sábado, 7 de enero de 2012

El otro mundo

Aparecemos en mitad de una playa. La arena se extiende por muchos kilómetros hasta llegar a las primeras olas del mar. Sopla un viento de poniente muy fuerte que hace que casi no podamos escuchar el propio sonido de nuestra voz. El grupo de 5 chicos y una única chica comenzamos el viaje hacia las pequeñas casas de colores que hay al pie de la playa. Están construidas de madera y pintadas, cada una, con un color de los colores del arco iris. El pelo de la chica se movía de forma rebelde al compás del aire que soplaba de forma transversal. El sol proyectaba curiosas sombras sobre la dorada arena y parecía que nuestras sombras se movían más lentas que nosotros, algo de lo que me asusté en un primer momento, pero en el fondo me parece poético. Las sombras que se mueven más lentas que sus cuerpos, pensé que si esa playa no tenía nombre ese sería uno bonito. Algo que me llamó también  la atención fue que no había gaviotas, acostumbrado a las playas de nuestro mundo llenas de ellas, esta playa se me hacía rara. La chica se paró para atarse los cordones de sus zapatillas rosas y nos contó que esta arena no era normal, tenía una textura diferente. Al instante todos nos agachamos para tocarla. Era una sensación extraña, era como meter la mano en pudin de chocolate o de cerezas, tenía un tacto húmedo pero al sacar la mano de la arena estaba seca.

Decidimos seguir hacía las casas de colores, pero están más lejos de lo que en realidad creíamos. El chico de la cabeza rapada empieza a correr desesperado, el sol sigue en lo más alto del cielo y nos empezamos a desconcertar. No sé cuanto tiempo llevaremos caminando por la playa pero parece no acabarse nunca y las casas están a la misma distancia que cuando llegamos aquí. Pero parece que algo cambia, el sol baja un poco del cielo y las casas están más cerca, parece como si hubieran corrido hacia nosotros. Dejamos la arena atrás y subimos a las pequeñas escaleras de madera que llevan a las casas de colores. La chica se empieza a impacientar, no sé cómo, acaba de caer en la cuenta de que un minuto en este mundo equivale a una hora en el mundo real. "Allí llevaremos desaparecidos días, meses quizá... no sé cuanto tiempo llevamos aquí " comentó. Un impulso me hace darme la vuelta y caminar hacia una de las casas, la de color rojo, me acerco a su puerta y cojo el picaporte. Por alguna razón creo que si encuentro un reloj dentro el problema del tiempo podremos solucionarlo, pero algo pasa. Toco el picaporte de la puerta y todo se desmorona. Primero la casa de madera de color rojo, luego la azul, algo causa un efecto dominó que todas van cediendo. Empezamos a correr y volvemos a entrar a la arena. Esta vez la textura peculiar se nota en nuestro zapatos, empezamos a quedarnos pegados y nos ponemos nervioso. Poco a poco la arena nos está succionando, el chico de la chaqueta negra es el primero en desaparecer. Luego le sigue el de los ojos verdes, que no para de moverse y hace más rápido su deglución.

 Una sensación de asfixia me invade cuando la cabeza se sumerge en la arena pero ya es tarde. Noto un tirón hacía el fondo de ninguna parte y luego... luego el espacio.
Y me despierto. Otro sueño patrocinado por mí.

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