lunes, 12 de marzo de 2012

Obsesiones


Llevo ya varias semanas siguiéndola. Su pelo al viento, dorado como el sol, su olor a canela y sus labios rojos.
Desconozco si sabe que la sigo, si sabe que me paso las noches tras de si, que no me alimento, que (no) vivo por poder verla.
Pero me he decidido, total no tengo nada que perder, tengo más años que ella y sus padres juntos, no puedo tener miedo a nada.

Me acerco y la miro, con mis ojos marrones oscuros que en la noche de la ciudad se ven negros, le sonrío y ella se pregunta quien soy. Se pasa la lengua por los labios y hablamos, la escucho, me escucha. No quiero utilizar ninguno de mis dones, quiero que sea real, tan real como se pueda. Entramos a un bar y pedimos algo para tomar. Lo bebe rápido, casi diría que con avaricia, pero no me importa, he estado esperando por este momento. Seguimos hablando, bailamos, y creo que para la 6ª vez que me sonríe me he enamorado. Salimos del bar, creo que ella va un poco ebría, y a mí no me ha afectado el alcohol, como es obvio. Me pide que la lleve a casa y no me niego, pero especifica que quiere ir a la mía.

Despierto temprano, antes que ella, nuestros cuerpos están desnudos sobre las sábanas. Menos mal que me acordé de poner cortinas, ahora mismo estaría achicharrado.
Paseo con mi ojos su cuerpo, intentando memorizar cada parte, por mínima que sea. Su pelo está hecho un revoltijo, tiene una orejas bonitas, una nariz respingona y unos ojos verdes.
No sé exactamente lo que me pasa, pero estoy más obsesionado que nunca, pero no me entran ganas de probarla. La noche anterior se comportó como una fiera en la cama, es una chica con experiencia. Pero esto va más allá de lo sexual, me cuesta creer que pueda amar a alguien y que no tenga ganas de morderla.
Ella despierta y me mira. Se me queda mirando, preguntándose para si, qué clase de hombre soy. Inspecciona mi piel blanca casi fantasmal, mis labios rojos, mis ojos oscuros, mis dientes afilados y mi pelo engominado. Sonríe, creo que sabe lo que soy y que la da igual. Vuelve a cerrar los ojos y se queda dormida muy cerca de mí y yo, como no iba a ser de otra manera, me dejo hacer.

Hace semanas que no sé nada de ella, no la encuentro por ningún lado, he intentado calmar mi obsesión pero no lo consigo. Incluso he bebido con avidez sangre de varias mujeres, pero ella sigue ahí, en alguna parte de mi cuerpo que no es el corazón, ya que hace años que no late. No puede latir.
He salido todas las noches a buscarla por la ciudad, en bares, discotecas, en todos los rincones, pero no la he encontrado. ¿Es posible que la tierra se la haya tragado?

Pero cuando ya creía haberla olvidado, se presenta, en mi casa. De hecho, me la encontre esperando en la puerta. La dejo pasar, por supuesto. Debería haber recojido un poco, parece una pozilga. Hay un cuerpo de una joven morena en mitad del salón, la piel se le ha ablandado y está muy pálida, desconozco cuando tiempo llevará ahí. Se lo digo, le confirmo lo ella ya sabía. Le digo que soy un vampiro y me responde con un “Vale”
Lo hacemos, una dos y tres veces, al cabo de las horas he perdido la cuenta. Es el mejor sexo que he tenido nunca.
Creo que ha pasado un día entero y no hemos salido de la cama, en un arrebato de locura, me pide que le muerda, que chupe su sangre y la soboree. En un primer momento me niego, pero al final acabo aceptando. Le muero primero en el muslo derecho y succiono un poquito. La sangre sale caliente y me sabe un poco salada. A ella parece que le gustan o que le encanta. Me pide que le muerda en el cuello y acato sus órdenes.

Vuelve a desaparecer, pero esta vez no la vuelvo a ver hasta 2 meses después. No sé a que juega y esta agonía me está matando. Curiosa ironía la mía. No sé que hacer con ella. La quiero, la amo de hecho, pero amo más el odiarla por tratarme así. La odio, A ella parece que le gusta tenerme ahí, que esté atento, que le diga cuanto la quiero y que le chupe la sangre. Pero creo que la voy a matar, la voy a matar y a dejarla seca. Porque estoy perdiendo la cabeza. Se me olvida beber sangre, me despisto y me quedo a la luz del sol. Esto tiene que acabar. La próxima vez que venga le pondré punto y final. Porque va a volver en su inestimada busquedad de atención.

Y no me equivocaba, aquí está delante mía, como siempre. Ojos bien abiertos, pelo al viento, olor a canela y sonrisa permanente. Me acerco a ella, empiezo a besarle el cuello. Ella se desabrocha la camisa y se queda en sujetador. Empiezo a jugar con su hombro derecho, paso mis colmillos por su lunar en forma de galleta. Le gusta. Vuelvo a subir mi boca hasta su cuello. Le clavo mis colmillos sobre la piel, al principio está dura, pero poco a poco los colmillos se hunden hasta el músculo. Seccionando la carótida. Ella hace el intento de resistirse, de apartarse de mí, de correr. Pero creo que en el fondo siempre lo ha sabido. Empiezo a succionar su sangre, en grandes cantidades, la succiono tan rápido que me mancho toda la boca. Tengo los labios llenos de sangre y entre los colmillos restos del músculo del cuello. La dejo seca, muerta, y cae al suelo, y no respira. No respira, no se mueve, no reacciona, no se levanta, no hay vida. Sin vida.

Por fin he puesto punto y final a mi obsesión. Era ella o yo. Y ha sido ella. Me limpio la boca, tengo un reguero de sangre que me cae por la barbilla. Estoy excitado, siento mi cuerpo caliente y mi sexo húmedo. Me doy la vuelta, le doy la espalda a un cuerpo inerte que ya no siginfica nada. Pero, de repente, ella abre los ojos.

lunes, 5 de marzo de 2012

Sueños y abrazos

Los ladrillos marrones que componían la pared soltaban un polvo blancuzco cada vez que daba una sacudida. El profesor, bajito y con melena oscura, escribía despreocupado en la pizarra. La tiza de paseaba tranquilamente escribiendo una palabra. "abra" "abraz" "abrazos"
-Hoy- dijo el profesor con una profunda voz - aprenderemos lo que son los abrazos-
Todos los alumnos que componíamos la clase tomábamos apuntes apresuradamente. Todos, chicos y chicas, con el mismo color de uniforme. Color gris, sobre mesas verdes y ladrillos marrones. El profesor vestía una vieja americana marrón con parches en los codos, camisa amarilla y pantalones marrones.
Varias diapositivas se proyectaban sobre una tela blanca, en ellas, aparecían gente. Dos personas interactuando la una con la otra, estiraban sus brazos y los entrelazaban con el cuerpo de la otra persona. Se sentían bien... parecían felices. Todos nos miramos y ninguno quiso decir nada al respecto. El profesor carraspeó y pidió la ayuda de un voluntario. Estábamos en silencio, agachamos cabezas y desviamos miradas. Al final, elegido a dedo, salió un chico, algo bajito y rubio. El profesor le indico que le abrazara, que imitara a la gente de la diapositiva. El chico rubio, algo asustado abrió sus brazos, pero fue el profesor el que le abrazó fuertemente. Tan fuerte que le dejó casi sin aliento. No nos lo podíamos creer, acabábamos de ver un abrazo en directo.

Las demás clases transcurrieron con normalidad, pero había algo que me llamó la atención, desde la ventana que daba al fondo del océano podía ver como los peces guardianes estaban inquietos. No paraban de nadar, de moverse, de allá para acá. Con sus escudos y sus lanzas, dando aletazos y nadando a grandes velocidades.

De repente, la luz comenzó a guiñar y la lampara de araña cayó desde el techo. Todos nos asustamos. El agua comenzó a entrar en la clase, un agua de color azul oscuro. El profesor nos indicó que nos pusiéramos en fila para abandonar la estancia y comenzamos a bajar por la escalera. Una escalera de los mismos ladrillos marrones. Pero algo esperaba al final, algo extraño. Algo gordo y grande, morado y con tentáculos. Con pinzas y colmillos. Algo electrizante. El profesor nos indicó de que no tocáramos el agua, que ese ser podría electrocutarla y moriríamos. Algunos compañeros no oyeron la advertencia y quedaron fritos en una sacudida de ese ser. A través del agua comenzaron a aparecer los peces guardianes, que se enfrentaron a la cosa con tentáculos. Pero no era suficiente, esa criatura iba aumentando de tamaño, la estancia seguía llenándose de agua y casi era imposible mojarse. Sólo unos cuantos alumnos y el profesor quedábamos ya, cuando la criatura con sus poderosos colmillos y sus grandes pinzas nos acorraló contra una esquina, parecía el fin cuando...

Cuando me he despertado.