jueves, 19 de abril de 2012

Caperucita Roja: El Epílogo

Finalmente Caperucita llegó a la casa de su abuela. Dejó la piel de la Loba y le dijo al pequeño lobo de color blanco que esperase allí. El pequeño lobo comenzó a dar vueltas sobre si mismo y finalmente se acurrucó sobre la piel de su difunta madre. Debería ponerle un nombre pensó Caperucita, pero eso ya lo solucionaría más tarde.
La casa de su abuela olía a comida y estaba caliente. Estaba decorada con cosas de color rosa, muebles, cortinas, alfombras. A Caperucita le parecía muy recargada para la vista.
-¿Abuela?- preguntó Caperucita mientras entraba en la casa -¿Estás en casa?-
Caperucita entró hasta la cocina. Y allí estaba su abuela, ajetreada con el horno. Su abuela era una mujer bajita y rechoncha, con el pelo gris recogido en un gran moño. Llevaba unas grandes gafas redondas apoyadas en su pequeña nariz.
-Sophie- dijo la Abuela dándose la vuelta y mirando a su nieta. Caperucita, o Sophie, estaba hecha todo un estropicio. Tenía toda la ropa manchada de barro y sangre, tenía la cara arañada y los codos raspados. La pierna derecha la llevaba vendada con la capa roja y estaba francamente sucia. La Abuela la miró con el ceño fruncido y se acercó a ella. Caperucita bajó la mirada y la abuela le pegó una buena torta en la cara que resonó en toda la habitación.
-¡¡Mira a qué hora llegas!!- protestó - La cena casi está fría y he tenido que calentar el pavo dos veces- La Abuela no paraba de gesticular con las manos. Caperucita dejó la cesta en la mesa y se sentó en una silla con la cabeza gacha. -¡Y mira cómo te presentas!- Se acercó a ella y la cogió del brazo. Caperucita intentó soltarse pero la Abuela le estaba apretando tan fuerte que le hacía daño. -¿Qué has estado haciendo? ¿¡Eh!?- le preguntó alterada.
-He estado...-
-¡Y mira cómo vienes de sangre! ¿¡Qué te ha pasado en la pierna!?- Caperucita miró su pierna derecha y la escondió detrás de la izquierda. -¡¡Contéstame!!- dijo la Abuela sujetándole la cara con la mano izquierda.
-Nada- contestó Caperucita cerrando los ojos.
Se oyó el sonido de otra torta y el pómulo de Caperucita se puso tan colorado como una manzana
-¿¡Y qué es eso que me has dejado en el porche!? ¡¡Ya te he dicho que no quiero animales en esta casa!!- La Abuela volvió a retirarse y se dirigió hacía la cocina. Mientras seguía hablando de lo irresponsable que era Caperucita y de lo mucho que tenía que reñirle. Caperucita se incorporó, metió la mano en la cesta, tocó el cuchillo y entorno los ojos...

lunes, 16 de abril de 2012

Caperucita Roja y El Lobo Feroz

Caperucita se había parado en un claro del verde bosque, estaba agachada, junto a un pequeño estanque donde lavaba las manos manchadas de sangres. Se desabrochó la capa y la dejó junto con la cesta de mimbre. Metió la cara en el estanque y se enjuago fervientemente. De unos matorrales cercanos se acercó un pequeño conejo blanco a beber agua al estanque. Caperucita roja lo miró con una sonrisa inocente y se acercó poco a poco con la mano extendida. El conejo primero se asustó y retrocedió unos pasos, pero se quedó mirando a Caperucita con sus ojos oscuros. Ella insistió y cada vez se acercaba más hasta que consiguió tocar su cabeza. El conejo se quedó inmóvil, esperando el siguiente paso de Caperucita. Ésta acarició la pequeña cabeza y le sonrió. El conejo se dejó acariciar nuevamente y acabó en el regazo de Caperucita.
-Hola pequeñín- le dijo Caperucita sonriente- ¿Estabas bebiendo agua?-
El conejo le miró extraño y comenzó a olerle la ropa.
-Huele a hombre malo- comentó ésta con un hilo de voz. Caperucita comenzó a abrazar al conejo fuertemente, éste se puso nervioso y intentó huir de sus brazos pero fue inútil. Caperucita llevó sus pequeñas manos al cuello del conejo y con un rápido movimiento... se oyó un sonido sordo, como el que hace una rama de un árbol al romperse. La cabeza del conejo quedó doblada hacia atrás. Caperucita cogió el cuerpo inerte del conejo y lo guardó en su cesta.

Un lobo grande y robusto de color gris caminaba apresuradamente entre la maleza del bosque. Llevaba una presa en la boca, un pequeño ciervo que parecía aún más pequeño entre las mandíbulas del lobo. Llegó a su destino. Antes de entrar en una pequeña cueva de rocas marrones pintadas de musgo verde, oteó el horizonte y comprobó que no había ninguna amenaza cerca.

Caperucita llegó a ese claro del bosque, iba tarareando una cancioncilla sin ningún ritmo conocido. Tenía una sonrisa dibujada en la cara y los ojos muy abiertos y muy brillantes. Cualquiera diría que era una auténtica psicópata que estaba en esa parte del bosque para matar al lobo. Dejó su cesta al pie de un árbol. Abrió la tapa, sacó el gran y afilado cuchillo y el cadáver del conejo. Se acercó a la entrada de la cueva y le clavó el cuchillo al conejo. Toda la sangre cayó sobre el suelo de piedra. Caperucita esperó, con el cuchillo en una mano y el cadáver en otra. Pasaron unos segundos y luego unos minutos. Pero no pasó nada ya se había dado por vencida cuando una sombra salió disparada de la cueva como un rayo y se abalanzó sobre Caperucita. Era el Lobo.
Los dientes afiladísimos del lobo intentaron aferrarse a su garganta, pero esta rodó por el suelo para quitarse de encima al lobo. Se miró el codo izquierdo y se lo había despellejado. La piedra era dura y la hierba que cubría el duro suelo raspaba. Pero no le importaba, el brazo derecho lo tenía en perfecto estado. Caperucita adoptó una pose amenazante apuntando con al punta del cuchillo al lobo, éste rugió y le enseñó todos su dientes. Volvió a atacar, se abalanzó sobre Caperucita, pero está fue lo bastante rápida como para apartarse de su camino. Ahora te tocaba a ella. Salió corriendo detrás del lobo y le agarró del rabo. Éste se volvió furioso e intentó morderle la mano, pero Caperucita quitó la mano a tiempo y el lobo se mordió al cola. Instintivamente soltó un quejido lastimero pero Caperucita aprovechó la oportunidad y le clavó el cuchillo en la parte trasera del omóplato derecho. El Lobo volvió a gruñir. Caperucita sacó rápidamente el cuchillo y estaba manchado de un color rojo oscuro, casi carmesí. Pero al lobo no le importó, estaba decidido a despellejar la piel de sus huesos. Esta vez se abalanzó sin que Caperucita pudiera hacer nada y le dio un fuerte mordisco en la pierna derecha. Caperucita cayó al suelo y el lobo aún seguía con la pierna entre sus mandíbulas. La sangre salía a borbotones y Caperucita se permitió el lujo de gritar. De gritar de auténtico dolor.
-¡Maldito chucho de mierda!- gritó mientras que con la pierna izquierda le pegaba patadas en la cabeza al lobo -¡Suéltame! ¡Tengo que ir a casa de mi abuela!-
El cuchillo de Caperucita estaba a un par de centímetros de ella, ya que al caerse se le había escapado de entre las manos. En un desesperado intento estiró las manos por la hierba para cogerlo, pero el lobo seguía mordiendo con fuerza, por un momento pensó que le iba a partir la pierna. Pero cuando ya empezaba a rasgar toda la piel y a llenarlo todo de sangre, sus dedos de la mano derecha tocaron el cuchillo. Lo agarró con decisión, lo colocó entre sus dedos y con un rápido movimiento se lo calvó en un ojo. El Lobo soltó la pierna y  aulló de dolor. Caperucita se arrastró por el suelo con expresión de dolor, probó a ponerse de pie, pero no podía ni mover la pierna. La tenía hecha una carnicería. El Lobo seguía con el cuchillo clavado en el ojo, que no paraba de gotear sangre. Intentó sacárselo con las zarpas, pero sólo consiguió empeorar la herida. Caperucita se arrastró hasta la entra de la cueva donde el Lobo estaba escondido. Se apoyó contra una roca y comenzó a respirar entrecortadamente. Nunca en su vida había tenido la certeza de que iba a morir pero en ese momento la tenía. Estaba totalmente convencida. Iba a morir, el Lobo la iba a matar, iba a desgarrar su garganta y se la comería. Se comería su piel, su carne y roería sus huesos. Caperucita tenía la cara manchada de barro y algo verde, supuso que era de la hierba. Tenía la frente perlada de sudor y un pequeño hilo de sangre la salía de la boca. El Lobo la enfocó con el único ojo que le quedaba, vio que Caperucita estaba frente a la entra de la cueva y embistió hacía ella. Caperucita intentó levantarse pero no lo consiguió, el Lobo estaba ya sobre ella, cuando alargó la mano y cogió una piedra. Con todas sus fuerzas le golpeó en la cabeza. Lobo cayó hacía ella con la boca abierta y las zarpas hacía delante. Caperucita acabó con más de un arañazo en la cara. Se quitó al Lobo de encima. Sacó el cuchillo de la cuenca del ojo y se lo clavó repetidas veces en el cuello. Todo se llenó de sangre. Todo rojo. Se quitó la capa y se la anudó en forma de venda en la pierna. Debería buscarse una rama que le sirviera como bastón. Se le pasó por la cabeza que la piel del Lobo le quedaría bien como capa. Se arrodilló (como pudo) frente al cuerpo. Puso al Lobo patas arriba y compró para su sorpresa de que tenía mamas, 8, para ser exactos. Se trataba de una Loba. Clavó la punta del cuchillo en la zona baja del vientre y rajó hacía arriba.
Poco después, de la cueva, salió un pequeño Lobo, de color blanco, miró de manera extraña a Caperucita y se acercó poco a poco hacía ella. Caperucita cogió el cuchillo. El pequeño Lobo comenzó a olerla.
-¿Hules a mamá?- preguntó Caperucita divertida.

Desde entonces cuenta la leyenda que un lobo de color gris que anda sobre dos patas siembra el terror en el Bosque y los alrededores. Si te encuentras con él es mejor correr. Dicen que puede despellejarte con sus enormes mandíbulas, otros, en cambio dicen que utiliza utensilios de humanos, que ha aprendido como usar un cuchillo y un hacha. Dicen que es un hombre lobo, ya que puede caminar sobre dos patas. Pero en lo que todo el mundo coincide es que no es muy grande pero sí certero y que siempre va acompañado de un pequeño lobo de color blanco.


martes, 10 de abril de 2012

Caperucita Roja y El Cazador

Un radiante sol de primavera iluminaba el claro del bosque. Por él pasó una pequeña sombra de color rojo. Era una niña, que caminaba con desenvoltura, pero tenía algo especial. Era bajita, con el pelo color azabache recogido en dos alegres trenzas, unas finas cejas, la nariz respingona y los labios de color rojos. Sus ojos de color miel irradiaban alegría, ya que se dirigía a casa de su abuela que hacía meses que no la veía. Lo especial de esta chica era que, aunque aparentase ser una pobre niña, tenía 16 años. Ya se había desarrollado como mujer, pero era bajita... muy bajita para su edad.  Vestía una falda de color blanco con unos pequeños dibujos de unas fresas en ella, una camisa de color rojo de mangas cortas, unos zapatos rojos y una capa con capucha de color rojo también. Las dos trenzas negras le caían sobre los hombros con gracia y desenvoltura. En sus manos llevaba una cesta de mimbre, en la que llevaba varias cosas para darle a su abuela. Mientras caminaba una ardilla salió corriendo delante suya y se montó en un árbol, ella la siguió correteando y riendo, y se acercó al árbol en el que se había subido la ardilla. Ésta estaba comiendo una enorme bellota que había encontrado, Caperucita alargó la mano y entornó los ojos... agarró a la ardilla con fuerza, pero una tos la interrumpió. Caperucita soltó a la ardilla y miró al sitio de donde provenía esa tos. La ardilla asustada salió corriendo y comenzó a saltar de rama en rama.
 En el umbral del bosque se encontraba un alto y fuerte hombre, con un hacha en el hombro. Vestía un peto de color gris y una camisa de leñador roja. Caperucita se acercó a él con una sonrisa radiante enseñando sus blancos dientes.
-Buenos días pequeña- comentó El Cazador mientras se rascaba su abundante barba -¿Qué hace una chiquilla como tú en mitad del bosque?- preguntó con su voz ronca -¿es que no le tienes miedo al lobo?-
-No- contestó ésta alegre y comenzó a andar de nuevo.
-¿Dónde vas si se puede saber?- preguntó El Cazador con curiosidad
-Voy a visitar a mi abuela- contestó ella en tono neutral.
-Mi cabaña está a ese lado del bosque- comentó en un hilo de voz
-La casa de mi abuela está por ahí- indicó con la cabeza Caperucita al lado contrario- está pasando el río-
-Puedes venir a mi cabaña y tomar algo caliente- comentó con una fría sonrisa- tengo chocolate- El Cazador se acercó a Caperucita, se agachó y le bajó la capucha.
El leñador encontró a Caperucita irresistible, tenía una mirada salvaje, unos ojos preciosos y una sonrisa pícara.
-Eres muy amable- comentó ella muy seria - pero no estoy interesada-
El Cazador frunció el ceño.
-Tengo una chimenea, puedes calentarte un rato antes de volver a partir- comentó mientras volvía a ponerse en pie cuan largo era.
-He dicho que no- dijo Caperucita con sombra en la mirada.
Dio media vuelta y volvió a retomar su camino, debía estar en casa de su abuela para la hora de la cena y no quería que la noche la sorprendiera en el bosque. El Cazador se quedó mirando como Caperucita se marchaba, dio varias patadas al suelo en señal de frustración. La estaba dejando escapar y no podía evitar pensar en ella, pensar en su sonrisa, en sus ojos, pensar en su pelo, pensar en... en toda ella.
De repente, Caperucita se detuvo a varios metros del Cazador, se dio la vuelta y le silbó.
-Vale-
-¿Cómo dices?- preguntó nervioso
-Lo he pensado mejor- comentó Caperucita esbozando una sonrisa con sus finos labios rojos -Quiero un chocolate caliente- Caperucita salió corriendo hasta alcanzar al Cazador que se había quedado perplejo.
Ella le agarró la mano derecha y comenzaron a caminar.
El cazador miraba sus manos entrelazadas y se sonrojaba. Era una curiosa estampa, el gran y alto Cazador y la bajita Caperucita Roja. Durante el camino estuvieron hablando de nada y de todo, solo se oía de fondo la risa descontrolada de Caperucita cada vez que el cazador decía algo gracioso.
Por fin llegaron a la cabaña del cazador, era grande, caliente  y olía a chocolate. Tenía una gran mesa de madera en el centro de la cabaña con grandes sillas. Caperucita dejó su cesta y se sentó frente a la ventana de la cocina. Mientras, El Cazador, estaba preparando dos grandes tazas de chocolate.
Caperucita comenzó a jugar con una de sus trenzas, se la metía en la boca, se la mordía y sonreía. El Cazador estaba tan distraído que se quemó con el chocolate, algo que a Caperucita le hizo tanta gracia que no podía parar de reír. Por fin sirvió el chocolate, le dio una taza a Caperucita y otra se la quedó él. Cogió una silla y se sentó muy cerca de Caperucita.
-Está muy rico- dijo ella dándole un sorbo
El le sonrió con una sonrisa de lado.
-¿Qué?- preguntó ella divertida
-Nada- contestó él sonriéndole
-¿Te importa si me quito un zapato?- le preguntó Caperucita fingiendo una cara inocente con dejes de cara divertida.
-Para nada- contestó él divertido - ¿Pero solo uno?
-Sí- contestó ella mientras se lo quitaba -Es que me gusta hacer un juego... - contestó mientras pasaba su pie entre las piernas del cazador - así...- siguió paseando su pie. Primero la pierna derecha, luego la pierna izquierda. Hasta que al final llegó a su sexo. Caperucita tocó el sexo Del Cazador con su pie mientras éste le miraba con los ojos muy abiertos.
-¿Te gusta?- preguntó ella mientras se mordía un dedo y sonreía
-Sí- dijo él casi sin poder hablar.
Caperucita se levantó de la silla y se acercó mucho a El Cazador.
-Voy a coger una cosa- le susurro al oído mientras extendía una mano hasta su cesta
El Cazador asintió débilmente mientras cerraba los ojos, la voz de Caperucita al oído le pareció muy sensual.
Un dolor intenso en la tripa le hizo abrir los ojos. Miro asustado a Caperucita y esta le estaba mirando con los ojos entornados. Intentó levantarse pero no podía moverse. Caperucita le había clavado un cuchillo enorme en el estómago.
-Ahora mismo te estoy desgarrando los intestinos- comentó Caperucita mientras sonreía.
El Cazador quiso contestarle pero no pudo hablar y articuló con sus labios un "hija de puta"
-Soy una niña- comentó ella inocentemente- has intentado aprovecharte de una niña pequeña- dijo con una inocencia fingida
El Cazador cogió fuerza y apartó a Caperucita de una patada y ésta salió disparada contra la mesa, intentó ponerse en pie pero sus fuerzas le fallaban. El suelo estaba lleno de sangre, resbaló y cayó. Los intestinos salieron disparados de su estómago, manchando todo el suelo de la cabaña. Caperucita se pasó una mano por la cara para apartarse las trenzas y se manchó la cara de sangre de El Cazador. Se puso en pie.
-Te diría que no te volvieses a acercar a ninguna chica- acercándose a él- pero no vas a salir vivo de aquí-
Se puso sobre él con su pie descalzo lleno de sangre sobre su espalda. Cogió de los pelos al Cazador, le levantó la cabeza y le rajó el cuello. Una gran mancha negra de sangre lleno todo el suelo de la cabaña.
Caperucita se volvió a poner el zapato, se puso la capucha, guardó el cuchillo en la cesta y salió de la cabaña cerrando la puerta tras de sí. Salió caminando tranquilamente entre risas y volvió al camino del bosque que le llevaría a casa de su abuela.

Dedicado a todas las mujeres bajitas