Calor. Me acabo de dar cuenta de que existo. Algo dentro de mí me impulsa a moverme, a danzar. A ondularme, a doblarme, a levantarme y a crecer. Sigo creciendo, me noto fuerte y poderoso. Creo que puedo dividirme, es más, voy a hacerlo. Me divido, me vuelvo a dividir. Mi núcleo ardiente se ha separado cuatro veces. Mi calor aumenta, me siento radiante.
Tengo hambre, necesito comer algo. ¿Qué habrá a mi alrededor? Tengo que avanzar, moverme en alguna dirección. Ahora que soy cuatro a la vez presto atención a mi alrededor y noto que el viento sopla hacia la derecha, me dejo arrastra, me dejo mecer. Me mueve, me estoy moviendo. Noto como la pequeña hierba reseca que hay bajo de mí se consume en un suspiro y queda hecha prácticamente briznas bajo mi núcleo ardiente.
He llegado a un madero, es algo seco pero creo que está rico. He decidido volver a dividirme, me veo con fuerzas suficientes para hacerlo. Duplico mi núcleo y ahora soy el doble de numeroso y prácticamente el triple de alto. Me he comido el madero, estaba rico. Ahora quiero algo más vivo, algo que esté conectado a la tierra.
He podido hacer un cerco, mi llama es tan potente, tan roja, tan caliente que lo estoy arrasando todo a mi paso. Encuentro un pequeño Olivo que aún no ha crecido. Es mi nueva víctima. Me encanta notar como mis lenguas de fuego se comen sus verdes hojas y las dejan hechas nada.
He perdido la cuenta de cuántas veces he dividido mi núcleo. Creo que puedo llegar a medir más de 20 metros, me acabo de comer una ardilla. Ha gritado, ha pataleado y yo la he quemado. Sus pequeños pelos han tardado milésimas de segundo en quemarse, su carne se ha tostado y ha comenzado a sangrar. Es algo que la gente desconoce del todo. Pero el fuego va devorando capa a capa. Hasta calcinar los huesos.
Me siento increíblemente poderoso y creo que no tengo control sobre mí mismo. Mido metros de alto y kilómetros de largo, a lo lejos veo una pequeña casa de campo. Creo que me dirigiré hacia allí, quiero ver eso a lo que llaman humano.
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