lunes, 5 de septiembre de 2016

Universos

"Cuando nuestros cuerpos se toquen formaremos un universo", estoy tan seguro de ello como estoy seguro de lo frías que están estas cadenas que me tienen preso. Jamás me podría haber imaginado que me acabaría acostumbrando a estar encadenado a una pared de pies y manos. Realmente no recuerdo mi vida fuera de aquí, no recuerdo una vida sin cadenas. Las cadenas de las muñecas cada vez me aprietan menos, creo que es la señal irrefutable de que me estoy consumiendo. Tengo el cuerpo lleno de heridas, y la sangre seca no se nota por el tono de mi piel. Le oigo moverse, inquieto, pero no consigo verlo. Hace mucho tiempo que no le veo la cara, y apenas recuerdo sus facciones. Estamos separados por metros que parecen kilómetros. Simplemente oigo su voz. Su voz desde el otro lado. Su voz y el sonido de sus cadenas.
Eterna acaba de llegar. Va montada en sus grandes zancos, altiva, mirando todo a su alrededor sin pestañear. Aprieta fuertemente la fusta, atenta a los movimientos que hagamos algunos de los dos para castigarnos. Intento controlar mi respiración, llevo años practicando. Intento acompasar la salida de aire de mis pulmones con el leve tintineo que hacen los esclavos de la cadena al rozarse los unos con los otros. Pero él está inquieto. Está inquieto, se mueve inquieto, respira inquieto, habla inquieto incluso. A Eterna no le gusta eso. Se acerca hacia él a pasos agigantados pidiendo con su profunda voz que se calle, que no siga hablando. Pero no se detendrá, no se callará, hará sonar su voz por encima del estruendo de sus cadenas; intentará luchar contra sus propios gritos de dolor para no callar lo que tiene que decir. Quiere que todo el mundo lo escuche pero sólo puedo hacerlo yo.


jueves, 25 de febrero de 2016

Expresiones

El olor a canela le recordaba inevitablemente a las tardes de domingo, cuando su madre preparaba té en esa gran tetera de metal que tanto se parecía a una catedral. Estaba en una cafetería, estaba solo, no quería la compañía de nadie y el dulzor impregnaba el ambiente. Prefería recordar aquellas tardes antes que pensar en lo que le preocupaba. Aunque por más que lo intentara, su cabeza volvía a esa preocupación, su pensamiento no le dejaba descansar. No hasta que solucionase el problema. En más de una ocasión esa tarde se le había cruzado el pensamiento por la cabeza, en más de una ocasión había sentido el "esto ya lo he vivido". Y es que ya lo había vivido, estaba volviendo a experimentar el pasado. Intentaba evitarlo, desde luego que puso todos los medios posibles para que no ocurriese porque nadie quiere volver a vivir algo que ya ha vivido y que no ha sido para nada positivo. Ocurriría, estaba destinado a ocurrir, quería evitar el destino, pero estaba condenado a vivir el amor como una repetición. No sabía sentirlo de otra manera. Los mismos nerviosismos, las mismas miradas, las mimas risas nerviosas. No sabía si se podía experimentar el mismo sentimiento con diferentes personas. Aunque, a decir verdad, éste era un sentimiento más calmado, agazapado bajo una coraza demasiado gruesa. Esto ya lo había vivido y lo seguiría viviendo, porque le parecía imposible no enamorarse. Era inevitable.
El café hirvió en su máquina y ésta exhaló un vapor por arriba, parecía enfadada: estaba cansada de producir tanto café. Parecía que pidiera vacaciones. La pequeña campana de la puerta tintineó, dejando pasar más personas en la cafetería, que se llenaba inevitablemente.
Escribir le tranquilizaba aunque no se encontraba en su mejor época creativa. Se dedicaba a escribir palabras sin sentido, sin conexión entre ellas, sin llegar a establecer una conexión sintáctica, lo hacía con la idea de buscar una especie de nirvana que rara vez llegará. Disfrutaba diseccionándolas para así conocer su formación. Le gustaba saber que irrealizables venía de real, que daba el verbo realizar y, luego, parasintéticamente, formaba la palabra irrealizables. Era algo que le apasionaba y que le acompañará toda su vida. Era bastante sencillo el problema que le atormentaba: debía elegir. Siempre se había caracterizado por ser muy consciente de sus limitaciones y por tener un criterio impecable. Pero ahora se encontraba en el desacuerdo de no saber elegir. Uno podía darle la seguridad y el cariño que tanto ansiaba y que no había encontrado nunca en su vida; y el otro esa lujuria conocida. Algo que ya conocía y que tantas veces había repetido. Era inevitable repetir.

lunes, 8 de febrero de 2016

El Príncipe de la Sal

»Hace muchísimos años un antiguo fantasma profetizó el fin del mundo. Se presentó ante la corte del Rey de la Sal, y le dijo que el séptimo hijo del séptimo hijo sería el que acabaría con todo. El fantasma sentía una terrible inquina hacia el Rey de la Sal, un déspota monarca que había causado muchísimas muertes y sufrimientos por su sed de poder. Cuando el anterior rey, padre del Rey de la Sal, murió, repartió sus tierras entre sus seis hijos y su única hija. Su hijo mayor enfureció "¿Por qué tengo que compartir mi reino con los demás?", dijo colérico: "La ley me da el derecho de poseer todo lo que mi padre poseía". Pero el antiguo rey había cambiado la ley visigoda. Dividió su reino en siete; creando así siete reinos en los que cada uno de sus hijos reinaría y en el que el hijo mayor se encargaría del reino de su hermana hasta que ella encontrase a un hombre con el que desposarse. Pero el hijo mayor no era el único que estaba descontento; Gabriel, el hijo pequeño, el Rey de la Sal, tampoco estaba contento con la división de los reinos. El suyo era el más pequeño: un castillo vetusto, en mitad de una tierra baldía llena de rocas de sal. Esta desconformidad lo llevó a aliarse con su hermana Urraca, que tampoco estaba conforme con que su hermano mayor, Enmanuel, se ocupase de su reino hasta que le buscasen un marido: esta alianza resultó ser maldita, Gabriel convenció a Urraca para que, en una de sus múltiples cenas en la corte de su hermano Enmanuel, vertiera una ponzoña en su bebida. Y así lo hizo. Una vez que Enmanuel sucumbió al veneno ponzoñoso, el siguiente en la línea sucesoria era Miguel. De nuevo la alianza entre hermanos acabó en fratricidio. Así, poco a poco, todos los hijos del rey antiguo fueron muriendo a manos de sus hermanos. Finalmente sólo Gabriel y Urraca eran los únicos supervivientes del linaje real. De nuevo, Urraca, al ser mujer no podía disponer por completo de su reino, por lo que todo quedó en manos de Gabriel, que para asegurarse de que ésta no le traicionara, la encerró en lo más alto de la más alta torre de su reino; proclamándose así único rey ilegítimo del antiguo reino de su padre. Pero, a modo simbólico, se instaló en aquella tierra yerma, aquel lugar en el que instaló su reino de séptimo hijo por primera vez.
Muchos años después, cuando ya era soberano total del reino, una noche, cuando celebraban el nacimiento de su primer nieto, el fantasma del pasado se presentó. Le advirtió, no sin recordarle todo el dolor que había causado, las muertes que las guerras con sus hermanos por el demonio de los reinos, su avaricia y sus ansias de poder se habían cobrado. Le dijo "El séptimo hijo del séptimo hijo será el que cause el fin del mundo. Tú no estarás aquí para verlo, pero sabrás que fuiste el causante de que el mundo se acabe. Cuando el séptimo del séptimo culmine su primera relación sexual, es entonces cuando el mundo acabará". Y debemos de estar agradecidos, porque la familia real te ha elegido a ti para que seas la mujer que, junto al Príncipe de la Sal, acabe con el mundo.
-Pero madre, eso no es lo que le he preguntado.
-Lo sé cariño, pero es la historia donde están todas tus respuestas. Sólo tienes que escuchar bien.
-Esa historia ya la sé- dijo Penélope brusca. -Le he preguntado que por qué tiene que acabar el mundo. Simplemente no lo entiendo. ¿Por qué tiene que acabar el mundo consumando una relación? No se consuma y no pasa nada.
Su madre la miró de soslayo, manteniendo la mirada mientras le anudaba un cinturón a su fina cintura aún de niña. -Que nadie te escuche decir esas barbaridades fuera de las cuatro paredes de esta casa, ¿me has oído?
Penélope no contestó, se limitó a mirar con el cejo fruncido al suelo, cavilando sobre lo que estaba por venir. Se sentía inquieta, y cuanto más tiempo pasaba, más se sentía así. Tampoco podía entender cómo su madre no estaba igual de preocupada que ella.
-Los sabios dicen que el mundo ya es lo suficientemente viejo como para que acabe. Estamos ante un mar de lágrimas, cariño, estoy segura de que lo que hay después de que el mundo acabe es mejor que lo que hay aquí. Una vez que acabe el mundo no habrá hambre, no habrá guerras ni enfermedades, los hombres no morirán de forma sanguinaria, ni habrá pobreza.
-Claro que no habrá nada de esas cosas porque no habrá mundo para que pase-, musitó Penélope y añadió rápidamente - si no hay mundo, no hay nada.
-Te equivocas cariño- rebatió con cariño su madre.- Cuando el mundo acabe empezará el Mundo del Mañana.
Penélope calló al fin, meditabunda, sabía que su madre no entendía su punto de vista. No compartían el mismo ideal de vida. En sus 15 años Penélope no había hecho nada especial en su corta vida. Habí servido tanto a su padre como a su madre, había ayudado en las tareas del hogar; sabía barrer, fregar, cocinar, coser y, además, sabía cantar. Quería mucho a su familia, pero tenía especial predilección por su abuela Nana, la madre de su madre. Recuerda que cuando los pajes reales llegaron a casa para comunicarle que había sido aceptada como la futura relación del príncipe, su abuela se había emocionado más que nadie. Ella sin embargo no. Ni siquiera sabía que sus padres la había apuntado para esa misión. Aunque no era de bien quejarse, debía asentir y cumplir con lo que se esperaba de ella.

Seguía sin encontrarle sentido. Aunque allá a lo lejos veía como las tropas del príncipe se acercaban, con él montado en un caballo del color de la puesta de sol. Penélope esperaba su destino bajo la sombra de un árbol con las ramas más frondosas que ella había visto jamás, el prado era verde y el sonido del aguar corriendo a toda prisa por el arroyo armonizaba ese marco de manera delicada.
Penélope no quería que el mundo acabase. No le importaba que las guerras acabasen con miles de vidas, que el hambre y las enfermedades hicieran lo mismo. Ella quería vivir. Ella quería vivir en ese mundo, que era el único que conocía. No sabía dónde se encontraba ese Mundo del Mañana. Ella quería quedarse allí: en esa tierra que conocía, con ese sol que hacía germinar al trigo, con el agua que saciaba cuando más sedienta se encontraba. No era un mundo perfecto, pero su imperfección la completaba.
Finalmente el príncipe llegó ante ella. Desmontó de su grupa con ayuda de sus guardas. Penélope miró que uno de los guardias portaba el blasón real en un gran estandarte y, por primera vez, en sus 15 años, pudo ves el dibujo en todo su esplendor. Era una rosa. Una rosa de siete pétalos enredada en una enredadera llena de espinas. El príncipe comenzó a caminar hacia ella, ella hizo ademán de levantarse, pero esté le indicó que no, que permaneciese en su sitio. El Príncipe de la Sal no era ni mucho menos como ella se lo había imaginado: parecía un niño. Apenas alcanzaría las 2 varas de alto. No parecía muy fuerte, aunque no estaba segura, las vestimentas que llevaba eran abundantes; un calzón beige, un cinto, una camisa, un chaleco, el chaleco real, una capa, collares, anillos, un gorro, una espada, unas babuchas...
-Bella dama- dijo el príncipe cuando finalmente llegó a su lado, - me complace comprobar que vuestra belleza, no solo es digna a lo que me había contado, sino que supera a mis expectativas. Mi nombre es Clótudos, encantado.
El Príncipe de la Sal hizo una leve genuflexión, agarró con delicadeza la mano de Penélope y la besó en un gesto de galantería.
Clótudos se sentó muy cerca de Penélope, ésta intentó moverse, pero el vestido era demasiado aparatoso como para que se pudiera mover con libertad. Los guardias del príncipe les observaban desde una distancia prudencial. Por lo menos había veinte hombres, todos con espadas, por si había algún problema ayudasen al príncipe.
Ambos jóvenes permanecieron callaron, era la primera vez que tenía que interactuar con una persona distinta a su medio. Penélope no había salido del pequeño círculo de viviendas que habían confinado su estancia en el reino. Alguna que otra vez había salido con su padre al bosque. Y su único interacción con el género masculino habían sido un par de sonrisas forzadas a los hombres vecinos.
-Tienes unos ojos muy bonitos. Si no existiese el sol, tus ojos podrían perfectamente iluminar el día con la luz de tu mirada. Tus mejillas son dos granas que adornan tu rostro de marfil. Tus dientes son dos perlas que revalorizan tu presencia. Tus cabellos son como mil hebras del color del ore, que usaría para tejer el más bello de los tapices-. Clótudos seguía recitando, poéticamente, lo mejor que le habían enseñado, las cualidades de Penélope que consideraba acertadas de ser resaltadas. Lo hacía como un resorte, instintivamente, sin pararse a pensar que el cabello de Penélope no era de color de oro, ni mucho menos se le parecía. Que sus ojos no podían iluminar nada, ya que se encontraban tristes, cansados, preocupados y no paraban de pensar en mil cosas a la vez. Penélope no entendía lo que estaba haciendo Clótudos y a veces ni siquiera lo entendía. Utilizaba un registro demasiado formal, Ella no podía decirle nada sobre su físico. Le parecía un chico bastante normal, con el pelo pegado en la cara, las cejas espesas y los labios finos. Lo único que le parecía llamativo era su larga y fina nariz, pensaba que le daba un toque distinguido.
-¿No dice nada, bella dama?- comentó Clótudos en un suspiro.
Penélope se encogió de hombros -No sé lo que debería decir... Su majestad- puntualizó rápidamente -No sé si debo sentirme halagada por todo lo que me está diciendo o no-.
-Claro que deberías- añadió rápidamente -Y por favor, llámeme Clótudos.
-No puedo, mi educación me dice que debo dirigirme a usted de esta forma. Es el príncipe del reino
-Tonterías, la dama a la que amo puede permitirse el lujo de perder las formalidades para conversar conmigo.
-No creo que esté seguro de eso- delicadamente, Penélope se opuso a tal radical declaración que el príncipe acababa de hacer. -No creo que pueda estar enamorado de mí porque es la primera vez que mi señor y yo nos vemos en persona.
-No digas tonterías, Penélope-