jueves, 7 de febrero de 2013

Kbar Blu I


PROLOGO


Caminamos muy juntos en fila. Un montón de niños y niñas nos vamos. El pasillo es oscuro y estrecho, como todo lo que hay bajo tierra. Las paredes son de tierra y gracias a las pequeñas lámparas que cuelgan del techo, puedo ver las diminutos piedrecitas que están acopladas a la pared. Me sudan la manos, pero aprieto con fuerza la mano de Lyanna.
A ella no parece hacerle mucha gracia porque mueve sus deditos entorno a mi mano, pero me aseguro de darle un apretón para que sepa que toda va bien.
En ciertas ocasiones se produce un pequeño temblor y un poco de polvo cae del techo. Todos nos paramos en seco y aunque nadie diga nada, nos asustamos bastante.
Miro un instante a madre, que nos mira a mi hermana y a mí con el corazón en un puño.
Casi literalmente.



Me limpio las manos en los pantalones de color caqui que llevo puestos. Lyanna está inquieta cogida de mi mano. Ha intentado soltarse varias veces pero como me dijo madre, no la dejo separarse de mí en ningún momento. No le gusta esto. A ninguno nos gusta.
Caminamos un poco más y la luz triste y lúgubre de túnel da paso a una luz intensa y artificial.
Por fin llegamos al hangar, varias naves en forma de tubo descansan en unas grandes plataformas de metal. Hay un montón de guardias supervisando.
Ha llegado el momento de dejar la Tierra atrás, este es el momento en el que nos convertimos en Los Niños de la Guerra.
Comienzan a repartirnos y a organizarnos en distintas naves, según vamos llegando. Los primeros de la fila a la nave más de la izquierda, los de más atrás a la que reposa a su lado. Y así.
Hago mis cálculos y, a Lyanna y a mí, nos toca en la penúltima nave. No se nos permite despedirnos de nuestros padres. Todos nos hemos despedidos de ellos al otro lado del túnel, pero giro la cabeza y veo que madre se ha saltado el perímetro de seguridad y ha entrado en la sala. Nunca había visto a madre saltarse ninguna norma. Nunca había visto a madre desafiante.
Le miro rápido a los ojos y aprieto la mano de Lyanna. Lo hago de forma natural, como hice con anterioridad porque no quiero que se sobresalte. Me fijo en sus trenzas.
Madre siempre le trenzaba el pelo para ocasiones especiales. Como los días de su cumpleaños ylos días de comienzo de curso en clase. Supongo que abandonar nuestro planeta de origen es una ocasión más que especial. Al final de sus trenzas, en forma de punta, tiene unos pequeños lazos de color rosa con una doble lazada. El rosa siempre ha sido su color favorito.
Lyanna me mira extraña y yo le sonrío de medio lado. Tengo que mostrarme entero para ella, no tiene que notar que yo también tengo miedo, que tengo miedo a lo que nos espera y tengo miedo por madre. No quiero pensar lo que los guardias pueden hacerle a madre si la encuentran saltándose el perímetro. He visto auténticas brutalidades.
Es nuestro turno: Un guardia nos mira y apunta el número que llevamos escrito en la muñeca. Nos toca la nave que yo había calculado.
Comienzo a caminar con Lyanna cogida de mi mano. Me estremezco al notar que nadie está hablando, que los guardias trabajan como autómatas, que el único ruido que rompe el silencio es el ruido de los motores. Todos los niños permanecemos callados y asustados. Noto como el corazón me late con fuerza dentro del pecho.
Subimos por una pequeña rampa hacía la nave. Echo un pequeño vistazo hacía atrás y miro a madre. Pero Lyanna lo hace también. La ha visto, Lyanna ha visto a madre y no soy capaz de controlar su reacción.
Ya estaba dentro de la nave cuando noto que Lyanna suelta mi mano. Me giro rápidamente y veo que sale corriendo entre la multitud hacía donde está madre.
-¡Lyanna!- la llamo con un grito que me sale de las entrañas pero que es silenciado por ruido de los motores.
Salgo corriendo detrás de mi hermana, desde donde estoy puedo ver sus pequeñas trenzas color canela moviéndose a la carrera. Al final, después de tanto correr consigue abrazar a madre. Noto como la tierra tiembla debajo del Hangar. Yo también salgo corriendo y me reúno con ellas, y los tres nos fundimos en un largo y profundo abrazo.
-Venga, tenéis que iros- dice madre con la tristeza en la mirada mientras nos llena a besos en la frente.
Es una mujer fuerte, con grandes surcos de la edad marcados en el rostro. Tiene los labios resecos ya que la última provisión de agua nos la dio a Lyanna y a mí.
-Nar, tienes que llevarte a tu hermana- me dice. La miro pero sin mirarla. No quiero despedirme, no quiero no volver a verla.
Todos los demás niños ya han embarcando en las grandes naves nodrizas que nos llevaran a distintos planetas. Aún desconozco cual nos ha tocado a Lyanna y a mí.
-Mamá no quiero irme. No quiero separarme de ti- dice Lyanna llorando -No quiero... - sus llantos quedan interrumpidos por los guardias.
-¡Ya está bien!- dice uno de ellos y coge a Lyanna en brazos.
-¡Suéltala!- le espeto yo mientras corro con los puños cerrados. Dos de ellos me sujetan por los brazos para impedir que me mueva -¡Soltadme!- grito desesperado.
El guarda lleva a Lyanna de camino a las naves.
-¡Cuida de tu hermana, Nar! - grita mi madre. En un último instante me giro y la miro a los ojos. Veo que está aterrada, tiene el miedo dibujado en el rostro y sus ojos están llenos de lágrimas que se niegan a salir. Me quedo mirándola largo rato, mientras memorizo su cara. Quiero recordarla.
Nayanna. Su pelo cobrizo recogido en un pobre moño tapado con un pañuelo. Siempre nos dio más de lo que tenía para hacernos feliz. Ella empieza a llorar pero me hago la promesa de permanecer entero y despedirla con una sonrisa. Sé que esta va a ser la última vez que la vea. Madre se besa la mano y se la lleva al pecho.
Los guardia me meten en la nave a rastras y les doy las gracias de mala manera. Está llena de niños de todas las edades. Pequeños de 3 años, de 8, de 10 hasta de 14. Veo a un chico moreno con cara redonda y prominente barriga, tiene que tener la misma edad que yo, 14 años. Ahora recuerdo que ese chico es nuestro vecino de la cueva. Veo a una chica con el cabellos rojo y alborotado sentada junto a él. A un niño pequeño llorando, seguro que los guardias se lo han arrancado de los brazos de su madre. Hay una chica de piel blanca y pelo moreno, un chico moreno de piel, chicos altos y bajos. Somos muchos. Veo a un montón de niños, pero no veo a Lyanna. Comienzo a gritar su nombre. Una voz carente de emociones nos indica que nos sentemos en los asientos que el despegue va a comenzar.
Las luces de emergencia comienzan a parpadear. Alterado empiezo a correr hacía la puerta pero ya es demasiado tarde, las enormes puertas de metal se están cerrando y yo no puedo hacer nada para pararlas. Empiezo a golpear el cristal de la puerta gritando el nombre de mi hermana.
Al otro lado, en una de las naves vecinas veo por el pequeño cristal una cabeza de color canela pegando botes. Uno, dos, tres. Unas trenzas flotan tras la cabeza. Es ella, es Lyanna. Está en otra nave.

Despierto sudando en la oscuridad, he vuelto a tener el mismo sueño. En realidad no es un sueño, es un recuerdo, el recuerdo de la última vez que vi a mi hermana y a mi madre. Respiro con dificultad, este sueño siempre me deja trastornado. Tardo unos segundos en recordad mi situación y dónde estoy.
Abro los ojos y miro al techo. De momento está todo oscuro pero espero un rato y mis ojos se acostumbran a la oscuridad. Las grandes barras fluorescentes están apagadas, aún queda mucho para que se enciendan. Pero no sé si el tiempo en este planeta transcurre igual que en la Tierra.
Me incorporo en la cama, si es que se le puede llamar cama. Unas patas de metal unidas a un rectángulo también de metal y una lona azul amarrada a las esquinas. Creo que echo de menos las incómodas camas de la nave nodriza.
Me siento en mi cama y me quedo mirando a Sam. En estos tres años ha sido como un hermano para mí. Me quedo contemplando la habitación y veo que todos duermen. Hemos cambiado mucho en estos tres años.
Sí, dejamos la Tierra hace tres años y llegamos hace 3 días al planeta Kbar Blu. El mismo día en el
que yo cumplía 17 años.
Desde entonces estamos recluidos en una especie de cámara. Grandes paredes de metal con unas lámparas fluorescentes que se apagan de noche. Teníamos que pasar aquí tres días para poder acostumbrarnos a la atmósfera de este planeta y este ha sido el último.
No me puedo creer que eche de menos estar en la nave.
En la nave crecimos y aprendimos a odiar todo lo que nos había pasado. La Guerra, a los soldados, a todo. ¿Qué Guerra mundial era? Ya lo he olvidado. En la nave hemos olvidado mucho. Largos años esperando, viajando en el espacio exterior sin la mayor compañía que nosotros mismos. No recuerdo cuántos somos ¿20? ¿menos? Ni yo mismo lo sé y he compartido mis últimos 3 años con ellos.
Vuelvo a mirar a Sam, aquel chico gordito que era vecino de mi cueva, y es la prueba más palpable de lo que hemos cambiado. Ya no queda nada de él, supongo que su mata de pelo marrón. Nada más. Está bastante delgado. A su lado está la pequeña Mandreen, su hermana. Con una larga y alborotada cabellera pelirroja, a veces me recuerda a Lyanna y a cómo debe de ser ahora. Comienzo a andar y dejo atrás las camas con los refugiados, me acerco a la puerta de metal, es enorme. Está fría al tacto. Pego al oreja esperando escuchar algo del exterior pero tiene que ser demasiado gorda ya que no escucho nada. Me he dado cuenta de que estoy descalzo y tengo los pies congelados. Vuelvo hasta la cama para recuperar mis zapatillas, cuando de repente las luces se encienden y la puerta se abre de golpe. Por la puerta aparece una gran... ¿Qué es eso? Es una especie de piedra gigante que flota.
<<ya se ha completado la incorporación>> dice una voz en nuestras cabezas.

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