Se pasó la mano por el flequillo, se conservaba extremadamente bien para tener 42 años. La cara inmaculada no dejaba ver ninguna expresión de la edad y sus ojos azules, junto a sus cabellos rubios, adornaba el conjunto muy bien. Una mujer hermosa.
La señora White acababa de sentarse en el sillón de la consulta de su psiquiatra, el Doctor Thruman. Acudía religiosamente todos los Miércoles a las diez y media de la mañana.
El Doctor Thruman le sonrío y abrió su libreta roja. Era mayor que ella, tenía sus redondas gafas en la puta de su larga nariz y sus ojos marrones se movían rápidos. Su canosa cabellera hacía juego con su traje de color gris.
-Mi hija ha intentado matarme- le espetó la señora White a su psiquiatra. La señora white, de nombre Lila, era una mujer impulsiva y con gran temperamento.
El doctor se sobresaltó, escribió unos ligeros apuntes en su libreta roja y miró a su paciente. La señora White se agarraba a los brazos del sillón con fuerza, hoy llevaba las uñas de color rojo a juego con su falda. La blusa de color blanca tenía un bonito escote en el que era fácil perderse y, ese día, había decidido adornar su cuello con un delicado pañuelo.
-¿Qué quiere decir?- Preguntó él incrédulo.
-Quiero decir-, dijo Lila quitándose el pañuelo del cuello - que ha intentado matarme.
Un gran arañazo se escondía debajo del pañuelo que la señora White había escogido cuidadosamente para taparlo. Acompañó esa prueba desabrochando los botones de la manga derecha de su blusa y subiendo la tela unos centímetros. Presentaba un arañazo similar al del cuello, pero éste, más profundo.
-¿Qué le ha pasado?- El doctor Thruman se movió incómodo en el asiento.
-Mi hija ha intentado matarme, ¿no escucha cuando le hablo? Creo que debería hacerlo ya que para eso le pago, una muy buena cantidad por cierto.
***
Alicia White, independiente, libre pensadora, callada y reservada. Años luz de su madre. Se sentó a la mesa a la hora de cenar, Lila White estaba sentada frente a su hija.
-Llegas tarde.-
Clara asintió y se pasó el pelo pelirrojo por detrás de las orejas. Era menuda, con la piel blanca y la cara llena de pecas, tenía los ojos verdes como lo de su padre. Algo que Lila white no para de repetirle. "Tienes los ojos de tu padre".
-Te he hablado, contéstame-. Lila White miraba altiva a su hija.
-No es una pregunta-, le dijo su hija- pensé que no tenía que contestar.
El sonido de las agujas del reloj llenaban los silencios incómodos de madre e hija.
-Cuando tu madre te habla, debes contestar. Ten eso siempre presente, Alicia-. Lila White cogió su vaso de agua y dio un sorbo. Su hija tenía la mirada fija en ella, esos ojos verdes que tanto odiaba. Tragó el sorbo de agua y cerró los ojos, murmuró algo para sus adentros.
-Da gracias, Alicia, por la comida que nos vamos a comer.
Alicia cerró los ojos sin decir nada, aquello era algo de su madre que odiaba completamente. A decir verdad, odiaba mucho a su madre. Más de una vez había deseado que muriera y dejar de ver su fea cara para siempre.
Ambas comenzaron a cenar, una sopa de cebolla que Lila había preparado rápidamente. Para ser honestos, Lila White no era buena cocinera, de hecho, odiaba la cocina, pero la hora de la cena era sagrada para ella.
No hablaban y casi ni se miraban. Se notaba la gran tensión que separaba a madre e hija.
-Alicia-, Lila depositó con cuidado su cuchara sobre la servilleta - ¿puedes hacer el favor de sentarte correctamente?
Alicia enderezó la espalda y apoyó las manos en su regazo.
-Parece mentira que con quince años aún no sepas cómo debe comportarse una señorita en la mesa-
La joven no quiso replicar, se guardó su temperamento, como hacía siempre. Prefería no dirigirle la palabra a su madre al menos que no fuera necesario.
-Podrías darme las gracias, al menos- comentó su madre con un deje de indignación.
Alicia miró a su madre con esa mirada que sabía que la desquiciaba tanto.
-Gracias, Lila-
Su madre se pasó la mano por el flequillo rubio, un gesto que la caracterizaba. Le exasperaba que su hija la llamara por su nombre.
-No vuelvas a llamarme por mi nombre.
Alicia sonrió y siguió con la sopa, decidió acabar cuanto antes la cena, no deseaba pasar más tiempo del necesario con su madre.
-¿Por qué no puedes comer bien, por Dios santo?- Lila estaba horrorizada al ver como su hija se tomaba la sopa. Con grandes sorbetones y sin utilizar la servilleta, le pareció repugnante. -Yo no te he enseñado a comer así.
Alicia terminó de comer, se levantó de la mesa y dejó el plato de sopa vacío en el fregadero. Sus cabellos pelirrojos, alumbrados por la lámpara de la cocina, adquirieron un color muy parecido al fuego.
-Siéntate-. Le ordenó su madre - Aún no hemos terminado la cena.
-No tengo hambre.- Le replicó su hija,- puedes comerte mi parte.
Alicia comenzó a andar hacía la puerta de la cocina y su madre se levantó de su silla con un gran estruendo.
-Alicia White, no te atrevas a salir por esa puerta sin haber acabado de cenar.
Lila White estaba histérica, no había nada que le fastidiase más que un comportamiento diferente al que estaba acostumbrada.
Su hija la miró con aquellos ojos verdes y le dio la espalda, salió de la cocina, salió al pasillo y rápidamente comenzó a subir las escaleras.
-¡Alicia!
Su madre corrió detrás de ella, sus tacones resonaban contra la madera de la casa, subió los escalones de dos en dos. La escalera estaba adornada con innumerables fotos de Alicia. Se podía ver gráficamente el paso de los años.
La chica llegó a su habitación antes que su madre y cerró la puerta.
Lila White llegó justo unos segundos después, intentó girar el pomo, pero su hija lo tenía sujeto por el otro lado impidiendo así que pudiese entrar en la habitación.
-Alicia White, ábreme la puerta ahora mismo.
No paraba de aporrear la puerta con los puños.
-Alicia, abre. ¡Alicia!