sábado, 11 de febrero de 2012

Innocence

Las olas rompían embravecidas contra la orilla de la playa. El sol estaba parcialmente oculto y parecía un ojo muy amarillo que miraba a través del mar. Había cierta humedad en el aire, un tipo estaba sentado en la arena, contemplando plácidamente la puesta de sol. El viento peinaba sus cabellos castaños enmarañados y jugaba con su piel. Tenía sujetos en sus manos sus zapatos rojos, sus zapatos rojos favoritos. Noto un estimulante frescor en la cara, ya que al chocar las olas con la arena éstas soltaban agua que ascendía con la fuerza del viento y chocaba en la cara. Parpadeó con sus grandes pestañas y escudriñó el cielo. Parpadeó sus ojo verdes e hizo un respingo con la nariz. Escuchó los pasos en la arena, era ella.
-Estaba en mi habitación- comentó sentándose a su lado.
Cabellos rubios por los hombros, sonrisa blanca, piel fina y labios rojos. Escondía sus ojos tras unas grandes gafas negras. Se había doblado su falda oscura para sentarse de culo en la arena.
-Tenías razón- le dijo mirándole embelesada - estaba debajo de mi almohada-
Él sonrió sin mirarla y siguió contemplando como el gran astro se iba poco a poco a dormir.
-Me ha recordado a cuando era pequeña y se me caía un diente- pensó en voz alta - Cuando eres pequeño y se te cae un diente, esa misma noche lo colocas debajo de la almohada y al despertarte - sonrió divertida y él la miró extrañado - al despertarte miras debajo y hay un montón de monedas. Normalmente no es gran cosa pero...-
Ella calló y el siguió contemplando el horizonte. Giró la cabeza para mirarla y le pasó suavemente un dedo por la mejilla.
-Recuerdo una vez que cuando era pequeña... Además lo recuerdo con total claridad porque fue cuando se murió mi abuela, que se me cayó un diente y al despertarme por la mañana, tenía una gominola en forma de manzana debajo del colchón- comentó con una amplía sonrisa.
-No sentí pena ¿sabes? - levantó la cabeza para mirarle - Cuando se murió mi abuela no lloré y no recuerdo haberme sentido mal al respecto. Fue como otro día cualquiera. Pero recuerdo que mi hermana y yo nos levantamos temprano y que vimos salir el sol. Recuerdo el cantar de los pájaros, nunca había escuchado a tantos cantar a la vez y recuerdo como el aire tenía un olor distinto y que la tierra olía más a tierra de lo normal. Recuerdo con especial ilusión el desayuno que tomamos. Tostadas con mantequilla. ¡Las mejores tostadas con mantequilla que he probado en mi vida! Recuerdo que luego, mi madre nos llevó a dar una vuelta en coche. A ningún lugar en especial, solo recuerdo el ruido del motor y los asientos de aquel viejo coche.-
-Entonces sí que fue un día especial- comentó él. Tenía una voz ronca, una voz apagada -No puedes sentir pena porque te has aferrado a cada detalle de ese día. Cada momento, incluso me atrevería decirte que hasta puedes distinguir las distintas texturas. Incluso puedes sentir los olores. Lo sé yo y lo sabes tú-
Ella asintió frunciendo el ceño.
-Al igual...- volvió a hablar él - al igual que te acordarás del día de hoy-
Volvió a reinar el silencio y sólo se escuchaba el sonido de las olas golpear con fuerza la arena.
-No sé cómo te gusta tanto este sitio. Es como otro cualquiera, además hay sitios mucho más bonitos aquí- La chica comenzó a cavar un pequeño agujero a su izquierda.
-Hoy Señor Bigotes ha hecho una cosa muy graciosa- volvía a hablar ella- le he dado de comer su lata de comida para gatos y me ha mirado extrañado. Como diciendo "Estoy harto de comer siempre lo mismo. ¡Quiero innovar!" Y me ha hecho mucha gracia porque le he comprendido. Debe ser muy aburrido comer siempre la misma comida para gatos. He pensado por un momento bajar al Súper para comprarle otra marca, pero estaríamos en las mismas, seguiría siendo comida de gato.
Creo que voy a comprarme otro gato, pero esta vez será gata. Ya que creo que al Señor Bigotes no le van las relaciones homosexuales con otros gatos, aunque no me importaría que tuviera una pareja gato y que ambos adoptasen en un futuro a unos gatitos para criarlos como hijos suyos. Pienso que sería encantador. Pero ahora quiero una gata hembra para ponerle de nombre Olivia.
-¿Olivia?- sus grandes ojos verdes no quitaban la vista de ella
-Sí- contestó con una sonrisa de lado
-Hazlo ya- sus grandes y huesudas manos viajaron desde la arena a su camisa de color azul palo y la empezaron a desabotonar. Uno a uno, los botos iban deslizándose dejando al final un tórax blanco, sin músculos marcados y con poco vello. Pero había algo inusual en aquel tórax. Unas marcas, unas marcas rojas en la parte de los pectorales y un pequeño orificio en el lado izquierdo.
La chica se levantó y sacó del bosillo de su chaqueta vaquera una pequeña llave dorada.
-¿Sabes que te quiero, verdad?- le confirmó ella en forma de pregunta retórica
-Es difícil querer a alguien que no existió- le contestó con una cruda sonrisa
La chica introdujo la llave en la cerradura del pectoral izquierdo. Se oyó un click y unas puertas biomecánicas se abrieron en el pecho de él. Dejando al descubierto un corazón. El corazón era de color morado y no más grande que una patata. Ella alargó sus finos dedos y lo acarició. Notó cierto brillo en los ojos verdes de él. Agarró bien fuerte el corazón y tiró con todas su fuerzas.
El chico dio un pequeño brinco y se quedó quieto. Parado. Acabado. Inexistente.
La chica caminó con mucho cuidado con un corazón morado en la mano que no palpitaba. Metió sus pies en el agua, la ola le llegaba a las rodillas y comenzaba a mojar su falda. Metió las manos en el agua y ahogó el corazón.

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