El sol me da de pleno en la cara. Abro los ojos con mucho esfuerzo y un ramalazo de dolor me recorre el cuerpo. Desde de la cabeza hasta los pies. Intento moverme pero me va a estallar la sien. Empiezo a mirar a mi alrededor y me sorprendo, me encuentro tendido en lo que parece una enorme jaula. Con suelo de madera y gruesos barrotes de hierro negro, pero hay algo sorprendente, no tiene techo. Desde mi posición puedo ver un deslumbrante cielo azul con un enorme sol en el centro. Intento recordar cómo he llegado allí pero mi mente está en blanco. Consigo mover mi mano derecha y mil punzadas me recorren el cuerpo. Noto mi piel caliente, cansada y reseca. Tengo sed. Trago saliva y noto un horrible dolor en la garganta, de momento decido no volver a hacerlo. Tengo mucha sed. Por fin el dolor remite y consigo incorporarme. Mis articulaciones se mueven despacio y me resuenan los huesos. Consigo ponerme de pie y me aferro a un barrote de hierro de mi celda. Está frío y el tacto es agradable contra la piel. Agacho la cabeza y apoyo la frente contra el hierro. Tengo el pelo pegado a la frente por el sudor. Me rasco la cara y noto que apenas tengo barba, estoy afeitado. No puedo haber pasado mucho tiempo ahí tirado. Por fin presto atención al exterior, un sin fin de canciones de un montón de diferentes pájaros. Vi, que me encontraba en mitad de un pequeño bosque de bambú. Los altos palos verdes, de los bambús, parecían que iban a tocar el cielo. La jaula estaba en mitad de un claro, no sabía cuánto medía, pero era grande, muy grande. Intento buscar una salida o una puerta y no da resultado. Desisto y me dejo caer en el suelo. La madera es dura y está caliente por pasar todo el día al sol. Intento recordar algo, lo que sea, que me ayude a buscarle un significado a todo esto, pero lo único que consigo es ponerme más nervioso.
De repente un recuerdo salido de lo más profundo de mi memoria viene a la mente.
Estoy sentado en un sillón, en un pequeño apartamento. Me veo las manos y los pies. Las paredes son blancas, al igual que el sofá. Ella está sentada leyendo un pequeño libro. Lleva una falda de color rojo por las rodillas y una camiseta blanca con lunares del mismo color. Lleva los labios pintados de rojo que contrastan una barbaridad con el azul de sus ojos. La brisa que entra por la ventana juega con sus cabellos rubios. Ella sonríe y con la mano se los recoge detrás de una oreja. Me dice algo, pero yo sólo puedo oír un ruido blanco.
Vuelvo en mí, sigo en mitad del bosque de bambú pero misteriosamente los barrotes de hierro que cerraban mi prisión han desaparecido. Vuelvo a recordar la sonrisa de la chica rubia, con sus blancos dientes y sus labios color carmesí. Arrugo en ceño. Tengo una vaga sensación sobre la chica que no me ha dejado tranquilo. Me levanto del suelo de madera y pongo un pie fuera. Me doy cuenta de que voy descalzo. Visto unos vaqueros gastados y una camisa color caqui. Supongo que no tendré muy buen aspecto, seguro que mi cara está demacrada a más no poder... pero. ¿Recuerdo mi cara? Me tiro largo rato pensándolo pero algo, un tacto fresco, me saca de mis pensamientos. Está lloviendo. Unas pequeñas gotas de agua chocan contra mi piel. Es agradable, es muy agradable. Cierro los ojos y me dejo mojar. Para. La lluvia le ha venido bien a mi cansada piel. Comienzo a andar y de repente la tierra del suelo se convierte en arena, arena de una enorme playa. Dejo atrás el bosque de bambú y me introduzco en una playa paradisíaca. Es inmensa, hay kilómetros de arena antes de llegar al mar de color azul. Pero a lo lejos diviso una figura. Hay alguien sentado en la arena. Me doy prisa pero aunque corra noto que avanzo lo mismo que caminando. Algo curioso de esta arena es que no quema. Por fin, tras una larga caminata puedo ver la figura con más claridad. Es una chica, una chica rubia. Está sentada en la arena leyendo un pequeño libro. La brisa juega con sus cabellos rubios y ella se lo coloca tras la oreja con una sonrisa. Me acerco para verla mejor. Me pongo frente suya. Es ella, la misma chica del recuerdo de antes.
-Elizabeth- digo en un susurro. El nombre me raja la garganta como un puñal. Hago una mueca de dolor.
Ella sigue leyendo su pequeño libro. Me quedo un largo rato mirándola. Sigue leyendo, la brisa juega con su cabello y ella se lo coloca tras la oreja con una sonrisa. Me dice algo y de nuevo ese ruido blanco. Me quedo embelesado mirándola. La conozco, sé que la conozco... pero no puedo recordar.
Sigue leyendo el pequeño libro, la brisa juega con sus cabellos rubios, ella se lo coloca detrás de la oreja con una sonrisa. Me dice algo y de nuevo ese ruido blanco. No hace otra cosa. Es un bucle.
De repente tengo la necesidad de cavar en la arena, un impulso me recorre el cuerpo. Cerca de ella me clavo en la arena, la fina arena recorre mis manos y comienzo a cavar con rapidez. No tardo en encontrar lo que buscaba. Una cara, una cara de un hombre. De tez blanca, nariz larga y labios finos. Cejas finas y una cabellera de color rubio ceniza. Me quedo largo rato mirando a esa cara, me resulta familiar. Por fin la chica se levanta, cierra el libro y se acerca a mí. Lleva su falda roja, su camiseta blanca con lunares y sus labios rojos.
-¿Qué vamos a hacer, Eugene?-