lunes, 16 de abril de 2012

Caperucita Roja y El Lobo Feroz

Caperucita se había parado en un claro del verde bosque, estaba agachada, junto a un pequeño estanque donde lavaba las manos manchadas de sangres. Se desabrochó la capa y la dejó junto con la cesta de mimbre. Metió la cara en el estanque y se enjuago fervientemente. De unos matorrales cercanos se acercó un pequeño conejo blanco a beber agua al estanque. Caperucita roja lo miró con una sonrisa inocente y se acercó poco a poco con la mano extendida. El conejo primero se asustó y retrocedió unos pasos, pero se quedó mirando a Caperucita con sus ojos oscuros. Ella insistió y cada vez se acercaba más hasta que consiguió tocar su cabeza. El conejo se quedó inmóvil, esperando el siguiente paso de Caperucita. Ésta acarició la pequeña cabeza y le sonrió. El conejo se dejó acariciar nuevamente y acabó en el regazo de Caperucita.
-Hola pequeñín- le dijo Caperucita sonriente- ¿Estabas bebiendo agua?-
El conejo le miró extraño y comenzó a olerle la ropa.
-Huele a hombre malo- comentó ésta con un hilo de voz. Caperucita comenzó a abrazar al conejo fuertemente, éste se puso nervioso y intentó huir de sus brazos pero fue inútil. Caperucita llevó sus pequeñas manos al cuello del conejo y con un rápido movimiento... se oyó un sonido sordo, como el que hace una rama de un árbol al romperse. La cabeza del conejo quedó doblada hacia atrás. Caperucita cogió el cuerpo inerte del conejo y lo guardó en su cesta.

Un lobo grande y robusto de color gris caminaba apresuradamente entre la maleza del bosque. Llevaba una presa en la boca, un pequeño ciervo que parecía aún más pequeño entre las mandíbulas del lobo. Llegó a su destino. Antes de entrar en una pequeña cueva de rocas marrones pintadas de musgo verde, oteó el horizonte y comprobó que no había ninguna amenaza cerca.

Caperucita llegó a ese claro del bosque, iba tarareando una cancioncilla sin ningún ritmo conocido. Tenía una sonrisa dibujada en la cara y los ojos muy abiertos y muy brillantes. Cualquiera diría que era una auténtica psicópata que estaba en esa parte del bosque para matar al lobo. Dejó su cesta al pie de un árbol. Abrió la tapa, sacó el gran y afilado cuchillo y el cadáver del conejo. Se acercó a la entrada de la cueva y le clavó el cuchillo al conejo. Toda la sangre cayó sobre el suelo de piedra. Caperucita esperó, con el cuchillo en una mano y el cadáver en otra. Pasaron unos segundos y luego unos minutos. Pero no pasó nada ya se había dado por vencida cuando una sombra salió disparada de la cueva como un rayo y se abalanzó sobre Caperucita. Era el Lobo.
Los dientes afiladísimos del lobo intentaron aferrarse a su garganta, pero esta rodó por el suelo para quitarse de encima al lobo. Se miró el codo izquierdo y se lo había despellejado. La piedra era dura y la hierba que cubría el duro suelo raspaba. Pero no le importaba, el brazo derecho lo tenía en perfecto estado. Caperucita adoptó una pose amenazante apuntando con al punta del cuchillo al lobo, éste rugió y le enseñó todos su dientes. Volvió a atacar, se abalanzó sobre Caperucita, pero está fue lo bastante rápida como para apartarse de su camino. Ahora te tocaba a ella. Salió corriendo detrás del lobo y le agarró del rabo. Éste se volvió furioso e intentó morderle la mano, pero Caperucita quitó la mano a tiempo y el lobo se mordió al cola. Instintivamente soltó un quejido lastimero pero Caperucita aprovechó la oportunidad y le clavó el cuchillo en la parte trasera del omóplato derecho. El Lobo volvió a gruñir. Caperucita sacó rápidamente el cuchillo y estaba manchado de un color rojo oscuro, casi carmesí. Pero al lobo no le importó, estaba decidido a despellejar la piel de sus huesos. Esta vez se abalanzó sin que Caperucita pudiera hacer nada y le dio un fuerte mordisco en la pierna derecha. Caperucita cayó al suelo y el lobo aún seguía con la pierna entre sus mandíbulas. La sangre salía a borbotones y Caperucita se permitió el lujo de gritar. De gritar de auténtico dolor.
-¡Maldito chucho de mierda!- gritó mientras que con la pierna izquierda le pegaba patadas en la cabeza al lobo -¡Suéltame! ¡Tengo que ir a casa de mi abuela!-
El cuchillo de Caperucita estaba a un par de centímetros de ella, ya que al caerse se le había escapado de entre las manos. En un desesperado intento estiró las manos por la hierba para cogerlo, pero el lobo seguía mordiendo con fuerza, por un momento pensó que le iba a partir la pierna. Pero cuando ya empezaba a rasgar toda la piel y a llenarlo todo de sangre, sus dedos de la mano derecha tocaron el cuchillo. Lo agarró con decisión, lo colocó entre sus dedos y con un rápido movimiento se lo calvó en un ojo. El Lobo soltó la pierna y  aulló de dolor. Caperucita se arrastró por el suelo con expresión de dolor, probó a ponerse de pie, pero no podía ni mover la pierna. La tenía hecha una carnicería. El Lobo seguía con el cuchillo clavado en el ojo, que no paraba de gotear sangre. Intentó sacárselo con las zarpas, pero sólo consiguió empeorar la herida. Caperucita se arrastró hasta la entra de la cueva donde el Lobo estaba escondido. Se apoyó contra una roca y comenzó a respirar entrecortadamente. Nunca en su vida había tenido la certeza de que iba a morir pero en ese momento la tenía. Estaba totalmente convencida. Iba a morir, el Lobo la iba a matar, iba a desgarrar su garganta y se la comería. Se comería su piel, su carne y roería sus huesos. Caperucita tenía la cara manchada de barro y algo verde, supuso que era de la hierba. Tenía la frente perlada de sudor y un pequeño hilo de sangre la salía de la boca. El Lobo la enfocó con el único ojo que le quedaba, vio que Caperucita estaba frente a la entra de la cueva y embistió hacía ella. Caperucita intentó levantarse pero no lo consiguió, el Lobo estaba ya sobre ella, cuando alargó la mano y cogió una piedra. Con todas sus fuerzas le golpeó en la cabeza. Lobo cayó hacía ella con la boca abierta y las zarpas hacía delante. Caperucita acabó con más de un arañazo en la cara. Se quitó al Lobo de encima. Sacó el cuchillo de la cuenca del ojo y se lo clavó repetidas veces en el cuello. Todo se llenó de sangre. Todo rojo. Se quitó la capa y se la anudó en forma de venda en la pierna. Debería buscarse una rama que le sirviera como bastón. Se le pasó por la cabeza que la piel del Lobo le quedaría bien como capa. Se arrodilló (como pudo) frente al cuerpo. Puso al Lobo patas arriba y compró para su sorpresa de que tenía mamas, 8, para ser exactos. Se trataba de una Loba. Clavó la punta del cuchillo en la zona baja del vientre y rajó hacía arriba.
Poco después, de la cueva, salió un pequeño Lobo, de color blanco, miró de manera extraña a Caperucita y se acercó poco a poco hacía ella. Caperucita cogió el cuchillo. El pequeño Lobo comenzó a olerla.
-¿Hules a mamá?- preguntó Caperucita divertida.

Desde entonces cuenta la leyenda que un lobo de color gris que anda sobre dos patas siembra el terror en el Bosque y los alrededores. Si te encuentras con él es mejor correr. Dicen que puede despellejarte con sus enormes mandíbulas, otros, en cambio dicen que utiliza utensilios de humanos, que ha aprendido como usar un cuchillo y un hacha. Dicen que es un hombre lobo, ya que puede caminar sobre dos patas. Pero en lo que todo el mundo coincide es que no es muy grande pero sí certero y que siempre va acompañado de un pequeño lobo de color blanco.


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