martes, 6 de diciembre de 2011

Si te encuentras a un Velociraptor en un casa Victoriana

Se movió inquieta en las sábanas, apenas podía conciliar el sueño y los ruidos del ático no le ayudaban para nada.
En las calles el siglo XVIII, el siglo de Las Luces, estaba en pleno apogeo. La máquina de vapor y La Enciclopedia ya eran conocidos.

En una mansión Victoriana una pobre chica de 16 años permanecía inquieta en su habitación, sus padres habían acudido a la fiesta de la cosecha en casa de los McNulty, como todos los años y ella, que ya tenía edad suficiente, se había quedado sola en casa. Eran las 9 y sus padres aún no había regresado. Todo iba bien, hasta que tuvo que irse a dormir, estuvo soñando con caballos y granjas enormes, hasta que unos golpes y extraños ruidos las despertaron.
Llevaba ya un buen rato dando vueltas en la cama con miedo a levantarse e ir a mirar de dónde provenían esos extraños ruidos. Pero al final se armó de valor y se incorporó. Su pie descalzo rozó el suelo de madera de su habitación. Estaba frío y chirriaba bajo sus pies. Amelia cogió la bata de seda que tenía estirada sobre una silla y se la colocó, era agradable al tacto y la protegía del frío de la noche. Abrió la puerta de su habitación y no consiguió ver nada, el pasillo estaba completamente a oscuras. Se acordó del candil que tenía en la mesita de noche y se acercó a encenderlo. Ahora sí, con el candil en la mano, comenzó caminar por el pasillo. El ruido del ático se iba acentuando cada vez que pasaban los minutos, Amelia llegó a la conclusión de que era alguna especia de animal que se había colado en el ático, ya que lo que escuchaba eran como las pisadas de un animal que correteaba de arriba a abajo. Pero algo la sacó de sus pensamientos, un fuerte golpe y un sonido sordo dieron paso a una especie de tos. Algo estaba tosiendo o emitiendo un sonido gutural. Amelia nunca había escuchado nada parecido, no podía ser un perro ni  mucho menos un gato. Sea lo que fuera eso consiguió salir de la puerta del ático y, se escuchaban unos pesados  y dubitativos pasos bajar por la escalera. Amelia se acercó corriendo hasta la esquina del pasillo que comunicaba con el pasillo principal en el cual desembocaba la escalera. Y lo vio, asomada a por la esquina de la pared, vio a la criatura. No era un perro ni un gato, ni ningún animal que Amelia conociera. Parecía un lagarto pero andaba sobre sus dos patas traseras, era alto y grande, tenía un hocico alargado, unas garras en las patas delanteras y una larga y tiesa cola. La criatura comenzó a olfatear el aire y a emitir sonido procedentes de la garganta. Amelia se asustó mucho y sin querer emitió pequeño grito. La criatura movió la cabeza rápidamente hacía el sitio donde estaba Amelia pero esta ya se había ocultado tras la pared. Gracias a un espejo Amelia podía ver a la criatura reflejada en él, en el pasillo contiguo al suyo. La criatura comenzó a avanzar peligrosamente, Amelia apagó el candil y trato de no respirar. La criatura llegó al cruce de pasillos y comenzó a oler el suelo, Amelia se agachó en un rincón del pasillo y se hizo una bola, la criatura giró la cabeza pero pasó por encima del cuerpo de Amelia. Parecía un poco despistada, estaba claro que ese no era el hábitat natural de ese lagarto gigante. Por suerte, la criatura se quedó oliendo un jarrón con flores que la madre de Amelia había colocado en un mueble, Amelia vio la oportunidad de comenzar a moverse y salir corriendo de allí. Se levantó casi sin hacer ruido y se deslizó por el pasillo pegada a la pared. No veía nada, todo el pasillo estaba a oscuras y no podía encender el candil ya que revelaría su posición. En instintivo movimiento, la criatura movió el cuello para intentar atacar  al jarrón lo que hizo que este se cayera al suelo haciéndose añicos. Esto pilló a Amelia por sorpresa y no pudo aguantar un grito. El gran lagarto escuchó el grito de Amelia y entornó los ojos, comenzó a correr en actitud amenazadora hacía ella, y Amelia, por su parte comenzó a  correr a tientas hacía su habitación. Iba con las manos extendidas para no chocarse con la puerta pero aún así no pudo evitar algún que otro golpe con un objeto de la decoración del pasillo. Por fin llegó a la puerta, con un rápido movimiento giró el picaporte y entró en su habitación. Cerró la puerta tras ella y esperó al otro lado.
"Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre, ven a nosotros tu Reino..."
Las lágrimas de Amelia ya corrían cara abajo quemando su fina y blanca piel, incluso se había orinado encima del miedo. Un silencio amenazador dio paso a uno, dos, tres golpes. Y de repente. La puerta del cuarto cedió cayendo encima de la delicada Amelia. La puerta se hizo astillas y Amelia creyó estar muerta. Notó el peso del lagarto encima de ella y como lo olía todo. Se armó de valor, movió la puerta como pudo y salio corriendo de la habitación, no podía apoyar la pierna derecha en el suelo, parecía rota, de nuevo la criatura emitió el extraño y horripilante ruido que había emitido cuando estaba en el ático y de un saltó se abalanzó sobre Amelia. No le dio tiempo a gritar. Las mandíbulas con un millón de dientes dieron buena cuenta de la pobre Amelia.

Minutos más tarde se oyó el sonido de una ventana romperse y el peso de la criatura chocar contra el suelo.

Y esta es la historia del macabro asesinato de Amelia Turner. Asesinada en la noche del 12 de Octubre de 1768. Fue hallada por sus padres horas después. Pero en aquella época no podía explicarse cómo un Velociraptor había aparecido en el ático de una casa Victoriana del Siglo XVIII, y mucho menos, no podía explicarse como el Velociraptor había atravesado un agujero de gusano desde el Cretácico hasta el siglo XVIII.

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