetreada con el horno. Su abuela era una mujer bajita y rechoncha, con el pelo gris recogido en un gran moño. Llevaba unas grandes gafas redondas apoyadas en su pequeña nariz.
-Sophie- dijo la Abuela dándose la vuelta y mirando a su nieta. Caperucita, o Sophie, estaba hecha todo un estropicio. Tenía toda la ropa manchada de barro y sangre, tenía la cara arañada y los codos raspados. La pierna derecha la llevaba vendada con la capa roja y estaba francamente sucia. La Abuela la miró con el ceño fruncido y se acercó a ella. Caperucita bajó la mirada y la abuela le pegó una buena torta en la cara que resonó en toda la habitación.
-¡¡Mira a qué hora llegas!!- protestó - La cena casi está fría y he tenido que calentar el pavo dos veces- La Abuela no paraba de gesticular con las manos. Caperucita dejó la cesta en la mesa y se sentó en una silla con la cabeza gacha. -¡Y mira cómo te presentas!- Se acercó a ella y la cogió del brazo. Caperucita intentó soltarse pero la Abuela le estaba apretando tan fuerte que le hacía daño. -¿Qué has estado haciendo? ¿¡Eh!?- le preguntó alterada.
-He estado...-
-¡Y mira cómo vienes de sangre! ¿¡Qué te ha pasado en la pierna!?- Caperucita miró su pierna derecha y la escondió detrás de la izquierda. -¡¡Contéstame!!- dijo la Abuela sujetándole la cara con la mano izquierda.
-Nada- contestó Caperucita cerrando los ojos.
Se oyó el sonido de otra torta y el pómulo de Caperucita se puso tan colorado como una manzana
-¿¡Y qué es eso que me has dejado en el porche!? ¡¡Ya te he dicho que no quiero animales en esta casa!!- La Abuela volvió a retirarse y se dirigió hacía la cocina. Mientras seguía hablando de lo irresponsable que era Caperucita y de lo mucho que tenía que reñirle. Caperucita se incorporó, metió la mano en la cesta, tocó el cuchillo y entorno los ojos...

lunes, 16 de abril de 2012

Caperucita Roja y El Lobo Feroz

Caperucita se había parado en un claro del verde bosque, estaba agachada, junto a un pequeño estanque donde lavaba las manos manchadas de sangres. Se desabrochó la capa y la dejó junto con la cesta de mimbre. Metió la cara en el estanque y se enjuago fervientemente. De unos matorrales cercanos se acercó un pequeño conejo blanco a beber agua al estanque. Caperucita roja lo miró con una sonrisa inocente y se acercó poco a poco con la mano extendida. El conejo primero se asustó y retrocedió unos pasos, pero se quedó mirando a Caperucita con sus ojos oscuros. Ella insistió y cada vez se acercaba más hasta que consiguió tocar su cabeza. El conejo se quedó inmóvil, esperando el siguiente paso de Caperucita. Ésta acarició la pequeña cabeza y le sonrió. El conejo se dejó acariciar nuevamente y acabó en el regazo de Caperucita.
-Hola pequeñín- le dijo Caperucita sonriente- ¿Estabas bebiendo agua?-
El conejo le miró extraño y comenzó a olerle la ropa.
-Huele a hombre malo- comentó ésta con un hilo de voz. Caperucita comenzó a abrazar al conejo fuertemente, éste se puso nervioso y intentó huir de sus brazos pero fue inútil. Caperucita llevó sus pequeñas manos al cuello del conejo y con un rápido movimiento... se oyó un sonido sordo, como el que hace una rama de un árbol al romperse. La cabeza del conejo quedó doblada hacia atrás. Caperucita cogió el cuerpo inerte del conejo y lo guardó en su cesta.

Un lobo grande y robusto de color gris caminaba apresuradamente entre la maleza del bosque. Llevaba una presa en la boca, un pequeño ciervo que parecía aún más pequeño entre las mandíbulas del lobo. Llegó a su destino. Antes de entrar en una pequeña cueva de rocas marrones pintadas de musgo verde, oteó el horizonte y comprobó que no había ninguna amenaza cerca.

Caperucita llegó a ese claro del bosque, iba tarareando una cancioncilla sin ningún ritmo conocido. Tenía una sonrisa dibujada en la cara y los ojos muy abiertos y muy brillantes. Cualquiera diría que era una auténtica psicópata que estaba en esa parte del bosque para matar al lobo. Dejó su cesta al pie de un árbol. Abrió la tapa, sacó el gran y afilado cuchillo y el cadáver del conejo. Se acercó a la entrada de la cueva y le clavó el cuchillo al conejo. Toda la sangre cayó sobre el suelo de piedra. Caperucita esperó, con el cuchillo en una mano y el cadáver en otra. Pasaron unos segundos y luego unos minutos. Pero no pasó nada ya se había dado por vencida cuando una sombra salió disparada de la cueva como un rayo y se abalanzó sobre Caperucita. Era el Lobo.
Los dientes afiladísimos del lobo intentaron aferrarse a su garganta, pero esta rodó por el suelo para quitarse de encima al lobo. Se miró el codo izquierdo y se lo había despellejado. La piedra era dura y la hierba que cubría el duro suelo raspaba. Pero no le importaba, el brazo derecho lo tenía en perfecto estado. Caperucita adoptó una pose amenazante apuntando con al punta del cuchillo al lobo, éste rugió y le enseñó todos su dientes. Volvió a atacar, se abalanzó sobre Caperucita, pero está fue lo bastante rápida como para apartarse de su camino. Ahora te tocaba a ella. Salió corriendo detrás del lobo y le agarró del rabo. Éste se volvió furioso e intentó morderle la mano, pero Caperucita quitó la mano a tiempo y el lobo se mordió al cola. Instintivamente soltó un quejido lastimero pero Caperucita aprovechó la oportunidad y le clavó el cuchillo en la parte trasera del omóplato derecho. El Lobo volvió a gruñir. Caperucita sacó rápidamente el cuchillo y estaba manchado de un color rojo oscuro, casi carmesí. Pero al lobo no le importó, estaba decidido a despellejar la piel de sus huesos. Esta vez se abalanzó sin que Caperucita pudiera hacer nada y le dio un fuerte mordisco en la pierna derecha. Caperucita cayó al suelo y el lobo aún seguía con la pierna entre sus mandíbulas. La sangre salía a borbotones y Caperucita se permitió el lujo de gritar. De gritar de auténtico dolor.
-¡Maldito chucho de mierda!- gritó mientras que con la pierna izquierda le pegaba patadas en la cabeza al lobo -¡Suéltame! ¡Tengo que ir a casa de mi abuela!-
El cuchillo de Caperucita estaba a un par de centímetros de ella, ya que al caerse se le había escapado de entre las manos. En un desesperado intento estiró las manos por la hierba para cogerlo, pero el lobo seguía mordiendo con fuerza, por un momento pensó que le iba a partir la pierna. Pero cuando ya empezaba a rasgar toda la piel y a llenarlo todo de sangre, sus dedos de la mano derecha tocaron el cuchillo. Lo agarró con decisión, lo colocó entre sus dedos y con un rápido movimiento se lo calvó en un ojo. El Lobo soltó la pierna y  aulló de dolor. Caperucita se arrastró por el suelo con expresión de dolor, probó a ponerse de pie, pero no podía ni mover la pierna. La tenía hecha una carnicería. El Lobo seguía con el cuchillo clavado en el ojo, que no paraba de gotear sangre. Intentó sacárselo con las zarpas, pero sólo consiguió empeorar la herida. Caperucita se arrastró hasta la entra de la cueva donde el Lobo estaba escondido. Se apoyó contra una roca y comenzó a respirar entrecortadamente. Nunca en su vida había tenido la certeza de que iba a morir pero en ese momento la tenía. Estaba totalmente convencida. Iba a morir, el Lobo la iba a matar, iba a desgarrar su garganta y se la comería. Se comería su piel, su carne y roería sus huesos. Caperucita tenía la cara manchada de barro y algo verde, supuso que era de la hierba. Tenía la frente perlada de sudor y un pequeño hilo de sangre la salía de la boca. El Lobo la enfocó con el único ojo que le quedaba, vio que Caperucita estaba frente a la entra de la cueva y embistió hacía ella. Caperucita intentó levantarse pero no lo consiguió, el Lobo estaba ya sobre ella, cuando alargó la mano y cogió una piedra. Con todas sus fuerzas le golpeó en la cabeza. Lobo cayó hacía ella con la boca abierta y las zarpas hacía delante. Caperucita acabó con más de un arañazo en la cara. Se quitó al Lobo de encima. Sacó el cuchillo de la cuenca del ojo y se lo clavó repetidas veces en el cuello. Todo se llenó de sangre. Todo rojo. Se quitó la capa y se la anudó en forma de venda en la pierna. Debería buscarse una rama que le sirviera como bastón. Se le pasó por la cabeza que la piel del Lobo le quedaría bien como capa. Se arrodilló (como pudo) frente al cuerpo. Puso al Lobo patas arriba y compró para su sorpresa de que tenía mamas, 8, para ser exactos. Se trataba de una Loba. Clavó la punta del cuchillo en la zona baja del vientre y rajó hacía arriba.
Poco después, de la cueva, salió un pequeño Lobo, de color blanco, miró de manera extraña a Caperucita y se acercó poco a poco hacía ella. Caperucita cogió el cuchillo. El pequeño Lobo comenzó a olerla.
-¿Hules a mamá?- preguntó Caperucita divertida.

Desde entonces cuenta la leyenda que un lobo de color gris que anda sobre dos patas siembra el terror en el Bosque y los alrededores. Si te encuentras con él es mejor correr. Dicen que puede despellejarte con sus enormes mandíbulas, otros, en cambio dicen que utiliza utensilios de humanos, que ha aprendido como usar un cuchillo y un hacha. Dicen que es un hombre lobo, ya que puede caminar sobre dos patas. Pero en lo que todo el mundo coincide es que no es muy grande pero sí certero y que siempre va acompañado de un pequeño lobo de color blanco.


martes, 10 de abril de 2012

Caperucita Roja y El Cazador

Un radiante sol de primavera iluminaba el claro del bosque. Por él pasó una pequeña sombra de color rojo. Era una niña, que caminaba con desenvoltura, pero tenía algo especial. Era bajita, con el pelo color azabache recogido en dos alegres trenzas, unas finas cejas, la nariz respingona y los labios de color rojos. Sus ojos de color miel irradiaban alegría, ya que se dirigía a casa de su abuela que hacía meses que no la veía. Lo especial de esta chica era que, aunque aparentase ser una pobre niña, tenía 16 años. Ya se había desarrollado como mujer, pero era bajita... muy bajita para su edad.  Vestía una falda de color blanco con unos pequeños dibujos de unas fresas en ella, una camisa de color rojo de mangas cortas, unos zapatos rojos y una capa con capucha de color rojo también. Las dos trenzas negras le caían sobre los hombros con gracia y desenvoltura. En sus manos llevaba una cesta de mimbre, en la que llevaba varias cosas para darle a su abuela. Mientras caminaba una ardilla salió corriendo delante suya y se montó en un árbol, ella la siguió correteando y riendo, y se acercó al árbol en el que se había subido la ardilla. Ésta estaba comiendo una enorme bellota que había encontrado, Caperucita alargó la mano y entornó los ojos... agarró a la ardilla con fuerza, pero una tos la interrumpió. Caperucita soltó a la ardilla y miró al sitio de donde provenía esa tos. La ardilla asustada salió corriendo y comenzó a saltar de rama en rama.
 En el umbral del bosque se encontraba un alto y fuerte hombre, con un hacha en el hombro. Vestía un peto de color gris y una camisa de leñador roja. Caperucita se acercó a él con una sonrisa radiante enseñando sus blancos dientes.
-Buenos días pequeña- comentó El Cazador mientras se rascaba su abundante barba -¿Qué hace una chiquilla como tú en mitad del bosque?- preguntó con su voz ronca -¿es que no le tienes miedo al lobo?-
-No- contestó ésta alegre y comenzó a andar de nuevo.
-¿Dónde vas si se puede saber?- preguntó El Cazador con curiosidad
-Voy a visitar a mi abuela- contestó ella en tono neutral.
-Mi cabaña está a ese lado del bosque- comentó en un hilo de voz
-La casa de mi abuela está por ahí- indicó con la cabeza Caperucita al lado contrario- está pasando el río-
-Puedes venir a mi cabaña y tomar algo caliente- comentó con una fría sonrisa- tengo chocolate- El Cazador se acercó a Caperucita, se agachó y le bajó la capucha.
El leñador encontró a Caperucita irresistible, tenía una mirada salvaje, unos ojos preciosos y una sonrisa pícara.
-Eres muy amable- comentó ella muy seria - pero no estoy interesada-
El Cazador frunció el ceño.
-Tengo una chimenea, puedes calentarte un rato antes de volver a partir- comentó mientras volvía a ponerse en pie cuan largo era.
-He dicho que no- dijo Caperucita con sombra en la mirada.
Dio media vuelta y volvió a retomar su camino, debía estar en casa de su abuela para la hora de la cena y no quería que la noche la sorprendiera en el bosque. El Cazador se quedó mirando como Caperucita se marchaba, dio varias patadas al suelo en señal de frustración. La estaba dejando escapar y no podía evitar pensar en ella, pensar en su sonrisa, en sus ojos, pensar en su pelo, pensar en... en toda ella.
De repente, Caperucita se detuvo a varios metros del Cazador, se dio la vuelta y le silbó.
-Vale-
-¿Cómo dices?- preguntó nervioso
-Lo he pensado mejor- comentó Caperucita esbozando una sonrisa con sus finos labios rojos -Quiero un chocolate caliente- Caperucita salió corriendo hasta alcanzar al Cazador que se había quedado perplejo.
Ella le agarró la mano derecha y comenzaron a caminar.
El cazador miraba sus manos entrelazadas y se sonrojaba. Era una curiosa estampa, el gran y alto Cazador y la bajita Caperucita Roja. Durante el camino estuvieron hablando de nada y de todo, solo se oía de fondo la risa descontrolada de Caperucita cada vez que el cazador decía algo gracioso.
Por fin llegaron a la cabaña del cazador, era grande, caliente  y olía a chocolate. Tenía una gran mesa de madera en el centro de la cabaña con grandes sillas. Caperucita dejó su cesta y se sentó frente a la ventana de la cocina. Mientras, El Cazador, estaba preparando dos grandes tazas de chocolate.
Caperucita comenzó a jugar con una de sus trenzas, se la metía en la boca, se la mordía y sonreía. El Cazador estaba tan distraído que se quemó con el chocolate, algo que a Caperucita le hizo tanta gracia que no podía parar de reír. Por fin sirvió el chocolate, le dio una taza a Caperucita y otra se la quedó él. Cogió una silla y se sentó muy cerca de Caperucita.
-Está muy rico- dijo ella dándole un sorbo
El le sonrió con una sonrisa de lado.
-¿Qué?- preguntó ella divertida
-Nada- contestó él sonriéndole
-¿Te importa si me quito un zapato?- le preguntó Caperucita fingiendo una cara inocente con dejes de cara divertida.
-Para nada- contestó él divertido - ¿Pero solo uno?
-Sí- contestó ella mientras se lo quitaba -Es que me gusta hacer un juego... - contestó mientras pasaba su pie entre las piernas del cazador - así...- siguió paseando su pie. Primero la pierna derecha, luego la pierna izquierda. Hasta que al final llegó a su sexo. Caperucita tocó el sexo Del Cazador con su pie mientras éste le miraba con los ojos muy abiertos.
-¿Te gusta?- preguntó ella mientras se mordía un dedo y sonreía
-Sí- dijo él casi sin poder hablar.
Caperucita se levantó de la silla y se acercó mucho a El Cazador.
-Voy a coger una cosa- le susurro al oído mientras extendía una mano hasta su cesta
El Cazador asintió débilmente mientras cerraba los ojos, la voz de Caperucita al oído le pareció muy sensual.
Un dolor intenso en la tripa le hizo abrir los ojos. Miro asustado a Caperucita y esta le estaba mirando con los ojos entornados. Intentó levantarse pero no podía moverse. Caperucita le había clavado un cuchillo enorme en el estómago.
-Ahora mismo te estoy desgarrando los intestinos- comentó Caperucita mientras sonreía.
El Cazador quiso contestarle pero no pudo hablar y articuló con sus labios un "hija de puta"
-Soy una niña- comentó ella inocentemente- has intentado aprovecharte de una niña pequeña- dijo con una inocencia fingida
El Cazador cogió fuerza y apartó a Caperucita de una patada y ésta salió disparada contra la mesa, intentó ponerse en pie pero sus fuerzas le fallaban. El suelo estaba lleno de sangre, resbaló y cayó. Los intestinos salieron disparados de su estómago, manchando todo el suelo de la cabaña. Caperucita se pasó una mano por la cara para apartarse las trenzas y se manchó la cara de sangre de El Cazador. Se puso en pie.
-Te diría que no te volvieses a acercar a ninguna chica- acercándose a él- pero no vas a salir vivo de aquí-
Se puso sobre él con su pie descalzo lleno de sangre sobre su espalda. Cogió de los pelos al Cazador, le levantó la cabeza y le rajó el cuello. Una gran mancha negra de sangre lleno todo el suelo de la cabaña.
Caperucita se volvió a poner el zapato, se puso la capucha, guardó el cuchillo en la cesta y salió de la cabaña cerrando la puerta tras de sí. Salió caminando tranquilamente entre risas y volvió al camino del bosque que le llevaría a casa de su abuela.

Dedicado a todas las mujeres bajitas

lunes, 12 de marzo de 2012

Obsesiones


Llevo ya varias semanas siguiéndola. Su pelo al viento, dorado como el sol, su olor a canela y sus labios rojos.
Desconozco si sabe que la sigo, si sabe que me paso las noches tras de si, que no me alimento, que (no) vivo por poder verla.
Pero me he decidido, total no tengo nada que perder, tengo más años que ella y sus padres juntos, no puedo tener miedo a nada.

Me acerco y la miro, con mis ojos marrones oscuros que en la noche de la ciudad se ven negros, le sonrío y ella se pregunta quien soy. Se pasa la lengua por los labios y hablamos, la escucho, me escucha. No quiero utilizar ninguno de mis dones, quiero que sea real, tan real como se pueda. Entramos a un bar y pedimos algo para tomar. Lo bebe rápido, casi diría que con avaricia, pero no me importa, he estado esperando por este momento. Seguimos hablando, bailamos, y creo que para la 6ª vez que me sonríe me he enamorado. Salimos del bar, creo que ella va un poco ebría, y a mí no me ha afectado el alcohol, como es obvio. Me pide que la lleve a casa y no me niego, pero especifica que quiere ir a la mía.

Despierto temprano, antes que ella, nuestros cuerpos están desnudos sobre las sábanas. Menos mal que me acordé de poner cortinas, ahora mismo estaría achicharrado.
Paseo con mi ojos su cuerpo, intentando memorizar cada parte, por mínima que sea. Su pelo está hecho un revoltijo, tiene una orejas bonitas, una nariz respingona y unos ojos verdes.
No sé exactamente lo que me pasa, pero estoy más obsesionado que nunca, pero no me entran ganas de probarla. La noche anterior se comportó como una fiera en la cama, es una chica con experiencia. Pero esto va más allá de lo sexual, me cuesta creer que pueda amar a alguien y que no tenga ganas de morderla.
Ella despierta y me mira. Se me queda mirando, preguntándose para si, qué clase de hombre soy. Inspecciona mi piel blanca casi fantasmal, mis labios rojos, mis ojos oscuros, mis dientes afilados y mi pelo engominado. Sonríe, creo que sabe lo que soy y que la da igual. Vuelve a cerrar los ojos y se queda dormida muy cerca de mí y yo, como no iba a ser de otra manera, me dejo hacer.

Hace semanas que no sé nada de ella, no la encuentro por ningún lado, he intentado calmar mi obsesión pero no lo consigo. Incluso he bebido con avidez sangre de varias mujeres, pero ella sigue ahí, en alguna parte de mi cuerpo que no es el corazón, ya que hace años que no late. No puede latir.
He salido todas las noches a buscarla por la ciudad, en bares, discotecas, en todos los rincones, pero no la he encontrado. ¿Es posible que la tierra se la haya tragado?

Pero cuando ya creía haberla olvidado, se presenta, en mi casa. De hecho, me la encontre esperando en la puerta. La dejo pasar, por supuesto. Debería haber recojido un poco, parece una pozilga. Hay un cuerpo de una joven morena en mitad del salón, la piel se le ha ablandado y está muy pálida, desconozco cuando tiempo llevará ahí. Se lo digo, le confirmo lo ella ya sabía. Le digo que soy un vampiro y me responde con un “Vale”
Lo hacemos, una dos y tres veces, al cabo de las horas he perdido la cuenta. Es el mejor sexo que he tenido nunca.
Creo que ha pasado un día entero y no hemos salido de la cama, en un arrebato de locura, me pide que le muerda, que chupe su sangre y la soboree. En un primer momento me niego, pero al final acabo aceptando. Le muero primero en el muslo derecho y succiono un poquito. La sangre sale caliente y me sabe un poco salada. A ella parece que le gustan o que le encanta. Me pide que le muerda en el cuello y acato sus órdenes.

Vuelve a desaparecer, pero esta vez no la vuelvo a ver hasta 2 meses después. No sé a que juega y esta agonía me está matando. Curiosa ironía la mía. No sé que hacer con ella. La quiero, la amo de hecho, pero amo más el odiarla por tratarme así. La odio, A ella parece que le gusta tenerme ahí, que esté atento, que le diga cuanto la quiero y que le chupe la sangre. Pero creo que la voy a matar, la voy a matar y a dejarla seca. Porque estoy perdiendo la cabeza. Se me olvida beber sangre, me despisto y me quedo a la luz del sol. Esto tiene que acabar. La próxima vez que venga le pondré punto y final. Porque va a volver en su inestimada busquedad de atención.

Y no me equivocaba, aquí está delante mía, como siempre. Ojos bien abiertos, pelo al viento, olor a canela y sonrisa permanente. Me acerco a ella, empiezo a besarle el cuello. Ella se desabrocha la camisa y se queda en sujetador. Empiezo a jugar con su hombro derecho, paso mis colmillos por su lunar en forma de galleta. Le gusta. Vuelvo a subir mi boca hasta su cuello. Le clavo mis colmillos sobre la piel, al principio está dura, pero poco a poco los colmillos se hunden hasta el músculo. Seccionando la carótida. Ella hace el intento de resistirse, de apartarse de mí, de correr. Pero creo que en el fondo siempre lo ha sabido. Empiezo a succionar su sangre, en grandes cantidades, la succiono tan rápido que me mancho toda la boca. Tengo los labios llenos de sangre y entre los colmillos restos del músculo del cuello. La dejo seca, muerta, y cae al suelo, y no respira. No respira, no se mueve, no reacciona, no se levanta, no hay vida. Sin vida.

Por fin he puesto punto y final a mi obsesión. Era ella o yo. Y ha sido ella. Me limpio la boca, tengo un reguero de sangre que me cae por la barbilla. Estoy excitado, siento mi cuerpo caliente y mi sexo húmedo. Me doy la vuelta, le doy la espalda a un cuerpo inerte que ya no siginfica nada. Pero, de repente, ella abre los ojos.

lunes, 5 de marzo de 2012

Sueños y abrazos

Los ladrillos marrones que componían la pared soltaban un polvo blancuzco cada vez que daba una sacudida. El profesor, bajito y con melena oscura, escribía despreocupado en la pizarra. La tiza de paseaba tranquilamente escribiendo una palabra. "abra" "abraz" "abrazos"
-Hoy- dijo el profesor con una profunda voz - aprenderemos lo que son los abrazos-
Todos los alumnos que componíamos la clase tomábamos apuntes apresuradamente. Todos, chicos y chicas, con el mismo color de uniforme. Color gris, sobre mesas verdes y ladrillos marrones. El profesor vestía una vieja americana marrón con parches en los codos, camisa amarilla y pantalones marrones.
Varias diapositivas se proyectaban sobre una tela blanca, en ellas, aparecían gente. Dos personas interactuando la una con la otra, estiraban sus brazos y los entrelazaban con el cuerpo de la otra persona. Se sentían bien... parecían felices. Todos nos miramos y ninguno quiso decir nada al respecto. El profesor carraspeó y pidió la ayuda de un voluntario. Estábamos en silencio, agachamos cabezas y desviamos miradas. Al final, elegido a dedo, salió un chico, algo bajito y rubio. El profesor le indico que le abrazara, que imitara a la gente de la diapositiva. El chico rubio, algo asustado abrió sus brazos, pero fue el profesor el que le abrazó fuertemente. Tan fuerte que le dejó casi sin aliento. No nos lo podíamos creer, acabábamos de ver un abrazo en directo.

Las demás clases transcurrieron con normalidad, pero había algo que me llamó la atención, desde la ventana que daba al fondo del océano podía ver como los peces guardianes estaban inquietos. No paraban de nadar, de moverse, de allá para acá. Con sus escudos y sus lanzas, dando aletazos y nadando a grandes velocidades.

De repente, la luz comenzó a guiñar y la lampara de araña cayó desde el techo. Todos nos asustamos. El agua comenzó a entrar en la clase, un agua de color azul oscuro. El profesor nos indicó que nos pusiéramos en fila para abandonar la estancia y comenzamos a bajar por la escalera. Una escalera de los mismos ladrillos marrones. Pero algo esperaba al final, algo extraño. Algo gordo y grande, morado y con tentáculos. Con pinzas y colmillos. Algo electrizante. El profesor nos indicó de que no tocáramos el agua, que ese ser podría electrocutarla y moriríamos. Algunos compañeros no oyeron la advertencia y quedaron fritos en una sacudida de ese ser. A través del agua comenzaron a aparecer los peces guardianes, que se enfrentaron a la cosa con tentáculos. Pero no era suficiente, esa criatura iba aumentando de tamaño, la estancia seguía llenándose de agua y casi era imposible mojarse. Sólo unos cuantos alumnos y el profesor quedábamos ya, cuando la criatura con sus poderosos colmillos y sus grandes pinzas nos acorraló contra una esquina, parecía el fin cuando...

Cuando me he despertado.

sábado, 11 de febrero de 2012

Innocence

Las olas rompían embravecidas contra la orilla de la playa. El sol estaba parcialmente oculto y parecía un ojo muy amarillo que miraba a través del mar. Había cierta humedad en el aire, un tipo estaba sentado en la arena, contemplando plácidamente la puesta de sol. El viento peinaba sus cabellos castaños enmarañados y jugaba con su piel. Tenía sujetos en sus manos sus zapatos rojos, sus zapatos rojos favoritos. Noto un estimulante frescor en la cara, ya que al chocar las olas con la arena éstas soltaban agua que ascendía con la fuerza del viento y chocaba en la cara. Parpadeó con sus grandes pestañas y escudriñó el cielo. Parpadeó sus ojo verdes e hizo un respingo con la nariz. Escuchó los pasos en la arena, era ella.
-Estaba en mi habitación- comentó sentándose a su lado.
Cabellos rubios por los hombros, sonrisa blanca, piel fina y labios rojos. Escondía sus ojos tras unas grandes gafas negras. Se había doblado su falda oscura para sentarse de culo en la arena.
-Tenías razón- le dijo mirándole embelesada - estaba debajo de mi almohada-
Él sonrió sin mirarla y siguió contemplando como el gran astro se iba poco a poco a dormir.
-Me ha recordado a cuando era pequeña y se me caía un diente- pensó en voz alta - Cuando eres pequeño y se te cae un diente, esa misma noche lo colocas debajo de la almohada y al despertarte - sonrió divertida y él la miró extrañado - al despertarte miras debajo y hay un montón de monedas. Normalmente no es gran cosa pero...-
Ella calló y el siguió contemplando el horizonte. Giró la cabeza para mirarla y le pasó suavemente un dedo por la mejilla.
-Recuerdo una vez que cuando era pequeña... Además lo recuerdo con total claridad porque fue cuando se murió mi abuela, que se me cayó un diente y al despertarme por la mañana, tenía una gominola en forma de manzana debajo del colchón- comentó con una amplía sonrisa.
-No sentí pena ¿sabes? - levantó la cabeza para mirarle - Cuando se murió mi abuela no lloré y no recuerdo haberme sentido mal al respecto. Fue como otro día cualquiera. Pero recuerdo que mi hermana y yo nos levantamos temprano y que vimos salir el sol. Recuerdo el cantar de los pájaros, nunca había escuchado a tantos cantar a la vez y recuerdo como el aire tenía un olor distinto y que la tierra olía más a tierra de lo normal. Recuerdo con especial ilusión el desayuno que tomamos. Tostadas con mantequilla. ¡Las mejores tostadas con mantequilla que he probado en mi vida! Recuerdo que luego, mi madre nos llevó a dar una vuelta en coche. A ningún lugar en especial, solo recuerdo el ruido del motor y los asientos de aquel viejo coche.-
-Entonces sí que fue un día especial- comentó él. Tenía una voz ronca, una voz apagada -No puedes sentir pena porque te has aferrado a cada detalle de ese día. Cada momento, incluso me atrevería decirte que hasta puedes distinguir las distintas texturas. Incluso puedes sentir los olores. Lo sé yo y lo sabes tú-
Ella asintió frunciendo el ceño.
-Al igual...- volvió a hablar él - al igual que te acordarás del día de hoy-
Volvió a reinar el silencio y sólo se escuchaba el sonido de las olas golpear con fuerza la arena.
-No sé cómo te gusta tanto este sitio. Es como otro cualquiera, además hay sitios mucho más bonitos aquí- La chica comenzó a cavar un pequeño agujero a su izquierda.
-Hoy Señor Bigotes ha hecho una cosa muy graciosa- volvía a hablar ella- le he dado de comer su lata de comida para gatos y me ha mirado extrañado. Como diciendo "Estoy harto de comer siempre lo mismo. ¡Quiero innovar!" Y me ha hecho mucha gracia porque le he comprendido. Debe ser muy aburrido comer siempre la misma comida para gatos. He pensado por un momento bajar al Súper para comprarle otra marca, pero estaríamos en las mismas, seguiría siendo comida de gato.
Creo que voy a comprarme otro gato, pero esta vez será gata. Ya que creo que al Señor Bigotes no le van las relaciones homosexuales con otros gatos, aunque no me importaría que tuviera una pareja gato y que ambos adoptasen en un futuro a unos gatitos para criarlos como hijos suyos. Pienso que sería encantador. Pero ahora quiero una gata hembra para ponerle de nombre Olivia.
-¿Olivia?- sus grandes ojos verdes no quitaban la vista de ella
-Sí- contestó con una sonrisa de lado
-Hazlo ya- sus grandes y huesudas manos viajaron desde la arena a su camisa de color azul palo y la empezaron a desabotonar. Uno a uno, los botos iban deslizándose dejando al final un tórax blanco, sin músculos marcados y con poco vello. Pero había algo inusual en aquel tórax. Unas marcas, unas marcas rojas en la parte de los pectorales y un pequeño orificio en el lado izquierdo.
La chica se levantó y sacó del bosillo de su chaqueta vaquera una pequeña llave dorada.
-¿Sabes que te quiero, verdad?- le confirmó ella en forma de pregunta retórica
-Es difícil querer a alguien que no existió- le contestó con una cruda sonrisa
La chica introdujo la llave en la cerradura del pectoral izquierdo. Se oyó un click y unas puertas biomecánicas se abrieron en el pecho de él. Dejando al descubierto un corazón. El corazón era de color morado y no más grande que una patata. Ella alargó sus finos dedos y lo acarició. Notó cierto brillo en los ojos verdes de él. Agarró bien fuerte el corazón y tiró con todas su fuerzas.
El chico dio un pequeño brinco y se quedó quieto. Parado. Acabado. Inexistente.
La chica caminó con mucho cuidado con un corazón morado en la mano que no palpitaba. Metió sus pies en el agua, la ola le llegaba a las rodillas y comenzaba a mojar su falda. Metió las manos en el agua y ahogó el corazón.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Spartacus: Sangre, arena, y sexo, mucho sexo, y croma.

SPOILERS FREE

El piloto de una serie tiene mucha importancia a la hora de juzgarla, lo queramos o no. Por ejemplo, corría la primavera del 2011 cuando la cadena Cuatroº anunciaba el estreno de la serie Spartacus. Decidí ver al menos el piloto, la verdad que no me importaba verla doblada al Español. Y bueno, tengo que decir que salí algo horrorizado. Demasiado croma cantoso para mi gusto. Así que sólo aguanté el piloto, también me pareció que había demasiada sangre ( algo de lo que sin duda he acabado por acostumbrarme y es un signo de la serie). Por los desnudos no me quejé, eso si que no.

Pero luego, cuando ya acabó mis padres me dijeron que había una historia muy buena detrás de toda esas cosas malas que yo había visto en el piloto. Sí, mis padres siguieron viendo la serie. Así que, hace 5 días, sin venir a cuento, me la descargué y empecé a verla. Volví a ver el piloto y seguía pensando lo mismo, pero no paré, vi el segundo. Al día siguiente vi el tercero, el cuarto y el quinto. ¡Y cómo los disfruté! Puedes verla en una maratón de 5 días y acabas tan satisfecho y tan bien que no puedes parar de ver capítulos. Tiene una buena historia, que va avanzando poco a poco formando la base de una trama final que explota en el último capítulo con litros y más litros de sangre.

En Spartacus además de la sangre y la arena (y croma) podrás encontrar escenas de sexo muy subidas de todo, yo ya no concibo una escena de sexo sin los desnudos totales de esta serie, también podrás encontrar amistad, una muy buena historia de amor que me ganó casi desde el inicio de la misma. Y como no nombrar sus increíbles escenas de lucha, excelentemente coreografiadas, y por supuesto, mención más que honorífica a las pedazos de escenas a cámara lenta que se marca esta serie. Todavía recuerdo la escena final del episodio número 5, que empieza a llover y aún me emociono.

Pues eso es todo, quería comentar la serie en parte para desahogarme. Y increíble o no, la recomiendo. Una buena historia y buenas actuaciones. Como habréis leído no he desvelado la trama, porque merece la pena verla sin saber nada.

sábado, 14 de enero de 2012

Dinero fácil II

Esto es lo que te has perdido en "Dinero fácil":

Me llamo Nacho y yo y mi amiga Roberta hemos decidido vender marihuana, conseguir dinero e irnos de vacaciones. Estamos en verano y tenemos la intención de conseguir 500 € en 35 días. Necesitamos proveedores, la mercancía y clientes. Vamos al lío: 
DÍA 1 

Lo hemos decidido, así que esta tarde vamos a acercarnos a los traficantes de nuestro barrio. Se suelen reunir cerca de la parada del autobús, en unos sucios columpios. Hay muchos traficantes aquí. Altos, bajos; gordos, flacos; yonkis de verdad, yonkis a medias; travestis y no travestis. Roberta y yo hemos decidido ir los dos juntos por si podemos pillar algo. Con mis ahorros y los suyos hemos reunido unos 23 €. No creo que podamos comprar gran cosa, pero ya os contaré. Roberta acaba de tocar el timbre.

Tenemos sitio y tenemos material. Todo me ha parecido muy surrealista y Roberta aún más, la verdad no sé donde me he metido cuando acepté esto. Os cuento:

Llegamos a los columpios en muy poco tiempo, nuestras casas están a escasos 5 minutos, además, este barrio no es muy grande que digamos. Al llegar vimos a dos señores sentados en ellos fumando. Roberta dedujo que estaban fumándose un porro y que debíamos actuar como si nos pareciera de lo más normal, total, nos cansaríamos de tratas con ese olor en todos estos días. Fue ella la que habló primero:
-Hola amigos de hierba, venimos buscando material- dijo intentando imitar a la gente de ese mundo.
Los dos señores, que tendrían poco más de 40 años la miraron y siguieron a su rollo. Yo la cogí del brazo y me la llevé a un lado.
-No puedes llegar a sí y pedir marihuana como si tal cosa. Recuerda que es ilegal.- Roberta asintió la cabeza pero creo que no me entendió muy bien.
Pienso que es porque es rubia, una rubia de nacimiento, así que creo que por eso actúa tan impulsivamente.
-Bien señores - dijo acercándose a los hombres - mi amigo y yo estamos buscando marihuana para venderla y sacarnos unos dineros. ¿Con quién hay que hablar para conseguir algo?- preguntó con una sonrisa de loca.
Uno de los hombres la miró con el entrecejo fruncido y tiró una colilla al suelo.
-Mira niña - le dijo - será mejor que dejéis de jugar a los contrabandistas y os valláis casa, aquí no hay nada que os interese-
-Pero es que no lo entiendes- el hombre que había hablado en primer lugar se puso de pie- queremos marihuana para venderla- le explicó Roberta gesticulando con las manos- ¡¡Para venderla!!- dijo gritando
-Perdonad- intervine yo- es que está un poco excitada- dije intentando excusarla para quitar hierro al asunto- Pero estamos buscando eso, además ambos lo comentamos y creemos que este es el mejor lugar para conseguir...- me callé de repente al ver que los dos hombres se enfadaban y el que permanecía sentado se levantó.
-Mirad niños, os doy cero coma para que salgáis corriendo de aquí y no volváis nunca más. ¿entendido?-
-No, no, no-  dijo Roberta negando con el dedo- queremos hierba. Ma-rí-a-. Roberta gesticuló con los labios un montón y eso hizo que uno de ellos se enfadara tanto que le lanzó un escupitajo a la cara.
Roberta se escandalizó tanto que comenzó a decir una serie de insultos que pasaban del español a un idioma desconocido.
Yo la cogí del brazo e intenté relajarla para salir corriendo de allí a toda prisa, pero ella seguía con su particular venganza verbal.
-Malditos yonkis de mierda, os ahogaréis en vuestra propia mugre. ¡¡Sabedlo!!-
Eso fue lo que colmó el vaso, agarré la mano de Roberta y empezamos a correr. En realidad ni recuerdo hacía donde corría, pero lo que sí recuerdo es el latido de mi corazón en los oídos y la risa descontrolada de Roberta cuando se pone nerviosa o tiene miedo. Ahora ya sé que si algún día me asesinan será por su culpa, lo tengo muy claro. Los dos señores cuarentones parecían estar en plena forma, algo de lo que no me he alegrado nunca.
-Separémonos- gritó Roberta. La miré con los ojos desorbitados, eso era lo peor que podíamos hacer y por eso lo hizo. Me acordé mucho de su madre en ese momento. Y claro, los yonkis traficantes de marihuana no iba a seguir a la chica que les había estado insultado, no. Empezaron a perseguirme a mí. Y algo curioso de este barrio es que cuando quieres encontrarte a la gente, no la encuentras y si no quieres, las tendrá en cualquier rincón. No había ni un alma. Tomé una de las muchas malas decisiones que me caracterizan, así que acabé en un callejón sin salida. El único callejón sin salida de mi barrio. Los Yonkis/ traficantes/ señores de la marihuana me tenía acorralado. Uno de ellos, el que había estado más callado, el que tenía un bigote gris se acercó a mí y me cogió del... vamos, que me agarró la polla. Entera, así sin miedo.
-Como volváis a aparecer por allí, esto- dijo apretandome más- lo pierdes.

Como es obvio he vuelto a mi casa. Pero no sin antes encontrar a Roberta esperándome en la puerta. Aunque me tenía guardada una sorpresa. La muy puta había ido hasta una herboristeria cercana y para nuestra sorpresa vendían semillas de marihuana. Para uso terapéutico. No sé como ha conseguido estas semillas y la verdad no se lo voy a preguntar. Pero hay una noticia aún mejor, su tía se va todo el verano de vacaciones y Roberta le ha pedido a su madre quedarse al cargo de la casa, y su madre ha aceptado. Su tía tiene un gran sótano que es perfecto para cultivar maría, así que ahora vamos a ir a por las macetas, la tierra y bueno... todo lo demás. Aunque para mí este día ha sido demasiado largo.