El olor a canela le recordaba inevitablemente a las tardes de domingo, cuando su madre preparaba té en esa gran tetera de metal que tanto se parecía a una catedral. Estaba en una cafetería, estaba solo, no quería la compañía de nadie y el dulzor impregnaba el ambiente. Prefería recordar aquellas tardes antes que pensar en lo que le preocupaba. Aunque por más que lo intentara, su cabeza volvía a esa preocupación, su pensamiento no le dejaba descansar. No hasta que solucionase el problema. En más de una ocasión esa tarde se le había cruzado el pensamiento por la cabeza, en más de una ocasión había sentido el "esto ya lo he vivido". Y es que ya lo había vivido, estaba volviendo a experimentar el pasado. Intentaba evitarlo, desde luego que puso todos los medios posibles para que no ocurriese porque nadie quiere volver a vivir algo que ya ha vivido y que no ha sido para nada positivo. Ocurriría, estaba destinado a ocurrir, quería evitar el destino, pero estaba condenado a vivir el amor como una repetición. No sabía sentirlo de otra manera. Los mismos nerviosismos, las mismas miradas, las mimas risas nerviosas. No sabía si se podía experimentar el mismo sentimiento con diferentes personas. Aunque, a decir verdad, éste era un sentimiento más calmado, agazapado bajo una coraza demasiado gruesa. Esto ya lo había vivido y lo seguiría viviendo, porque le parecía imposible no enamorarse. Era inevitable.
El café hirvió en su máquina y ésta exhaló un vapor por arriba, parecía enfadada: estaba cansada de producir tanto café. Parecía que pidiera vacaciones. La pequeña campana de la puerta tintineó, dejando pasar más personas en la cafetería, que se llenaba inevitablemente.
Escribir le tranquilizaba aunque no se encontraba en su mejor época creativa. Se dedicaba a escribir palabras sin sentido, sin conexión entre ellas, sin llegar a establecer una conexión sintáctica, lo hacía con la idea de buscar una especie de nirvana que rara vez llegará. Disfrutaba diseccionándolas para así conocer su formación. Le gustaba saber que irrealizables venía de real, que daba el verbo realizar y, luego, parasintéticamente, formaba la palabra irrealizables. Era algo que le apasionaba y que le acompañará toda su vida. Era bastante sencillo el problema que le atormentaba: debía elegir. Siempre se había caracterizado por ser muy consciente de sus limitaciones y por tener un criterio impecable. Pero ahora se encontraba en el desacuerdo de no saber elegir. Uno podía darle la seguridad y el cariño que tanto ansiaba y que no había encontrado nunca en su vida; y el otro esa lujuria conocida. Algo que ya conocía y que tantas veces había repetido. Era inevitable repetir.
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