El caballero de la armadura de plata recorrió medio mundo a lomos de su caballo blanco. Atravesó el gran desierto de arena blanca; penetró por mitad del bosque tenebroso; se enfrentó a temperaturas muy bajas en el gran glacial y por último, cruzó el abismo mata caballeros.
La armadura relucía a cada rayo de sol que se reflejaba en ella. El caballero llevaba siempre el yelmo subido, para poder otear mejor el horizonte. Sus ojos azules se movía rápido y sus finas cejas se fruncían en su ceño.
Por fin llegó a su destino, el imponente castillo rasgaba el cielo con su cúpula, y allá en lo alto le aguardaba ella. La bella durmiente. Llevaba años encerrada en el castillo rodeada por un bosque de espinas y custodiada por un terrible dragón. El jinete descendió de su montura. Su capa roja se ondeó al compás del viento. Sujetó el mango de su espada, la cabeza de un león dorado, hacer eso le llenaba de fuerza y valor. Se acercó a su caballo y le acarició la cabeza. El caballo lo esperaría allí, no podía atravesar el bosque de espinos, así que se bajó el yelmo, desenvainó la espada y comenzó a abrirse camino. En la mano izquierda llevaba un escudo plateado, como su armadura, con el emblema de su casa. Un león dorado escupiendo fuego con una corona en la cabeza.
Le llevó un buen rato, tuvo que atravesar un gran bosque de espinos, y gracias a que llevaba su armadura salió ileso, ni un solo arañazo. Las grandes puertas del castillo estaban ante él, marrones e imponentes. El caballero de brillante armadura pensó que estarían cerradas, pero nada más tirar del pomo oscuro se abrieron. Una ráfaga de aire frío le golpeó en el yelmo. Entró en el castillo. Era inmenso, con grandes paredes de piedra que se perdían en la oscuridad. Los pasillos eran enormes y el caballero no podía ver cuando acababan. Dos corrientes se abrían ante él, una a la izquierda y otra a la derecha. Optó por la derecha. Estaba oscuro y no veía nada. Sabía que tenía que encontrar unas escaleras, así que comenzó a correr. Corrió durante minutos que parecieron horas, en un pasillo oscuro y silencioso. El único sonido que se escuchaba era el de su propia respiración y el de sus pasos al pisar el suelo de piedra. Por fin dio con las escaleras. Comenzó a subir. Cuando había subido más de 200 escalones paró de contar. No supo cuantos escalones subió, subió muchos, muchos escalones, pero finalmente llegó a la cima de la torre. El caballero tenía la frente perlada en sudor. Su respiración era acelerada, le costaba respirar con el yelmo y tenía síntomas de tener un calor sofocante dentro de la armadura. La estancia al final de la torre era una amplia habitación, con grandes ventanales que daban a un amplio cielo de color morado. Unas grandes cortinas color salmón, una pequeña cama, un tocador y poco más. Era curioso, la cama estaba vacía. Con suerte tampoco se había encontrado al dragón. ¿Qué estaba pasando allí? Se quitó el yelmo para poder ver mejor, entrecerró los ojos por la claridad del ambiente. Debería estar allí, la princesa que había ido a buscar...
De repente, un agudo dolor le sorprendió en la nuca y cayó al suelo cuan largo era.
El cuenco de barro cayó al suelo y se hizo añicos. Aurora se llevó las manos a la boca para ahogar un grito.
-Espero no haberle matado- susurro.
Le cogió el brazo derecho he intentó arrastrarlo por el suelo, pero era demasiado pesado.
Aurora llevaba en la torre desde los 15 años. En la fiesta de su cumpleaños cayó presa de una maldición que la haría dormir eternamente hasta que un apuesto y valiente caballero la rescatase.
Tenía un largo pelo rubio recogido en un elegante moño y con mechones sueltos sobre los hombros, un fino y bonito vestido rosa con encaje y un collar de perlas. Aurora desistió el intentar mover al caballero y esperó a que viniera ella.
Unas grandes puertas que daban a la habitación se abrieron de golpes. Unos pasos ligeros rasgaron la frialdad del suelo. Aurora miró para ver quien era y sonrió.
-Aquí llega el Dragón-
Hace unos años, cuando Aurora aún seguía presa del hechizo, una apuesta y poderosa bruja irrumpió en el castillo, su nombre era Alexandría.
El pelo rojo como el fuego, la piel blanca como la nieve y los ojos oscuros como las alas de un cuervo. Alexandría, con sus poderes mágicos, derrotó al dragón y liberó a Aurora de su maldición. Pero contra todo pronóstico, Alexandría y Aurora se hicieron amigas. Desde entonces viven las dos juntas en el castillo, esperando a que un apuesto y valiente caballero llegue para rescatar a Aurora, porque nadie sabe que Aurora ya fue rescatada. Y como le dijo Alexandría una vez "Tengo grandes planes para ti, mi niña"
Alexandría cruzó la sala rápidamente y se acercó a Aurora. Esta la cogió del brazo y le sonrió. Alexandría se remangó el vestido rojo y se acercó para examinar al Caballero. Vio su escudo caído en el suelo y su espada guardada en el cinto. Comprobó la tela de su capa. Con una increíble fuerza que no era humana, trasladó el cuerpo del caballero a una pequeña cama y se acercó a Aurora.
-Escúchame mi niña, ha llegado el momento que estábamos esperando- le dijo mientras se cogían de la mano -Este caballero es el hijo del León, una de las tres casas.-
Aurora agachó la cabeza nerviosa -¿Estás segura?-
-Muy segura- le contestó -Es el momento de partir. Empaca tus pertenencias-
Alexandría comenzó a sacar cosas de un pequeño tocador de madera de fresno que había en la sala. Indicó a Aurora que se sentara en la silla del tocador y comenzó a peinarla la cabellera con un pequeño peine.
-No creo que sea capaz- comentó en un susurro -Alexandría no me quiero ir...- dijo con lágrimas en los ojos.
Alexandría se agachó y miró a Aurora a los ojos pero ésta apartó al mirada
-Mírame- dijo cogiéndole la cara -Estás preparada, te he preparado durante años para esto-
Aurora acercó se cara a la de Alexandría y le sonrió.
-Recuerda lo que te dije: Tengo grandes planes para ti, mi niña. Juntas... juntas reinaremos las tierras-
Aurora decidida, se levantó, se arregló el pelo y se limpió un poco la cara. Alexandría posó su manos sobre el vestido y éste por arte de magia pasó de ser un vestido normal a uno elegante y sofisticado.
Alexandría se acercó, posó sus labios sobre Aurora, que se sonrojó al instante.
-Vamos, es la hora- le dijo -bésale-
Aurora se arrodilló sobre la cama, mirando fijamente al caballero. Era guapo, tenía una tez brillante y varonil. Unas finas cejas, unos labios carnosos y el pelo de color ceniza. Aurora acercó sus labios a los del caballero y éste despertó súbitamente.
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