lunes, 19 de noviembre de 2012

Eduardo e Isabel


EDUARDO E ISABEL

Estaban en el mejor momento de su romance. Él y ella, juntos en plena noche en mitad del parque. La luna llena estaba en lo más alto del cielo. Eduardo había decidido sincerarse, había elegido esa noche para decirle la verdad.
EDUARDO: (acercándose a los labios de Isabel) Isabel… quiero decirte algo.
ISABEL: (Acercando los labios a los de Eduardo) Dime.
EDUARDO: Tienes que saber… que yo… que yo no soy como los demás chicos de mí edad. (irónico).
ISABEL: (Alejándose de él) ¿Eres gay?
EDUARDO: (sorprendido) ¿Qué? No, no, no. Yo no…
ISABEL: ¿Qué pasa Eduardo? (cogiéndole las manos) Puedes contarme lo que sea.
Eduardo tragó saliva, se preparó el discurso mentalmente y dijo:
EDUARDO: Soy un vampiro.
Isabel sonrió porque creía que era una broma de las suyas pero cuando vio la expresión en el rostro de Eduardo, la sonrisa se le esfumó de su cara.
EDUARDO: Sé que ahora tienes que estar abrumada por lo que te acabo de decir. En plan: “mi novio tiene la edad de mi padre, mi abuelo y yo juntos.”
Isabel negó con la cabeza.
ISABEL: Tengo… tengo que irme.
EDUARDO: Isabel… espera (Isabel le soltó las manos).
ISABEL: Tengo que irme, no me sigas… por favor, déjame sola.
Isabel se marchó del parque dejando a Eduardo de pie, mirando como ella se marchaba sin mirar atrás.
Pasó todo un día, era fin de semana por lo cual ninguno tenía que ir al instituto. Eduardo había pensado mucho en la reacción de Isabel, en cómo se lo estaría tomando. Seguramente estaría hecha un verdadero lío, no sabría si decantarse por su amor o rechazarlo por su diferencia. Ella se convertiría en una vieja y él… él sería igual. Eduardo pensó que estaría tirada en su cama abrazada a un osito de peluche y totalmente deprimida.

Volvía a ser de noche. Isabel entró en el portal edificio en el que vivía Eduardo. Vivía en una gran casa con su tío. Caminó despacio hasta el ascensor, pulsó el botón y las puertas se abrieron. Isabel no paraba de pensar en el discurso que tenía preparado. Se había pasado todo el día diciéndolo en su cabeza, el botón número 4 brillaba y el ascensor subía sin parar en ninguna planta.
Tocó a la gran puerta de madera. Esperó impaciente mientras se retorcía los dedos, a los pocos segundos, la puerta se abrió con Eduardo detrás de ella.
EDUARDO: (sorprendido) Hola...
ISABEL: (nerviosa) No sabía qué hacer, llevo todo el día nerviosa y pensando en lo que me dijiste.
EDUARDO: Pero pasa, no te quedes en la puerta (Haciendo hueco)
Eduardo e Isabel pasaron directamente al dormitorio de éste. Era una gran habitación con pequeñas ventanas, unas grandes cortinas color azul marino y una librería inmensa con un montón de libros.
ISABEL: Vaya tienes una cama (mirándola) pensaba que los vampiros dormíais en ataúdes.
EDUARDO: Soy un vampiro moderno (silencio incómodo) ¿De qué querías hablar?
ISABEL: Lo he estado pensando y... he llegado a la conclusión de que tengo que matarte (sacándose una estaca de madera de la manga) Como haría Buffy.
EDUARDO: ¿Buffy?
ISABEL: Sí, Buffy. Tengo que clavarte la estaca en el corazón, creo que tendré la fuerza necesaria para hacerlo. Ademas, eres bastante escuálido así que no habrá problema. (Eduardo no paraba de mirarlo anonadado) Tengo que atravesar tu piel, tu esternón, costillas y por fin llegar al corazón. Espero que puedas perdonarme (Isabel permaneció de pie mirando a Eduardo a los ojos) Pero no puedo... ¡No puedo! (tirando la estaca al suelo) Te amo, y te amo por como eres. Puedo aceptar que seas un vampiro. Lo acepto y te quiero por eso. Te puedo ayudar a conseguir sangre, puedo robarla del hospital puedo... porque no matarás a nadie. No creo que sea capaz de dejarte hacerlo. Bueno, ¿Sabes qué? Quizás sí, quizás pueda ayudarte a encontrar una víctima que merezca la muerte. Algún asesino o alguien que esté moribundo, porque... ¿No pasará nada, verdad? Y bueno, quizás puedas convertirme a mí en vampira. No tengo miedo a la muerte y, si lo haces podremos estar toda la eternidad juntos y nuestro amor será tan intenso y tan puro que... (Eduardo se acercó a la velocidad del rayo, clavó sus colmillos en el cuellos de Isabel y bebió su sangre con avidez. Se separó rápido de ella y en un acto rápido como el viento le partió el cuello)
Isabel cayó inerte y dejó una mancha de sangre en el suelo.
EDUARDO: No podía aguantarte así una eternidad, me niego. (Eduardo salió por la puerta de su cuarto) ¡Tío, no me prepares nada para cenar que ya he cenado!