"Cuando nuestros cuerpos se toquen formaremos un universo", estoy tan seguro de ello como estoy seguro de lo frías que están estas cadenas que me tienen preso. Jamás me podría haber imaginado que me acabaría acostumbrando a estar encadenado a una pared de pies y manos. Realmente no recuerdo mi vida fuera de aquí, no recuerdo una vida sin cadenas. Las cadenas de las muñecas cada vez me aprietan menos, creo que es la señal irrefutable de que me estoy consumiendo. Tengo el cuerpo lleno de heridas, y la sangre seca no se nota por el tono de mi piel. Le oigo moverse, inquieto, pero no consigo verlo. Hace mucho tiempo que no le veo la cara, y apenas recuerdo sus facciones. Estamos separados por metros que parecen kilómetros. Simplemente oigo su voz. Su voz desde el otro lado. Su voz y el sonido de sus cadenas.
Eterna acaba de llegar. Va montada en sus grandes zancos, altiva, mirando todo a su alrededor sin pestañear. Aprieta fuertemente la fusta, atenta a los movimientos que hagamos algunos de los dos para castigarnos. Intento controlar mi respiración, llevo años practicando. Intento acompasar la salida de aire de mis pulmones con el leve tintineo que hacen los esclavos de la cadena al rozarse los unos con los otros. Pero él está inquieto. Está inquieto, se mueve inquieto, respira inquieto, habla inquieto incluso. A Eterna no le gusta eso. Se acerca hacia él a pasos agigantados pidiendo con su profunda voz que se calle, que no siga hablando. Pero no se detendrá, no se callará, hará sonar su voz por encima del estruendo de sus cadenas; intentará luchar contra sus propios gritos de dolor para no callar lo que tiene que decir. Quiere que todo el mundo lo escuche pero sólo puedo hacerlo yo.
