sábado, 28 de julio de 2012

El juego del Laberinto

Faltan 15 minutos para la media noche y ya estamos preparados. Vestimos con ropa de guerra tal y como hemos sido entrenados.
-¿Estamos todos?- pregunta el Alpha con voz alta.
Todos asentimos. No debemos hablar si no se nos pregunta.
Estamos todos: Ameo, Anís, Clavo, Jengibre y yo. Cúrcuma.
Empezamos a sacar el armamento de nuestras mochilas. Anís, la única chica, ya ha montado su arma. Una pistola de color plateada un poco más grande que la mía. Jengibre, el de pelo rojo, ha sido el segundo en montar su Ruger's 30.
 Ya tenemos todos las armas montadas. Yo tengo un pequeño revolver de color negro en las manos. Lo noto raro y estoy nervioso.
La luna ilumina todo el claro, pero no hay más luces. Un inmenso laberinto de matorrales se extiende ante nosotros.
-No tengo que repetir las instrucciones- dice Alpha en voz alta - Todos sabéis lo que debéis hacer.-
Todos asentimos. Alpha apunta con una pistola de bengalas hacia el cielo. Son las 12. Dispara.
Una mecha de color asciende hacia el cielo e ilumina todo el claro. Veo la entrada del laberinto. Un montón de matas de color verde intenso. Medio segundo después otra bengala sube hacia el cielo miles de kilómetros más allá. El otro equipo también está preparado. Ahora me pregunto cómo de grande y cuántos metros medirá el laberinto.
Tres, dos, uno. ¡Entramos!

Escucho en sonido de mis pisadas en la tierra. Me agacho y me escondo en un matorral muy grande. Las ramas me molestan y arañan la cara. Agarro mi revolver con miedo y desesperación. Hay alguien aquí.

Hemos sido entrenados para ganar esta partida del laberinto. El equipo de Beta ha sido entrenado igual que nosotros. Tenemos que ser rápidos, certeros y no tener miedo. El primer equipo que llegue al centro del laberinto y toca la luz blanca gana. todo está permitido. Lo único que tienes que tener en mente es correr y encontrar la luz blanca antes de que te maten. O esperar a que alguien de tu equipo la toque y termine todo y con suerte aún estés vivo.

Me quedo en silencio y presto atención a todo. Hay alguien acercándose. Puede que sea alguien de mi equipo, pero no tengo esa suerte. Sus pisadas cada vez están más cerca. Noto como el corazón se me acelera. Intento levantarme para poder ver algo, pero no puedo, tengo una idea. Me quito la mochila verde de la espalda y la lanzo delante mía. Al instante el sonido de una bala rompe el silencio y mi mochila es agujereada sin miramientos. Por fin reúno fuerzas y me levanto. No veo a nadie. Comienzo a correr. No tengo ningún destino específico, simplemente quiero salir de ahí. Sigo el sendero del laberinto. La luz de la luna me va iluminando el camino. Giro a la izquierda, a la derecha, de nuevo a la derecha y por último a la izquierda. Llevo mi revolver apuntando al frente, justo como nos han enseñado. Por fin salgo a un claro. Los matorrales del laberinto se posicionan formando un círculo. ¿He llegado a la luz blanca?
-¡Subes las manos!- grita alguien que no consigo ver.
Obedezco.
-Tira la pistola al suelo- dice y miro alrededor mía. Miro detrás de mí, pero no hay nadie -¡Venga, tírala!-
Obedezco.
Dejo caer mi arma al suelo. Acabo de firmar mi sentencia de muerte.
La persona que me tiene acorralado sale detrás de un arbusto. Es un chico. Le miro y no le conozco. Es del Beta. Me apunta con su arma a la cabeza. Voy a morir.
De repente unos pasos rápidos rompen la tensión y Anís aparece corriendo. Su pelo rubio es un simple borrón a la luz de la luna. Se pone detrás del chico que me está apuntando y dispara. La bala se le clava en la espina dorsal y cae al suelo.
Todo pasa muy rápido. Alguien sale detrás mía. La persona que me estaba siguiendo. Es un chico rubio, con los labios finos y los ojos marrones. Apunta con sus pistola. Me giro absorto de cualquier pensamiento racional. Veo que va a apretar el gatillo y caigo al suelo. Se escucha un disparo y Anís cae al suelo muerta. Aterrado busco a tientas la pistola en el suelo. Me cuesta tragar saliva y tengo un enorme nudo en la garganta. Por fin encuentro la pistola, me doy la vuelta sobre mí mismo en el suelo y apunto. Pero el chico rubio no está. Me levanto de un salto y le busco con la mirada. No esta. ¿Por qué no me ha matado?
Por fin lo veo corriendo más adelante. ¿Por qué corre? ¿Por qué no acaba conmigo? ¿Es que acaso...?
Entre los arbusto se divisa una luz blanca. ¡La luz! Echo a correr yo también. Le sigo, pero el corre más que yo. Intento apuntar con la pistola pero se mueve demasiado rápido. Disparo y erro el tiro. Vuelvo a apretar el gatillo y la bala le roza el hombro. Se gira para tocárselo pero sin parar de correr. Dispara.
Sigo corriendo. ¿Me ha dado? Vuelvo a subir el arma y disparo.
El chico rubio cae al suelo. Le he dado en la cabeza, justo en la nuca. Me obligo a contemplar el cuerpo. Es la primera persona que mato. Me siento raro. No me siento como creí que me sentiría. Me pregunto si Anís se sintió igual. ¿Habría matado ella a más personas?

No me he dado cuenta pero... ¡he llegado a la luz blanca! ¿Tanto he corrido? ¿Cuánto tiempo ha pasado?
Es una luz hermosa e infinita. Es pequeña y está posada sobre un pequeño pedestal de piedra. Ando despacio atento a cada movimiento. Oigo voces y me tiro al suelo. Me arrastro por el suelo raspándome los codos. Son dos voces masculinas, dos voces adultas. Alpha y Beta.
-Dijimos que ganaría yo- dice Beta. Es parecido a Alpha pero con barba y el pelo un poco más de punta.
-Sí. Ganarías tú y yo me quedaría con los supervivientes de ambos equipos y montaría un equipo ganador- comenta Alpha -Pero no hay nadie. ¡No han sobrevivido!- alza la voz
¿Qué? ¿Qué está pasando? me muevo inquieto en mi escondrijo. No me siento bien. Tengo una punzada en el estómago. ¿Todos muertos? Pero quedo yo, yo no estoy muerto. ¿O lo estoy?
Me levanto en un impulso y salgo corriendo hacia la luz. No llevo la mitad del camino cuando escucho un disparo y la pantorrilla derecha me arde.
Curiosa sensación la de un balazo.
Una fuerza increíblemente intensa que se mueve con mucha rapidez a través de tu carne. Y va quemando.
Caigo al suelo dolorido.
-Mira, ahí tienes a tu campeón- dice Beta con sorna
-¿Es mío?- pregunta Alpha
Yo me río para adentro. No sabe quien soy.
-Podemos echarlo a suertes- comenta Alpha - quien gane toca la luz y asciende, y quien pierda se queda con el chaval- dice señalándome.
Pero no estoy dispuesto a nada de eso. Comienzo a arrastrarme por el suelo. No puedo mover la pierna derecha. Creo que estoy perdiendo demasiada sangre.
-¡Ey, mira! ¡Es duro de roer!- dice Beta -puedes empezar a formar un nuevo equipo con él-
-Ni lo sueñes- le replica Alpha -Voy a ganar yo- Saca su pistola y me dispara.
Creo que estoy muerto porque el dolor que siento no lo había experimentado en mi vida. Me ha dado en el costado derecho. Por la espalda. No me habrá alcanzado el pulmón porque si no estaría ahogándome en mi propia sangre.

Alpha y Beta se enzarzan en una conversación con mucha camaradería sobre quién debería tocar la luz y por qué. Nos han utilizado a todos. No reparan en mí porque creen que estoy muerto. Respiro muy despacio para no hacerles pensar lo contrarío. Me voy arrastrando poco a poco. Tengo suerte, siguen discutiendo y no se dan cuenta de que estoy a 10 metros. 5 metros. 1 metro. Un paso más. La luz es tan brillante que casi me ciega. Estiro la mano en intento de tocarla. Me acerco más y la cojo con ambas manos. Todo se vuelve negro. Se ha acabado.

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